• Elizabeth Sánchez Caita, una bogotana con sangre muisca, se convirtió en una de las huerteras más emblemáticas de la localidad de Suba.
  • Durante más de cuatro décadas lideró Tunta Chavela, una amplia huerta ubicada en el patio de su casa que le permitió vivir de las hortalizas, frutales y plantas medicinales.
  • Su legado huertero y ancestral seguirá vivo en el corazón de sus familiares, amigos y conocidos, personas a las que les enseñó a sembrar siguiendo las fases de la Luna.
  • Primera entrega de un especial de crónicas de los huerteros que hacen parte del clúster de agricultura urbana, un novedoso proyecto del Jardín Botánico de Bogotá.

Al primer Mercado Campesino Agroecológico de este año, realizado el pasado 7 y 8 de febrero en la plazoleta principal del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y que reunió a 26 expositores y cientos de visitantes, le faltaba algo. Una ausencia marcó este encuentro mensual con el campo.

En las carpas donde se exhibían hortalizas, frutas, plantas medicinales y transformados de la agricultura urbana, no estaba una de las huerteras más emblemáticas de la localidad de Suba, una mujer con sangre muisca que sembraba sus alimentos a través de las fases de la Luna.

En esta ocasión, Elizabeth Sánchez Caita, más conocida como Chavela, observó a sus compañeros vender los productos agroecológicos desde el cielo. En enero de este año, recibió el llamado celestial que la convirtió en una huertera eterna.

“La partida de Chavela, una persona maravillosa y bondadosa que participó en la mayoría de estos mercados campesinos, nos dejó con el corazón roto. Nunca estaba de mal genio y siempre compartió sus conocimientos ancestrales”, aseguró Lolita Salazar, huertera de San Cristóbal.

Martha Orobajó, descendiente de los muiscas de la localidad de Bosa, compartió varias veces la carpa con Chavela en los mercados y juntas vendieron sus alimentos saludables. Allí se volvieron amigas y conversaron durante largas horas sobre las actividades que realizaban en sus huertas.

“Teníamos varias cosas en común. Ambas venimos de familias muiscas y por eso sentimos un gran amor y respeto por la naturaleza. También vivimos de la siembra y la cosecha y sacamos adelante a nuestros hijos con esta actividad; su ausencia es enorme”.

Según Alexandra Arias, una de las líderes de la huerta Micaela en la localidad de Suba, el legado ancestral y huertero de Chavela seguirá vivo en sus familiares, amigos y las personas a las que les enseñó el arte de sembrar.

“Su huerta, llamada Tunta Chavela, es una gran despensa agrícola. Está ubicada cerca a Micaela y la visitamos varias veces con mi mamá. Le vamos a ayudar a su hija para que la mantenga viva; era uno de sus mayores orgullos”.

Wilson Rodríguez, coordinador del equipo de agricultura urbana y periurbana del Jardín Botánico, le rindió un homenaje a Chavela en nombre de todos los ingenieros, técnicos y operarios de la entidad que esta mujer enamoró con su personalidad bondadosa y conocimientos sobre la tierra.

“Nuestra querida Chavela fue una agricultora líder, parte fundamental del clúster de agricultura urbana y una emprendedora comprometida con los procesos de promoción y comercialización; dejó una huella profunda desde la huerta Tunta Chavela”.

Según el ingeniero forestal, el trabajo, liderazgo y ejemplo de esta carismática huertera fortalecieron la comunidad agricultora y contribuyeron de manera significativa al desarrollo de una agricultura más justa, sostenible y cercana a la ciudad. 

“Chavela no solo cultivó alimentos: cultivó vínculos, aprendizajes y esperanza. Lamentamos profundamente su partida y honramos ese legado que seguirá vivo en cada huerta, proceso colectivo y persona que tuvo el privilegio de compartir y aprender junto a ella”

Sus inicios

Bogotá es mi Huerta, micrositio del Jardín Botánico donde se publican crónicas de los agricultores urbanos que transforman la ciudad con sus proyectos agroecológicos, reconstruyó la historia de Elizabeth Sánchez Caita, la querida Chavela.

Nació en Tuna Baja, una zona rural de la localidad de Suba donde Agapito Sánchez y Edelmira Caita, sus padres, le enseñaron los secretos para sembrar a través de las cuatro fases de la Luna, conocimientos ancestrales que la convirtieron en huertera desde muy niña.

En sus años de juventud tuvo varios pretendientes, hombres ambiciosos de la zona que le pintaron ‘pajaritos en el aire’ y le prometieron esta vida y la otra. Sin embargo, Chavela nunca quiso casarse.

“Creo que todos querían quedarse conmigo por el amplio terreno de Tuna Baja que me dieron mis padres, un predio que recibí a los 23 años. Por eso, los muchachos empezaron a interesarse en mí y me pidieron matrimonio”.

Según Chavela, no quería que un extraño se adueñara del legado de sus antepasados. “Mis tatarabuelos muiscas fueron fundadores del pueblo de Suba y tenían muchas tierras donde cultivaron maíz, trigo y papa. Mis padres heredaron algunos de esos terruños y luego se los repartieron a sus tres hijas”.

Cuando recibió el predio, que ya contaba con una casa, la descendiente muisca empezó a darle forma a una huerta en un extenso patio y allí sembró hortalizas, frutales y plantas aromáticas y medicinales sin utilizar ningún químico.

La nombró Tunta Chavela y quedó conformada por 16 metros de frente y cerca de 160 de fondo. “Tunta es una palabra chibcha que significa huerta. Desde que empecé a sembrar y cosechar, recordé todas las enseñanzas que me dieron mis antepasados”.

Cuando todo el terruño reverdeció con algunos alimentos saludables, Chavela recordó varias de las enseñanzas que recibió de niña, como hacer trueques entre las familias y tener en cuenta la forma de la Luna para sembrar, deshierbar, regar y cosechar.

Por ejemplo, sus abuelos, tíos y padres intercambiaban con sus vecinos cilantro por papa, maíz y chicha, la bebida emblemática de los muiscas. Para tener los cultivos prósperos, le aconsejaron hablarle con amor a la tierra y a las plantas y siempre mirar la forma de la Luna.

“La Luna es sagrada para los muiscas. En creciente se debe sembrar cilantro y espinaca y en menguante la actividad recomendada es el deshierbe. Las fases también nos sirven para hacer los baños con plantas amargas y dulces que nos permiten estar en armonía”.

En esa época, es decir hace más de cuatro décadas, vivir de los cultivos era una utopía. Por eso, Chavela trabajó durante muchos años en una empresa que comercializaba huevos, una actividad que solo le permitió sembrar maíz y papa en su huerta.

“Todos los alimentos de las huertas necesitan de mucha dedicación y devoción, algo que no podía hacer por mi trabajo. Cuando me echaron, decidí dedicarme del todo a mis cultivos; fue la mejor decisión de mi vida”.

En el extenso terreno de la huerta sembró acelgas, lechugas, espinacas, rábanos, ajíes, papas, zanahorias, remolachas, arvejas y una gran variedad de plantas aromáticas y medicinales. Todos los alimentos se los empezó a vender a las vecinas del barrio y a algunas plazas de mercado.

“Cuando era niña, mi mamá me llevó a vender las hortalizas de la finca en plazas como las del 7 de Agosto y 12 de Octubre. Me tocaba responder por la mercancía y si las cuentas no cuadraban, me daban rejo. Así me convertí en una persona muy responsable”.

Insignia de los mercados

Con el trabajo diario de Elizabeth, la huerta Tunta Chavela, donde también montó corrales para criar gallinas, se convirtió en una de las más prósperas de Suba. Pero a veces no vendía todo lo que cosechaba y por eso buscó nuevos horizontes.

Hace aproximadamente ocho años, Chavela se enteró del proyecto de agricultura urbana y periurbana del Jardín Botánico, una estrategia que nació en 2004 y la cual les ayuda a los ciudadanos de la capital a mejorar sus huertas y comercializar los excedentes de los cultivos.

Varios ingenieros del JBB visitaron su huerta y le dieron insumos, como semillas, plántulas, tierra y abono, para que fuera más próspera. También le enseñaron a hacer biopreparados para combatir las plagas, como una mezcla de agua con, panela, ají y pimientos.

“Nunca he utilizado químicos, una lección que aprendí de mis antepasados. El JBB fortaleció mis conocimientos con consejos como hacer abonos con los residuos orgánicos de la cocina y rotar los cultivos para mejorar el suelo”.

Además de fortalecer Tunta Chavela, la entidad le abrió las puertas de los Mercados Campesinos Agroecológicos ‘Bogotá es mi Huerta’ para que vendiera los tesoros saludables de su terruño, un evento que se realiza el primer fin de semana de cada mes desde hace más de cuatro años.

“Soy una de las consentidas de los mercados porque me invitan muy seguido. Allá llevo las hortalizas, frutos y plantas medicinales de la huerta y siempre me va muy bien. La gente que me compra se va muy contenta por la calidad de los productos”.

Aunque nunca se casó, Chavela dejó una semilla que mantendrá con vida su legado ancestral y huertero: Martha Isabel Sánchez, su única hija, que le ayudó varias veces a vender en los Mercados Campesinos Agroecológicos.

“Ella estudia en el SENA y cuando le da el tiempo, me acompaña a vender en los mercados y en el barrio. Martha Isabel y la huerta son mis dos grandes orgullos. Espero que cuando me vaya de este mundo, ella siga con los cultivos”.

Desde que se dedicó de lleno a la huerta, Chavela la convirtió en su oficina. Todos los días, a no ser que tuviera una cita médica, le dio todo su amor. Su jornada diaria en Tunta Chavela empezaba a las nueve de la mañana y se extendía por varias horas para sembrar, cosechar, regar y deshierbar.

En la tarde volvía a la huerta para seguir atendiéndola. “Acá recuerdo mi niñez. Cada vez que siembro y cosecho me transporto a la época cuando mis abuelos, padres y tíos se reunían en las fincas a labrar la tierra y compartir en medio de envueltos de mazorca y chicha”.

El futuro de Tunta Chavela nunca le preocupó. Según Chavela, su hija siempre le dijo que iba a mantener vivo su gran proyecto agroecológico cuando ya no estuviera. “Martha Isabel ama el campo. Le heredé los consejos ancestrales y estoy segura que seguirá con nuestro legado muisca”.

El corazón del clúster

En octubre de 2024, Johanna Aristizábal Galvis, ingeniera química de la Universidad Nacional de Colombia y magíster en desarrollo e innovación de alimentos y agricultura internacional sostenible, ingresó al Jardín Botánico para participar en un proyecto novedoso.

Con cuatro profesionales debía desarrollar una estrategia para impulsar la economía de los huerteros, un proyecto llamado clúster de agricultura urbana y el cual le apunta a que varios huerteros puedan comercializar sus productos en algunos restaurantes u hoteles.

Según Johanna, este clúster seleccionó algunas de las 40 especies útiles y promisorias, algunas nativas y ancestrales, que fueron estudiadas por la Subdirección Científica del JBB debido a sus propiedades beneficiosas para la nutrición o la medicina.

“Uno de los retos era evaluar el impacto de la agricultura urbana en el contexto local a través de indicadores de sostenibilidad como los ambientales, sociales y económicos en una muestra representativa de huertas”.

Para el proyecto, las profesionales seleccionaron indicadores como la captura de carbono, resiliencia climática, seguridad y soberanía alimentaria, productividad, eficiencia, economía local, la huella hídrica y de carbono, biodiversidad y visitantes florales.

Esta novedosa apuesta del JBB inició con un piloto en Suba y Usaquén, localidades que se caracterizan por albergar un alto número de huertas urbanas y periurbanas y por el compromiso y dedicación de sus agricultores urbanos.

Decenas de huerteros de estos territorios del norte de la ciudad conocieron los pormenores del nuevo proyecto de investigación del JBB. Uno de ellos fue que Oda, un restaurante de cocina de autor que celebra los sabores colombianos utilizando ingredientes de las huertas urbanas, sería el gran aliado.

Seis agricultores urbanos aceptaron participar y en diciembre de 2024, el equipo del clúster fortaleció sus huertas con algunas de las 40 especies priorizadas, como mostaza roja, guaca, canelón y ruibarbo.

Tunta Chavela, la huerta liderada desde hace más de cuatro décadas por Elizabeth Sánchez Caita, fue una de ellas. También participaron Uchuva, Los Helechos, Jacana, Oasis Urbano Bogotá y Cobá: el hogar de las abejas.

“Desde que le presentamos el proyecto del clúster, la señora Chavela aceptó encantada participar. Su huerta fue escogida por su extensa área, su variedad de cultivos y por el gran compromiso con la agricultura urbana”, dijo Johanna.

Luego de la selección de las seis huertas, el JBB y el restaurante Oda realizaron varios talleres de cocreación para escoger las especies con las que iban a trabajar. “Los chefs del restaurante probaron los sabores de estas plantas y conocieron sus características y propiedades”.

El paso a seguir fue sembrar y cosechar la mostaza roja, guaca, canelón, ruibarbo y otros tesoros ancestrales, productos que el restaurante les iba a comprar a los huerteros para incluirlos en varios de sus platos y cocteles.

“Los huerteros también recibieron talleres en habilidades financieras y estrategias de ventas para que pudieran darle un buen valor económico a sus productos agroecológicos. La señora Chavela fue una de las más aplicadas en esas clases”, comentó Johanna.

Desde que arrancó en forma el clúster de agricultura urbana en estas seis huertas de Suba y Usaquén, Tunta Chavela se convirtió en una de las favoritas del restaurante Oda. Además de encontrar una gran producción de alimentos, encontraron en la historia de Elizabeth un potencial de mercadeo.

“Estas huertas también venden servicios, como recibir visitantes para que conozcan sus historias. La de la señora Chavela, una mujer que lleva la agricultura en su sangre, ha sido divulgada en todas las redes sociales del restaurante”, apuntó la ingeniera del JBB.

Con esta novedosa estrategia, Chavela incrementó las ganancias económicas que le generaban los cultivos de su huerta. Según Johanna, su huerta se ha caracterizado por ser la más próspera para las especies que seleccionó el restaurante.

“El JBB fue un tipo de puente. Conectó a estas huertas con el restaurante y desde ahí este les ha comprado seguido los alimentos para elaborar sus cocteles y platos. La señora Chavela se convirtió en su mayor cliente y apareció en varios artículos y videos de las redes sociales del negocio”.

La actual coordinadora del clúster de agricultura urbana del JBB aseguró que el primer piloto en Suba y Usaquén ha arrojado muchos frutos. Además de mejorar la economía de los huerteros, el restaurante los ha visibilizado bastante.

“Oda ha hecho muchos videos y piezas comunicativas con las historias de los seis huerteros del clúster, en especial de la señora Chavela. Esta divulgación permitió que muchos clientes del restaurante visitaran su huerta y compraran más de sus alimentos saludables”.

Con los alimentos que han sembrado Chavela y los demás huerteros del clúster, el restaurante Oda creó recetas como helado de anisillo, garnish de guaca, licor de canelón, almíbar de hierbas andinas, sal de mostaza roja, almíbar de ruibarbo y garnish de ruibarbo.

“Chavela no solo quedó inmortalizada en el corazón de todas las personas a las que nos enamoró con su carisma y conocimientos. Ahora siempre estará presente en los platos y cocteles de este reconocido restaurante”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá