Marta Orobajó, descendiente de los muiscas que habitaron las tierras que hoy abarcan la localidad de Bosa, mantiene vivo el legado de sus antepasados a través de la siembra de cultivos tradicionales con manejo agroecológico en las tres huertas que tiene a su cargo.

Huerteros muiscas de Bosa.

Marta Orobajó, habitante del barrio Bosa La Paz, tiene sangre muisca y está dedicada a conservar sus raíces a través de la agricultura urbana.

El agua y la tierra eran elementos venerados por los muiscas, pueblo indígena que gobernó pacíficamente sitios como lo que hoy conocemos como la sabana cundiboyacense y los dominios de la capital del país. Al río Bogotá, que bautizaron Funza, le daban un trato especial al considerarlo el varón poderoso o gran señor.

Su devoción por la naturaleza era tal que escogieron las partes más elevadas para construir sus cacicazgos y así no afectar los meandros de los cuerpos de agua. Fueron expertos en cultivar maíz, su producto insignia, y hacían los rituales y pagamentos a sus dioses en los humedales y lagunas.

Los muiscas concebían su territorio como la fuente de vida, almacenamiento y abundancia. Por eso, este pueblo anfibio se oponía a la caza y protegía de manera meticulosa los recursos naturales. Su modo de vida era adorar el agua, el sol, el maíz y la luna.

Huerteros muiscas de Bosa.

Marta Orobajó es una de las huerteras de Bogotá que participa en los mercados agroecológicos campesinos.

La llegada de los españoles causó heridas y cicatrices apoteósicas en los muiscas. La mayoría de estos indígenas fueron sometidos y torturados por el yugo europeo, y los que sobrevivieron se vieron obligados a olvidar su tradición ancestral. Muchos de sus tesoros dorados fueron saqueados de los sitios de adoración.

Luego de la independencia de los españoles, el hogar de los muiscas, esa extensa sabana que veneraban y protegían, empezó a recibir personas de todas las regiones del país, nuevos habitantes que cambiaron su aspecto y dinámica y la convirtieron en el sitio más poblado del territorio nacional.

Sin embargo, el legado de los muiscas sigue vivo en algunas zonas de la sabana y la capital, como es el caso del cabildo indígena de Bosa, conformado por descendientes de los antiguos pobladores y originarios del territorio de Bacatá, herederos del antiguo resguardo de la localidad.

Hortalizas sembradas por descendientes de los muiscas.

En las huertas que tiene a su cargo, Marta Orobajó siembra hortalizas libres de químicos.

Marta Orobajó, habitante del barrio Bosa La Paz, es una de las mujeres de la localidad que tiene sangre muisca y está dedicada a conservar sus raíces a través de la agricultura urbana. Hace parte de una red de familias que tienen 36 huertas, donde cultivan hortalizas, frutales y plantas aromáticas de una manera tradicional, como lo hacían sus antepasados.

“Tengo dos huertas caseras y familiares. Además, soy sabedora en agricultura urbana en el jardín de los niños pequeños de la comunidad, donde manejo la huerta Uba Rhua, palabras muiscas que significan espíritu de la semilla”.

Esta descendiente muisca cultiva desde muy pequeña, cuando empezó a recibir los saberes ancestrales de sus abuelos. “Mi familia proviene de los primeros pobladores de Bosa, todos muiscas. Mis abuelos, José Orobajó y María Hortensia González, me enseñaron sobre las semillas, las épocas de cosecha, las fases de la luna y los abonos libres de químicos”.

Huerteros en los mercados campesinos.

Las hortalizas que Marta lleva a los mercados campesinos del JBB son de las primeras que se venden.

Esas lecciones ancestrales las aplica al pie de la letra en las tres huertas que tiene a su cargo. “Por ejemplo, en luna creciente sólo se deben sembrar hortalizas de hoja, como espinacas, acelga y lechuga. En luna menguante hacemos podas a las ramitas que están dañadas y abonamos, y en luna llena realizamos trasplantes”.

En el jardín infantil donde trabaja como sabedora, Marta le enseña todo ese legado agrícola muisca a los niños y sus madres, en especial a las que están embarazadas. “Los saberes se transmiten desde que los niños están en el vientre. Por eso le inculcamos a las mamás la buena nutrición y les enseñamos a cultivar en sus propias casas a través de huertas caseras en sitios como terrazas”.

En la huerta del jardín infantil que tiene a su cargo, esta indígena germina y propaga semillas con los niños, actividades que mezcla con las lecciones ancestrales de sus abuelos. “Además de sembrar y aprender a cuidar el medioambiente, los niños conocen nuestra relación con los cuatro elementos: fuego, aire, tierra y viento”.

Huerteras de los mercados campesinos.

En las tres huertas que tiene a su cargo, Marta siembra hortalizas y frutales y le enseña a los niños sobre el pasado muisca.

Agricultora urbana ancestral

Las dos huertas caseras que tiene Marta son de antaño. Una la empezó a crear en 1997 cuando su madre falleció y le heredó el terreno donde tiene su casa; la otra fue adoptada al poco tiempo cuando un vecino le dijo que se encargara de ella.

“Desde esa época siembro diversas hortalizas (lechugas, acelgas, pimentones, coliflores, repollos, zanahoria, zucchini, brócoli, cilantro y berenjenas), árboles frutales y hierbas aromáticas. También cultivo maíz, frijol y habas, los productos insignias de nuestros antepasados”.

Las hortalizas y frutas que brotan de sus huertas son destinadas para el autoconsumo de la familia y para comercializarlas en distintos mercados campesinos. Entre tanto, las hierbas aromáticas son la base para preparar la medicina ancestral.

Hortalizas de los huerteros.

Marta heredó de sus abuelos el amor por la tierra y la sabiduría ancestral de los muiscas.

“Como indígenas tenemos una casa sagrada, donde los pibas o sabedores se encargan de curar con plantas medicinales. Las familias que tenemos huertas les damos esas plantas para que preparen las medicinas, insumos que deben ser orgánicos y libres de químicos”.

Desde 2015, Marta y sus dos hijas han mejorado las dos huertas familiares a través del proyecto de agricultura urbana y periurbana del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), el cual lleva 18 años fortaleciendo el trabajo de los huerteros de la ciudad.

“El JBB me ha ayudado mucho con capacitaciones, talleres y asesorías sobre abonos y fungicidas, trasplante de plantas y esquejes. También me suministra semillas, herramientas y tierra para mejorar las huertas”.

Huerteras muiscas en los mercados campesinos.

A las personas que le compran hortalizas en los mercados campesinos, Marta les cuenta sobre el pasado muisca de la región.

Las 36 familias del cabildo que tienen huertas están organizadas en una red agroecológica, unión que les permite hacer trueques con los productos que cultivan y vender los excedentes. “Esto nos sirve para alimentar a las familias de una forma sana y vender productos tanto en la localidad como en los mercados campesinos. No hay mejor que poder comer lo que uno cultiva”.

De lunes a viernes, entre las 6 de la mañana y la 1 de la tarde, Marta trabaja en la huerta con los niños del jardín. Por las tardes, y en especial los fines de semana, está pendiente de sus dos huertas caseras.

“Yo le hablo a todo lo que hay en las huertas. Por ejemplo, nosotros tenemos una fecha especial, la bendición de la semilla: donde todos los 2 de febrero hacemos un ritual de limpieza para que la semilla crezca y se fructifique bien”.

Huerteras muiscas de Bosa.

Con la agricultura urbana, Marta cuida los recursos naturales que veneraban sus antepasados.

Con sus huertas, Marta mantiene vivo el legado de sus antepasados, genera alimentos sanos, gana recursos económicos y ayuda a conservar los recursos naturales. “El medioambiente está muy contaminado, por eso necesitamos reactivar la tierra y alimentarla para que las plantas puedan nacer bien bonitas”.

Por último, esta muisca le hace un llamado a los ciudadanos para que se conviertan en agricultores urbanos. “Todos deberíamos tener una huerta en la casa. De esa forma nos alimentamos bien, algo muy importante para nuestro cuerpo, y cuidamos a la Madre Tierra”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá