• En 2018, tres lideresas comunitarias de Kennedy empezaron a sembrar alimentos agroecológicos en un terreno lineal del Centro de Desarrollo Comunitario (CDC) de Bellavista.
  • Con la ayuda de entidades como el Jardín Botánico de Bogotá, consolidaron una huerta comunitaria de 180 metros cuadrados donde los adultos mayores regresan a su infancia campesina.
  • Este bosque huertero con cientos de hortalizas, frutales, plantas medicinales y árboles, fue nombrado Cuchavira, la deidad del arcoíris de los muiscas que protege a las mujeres trabajadoras.

Aunque por sus venas y arterias corre la sangre de dos campesinos de Ubalá, municipio de Cundinamarca conocido por los cultivos de caña panelera, maíz, yuca y café y albergar al imponente embalse del Guavio, María Novoa se considera una hija de la selva amazónica.

“Nací en ese hermoso pueblo de clima templado y frío que significa ‘lugar de la pendiente’, pero mi mente no cuenta con recuerdos del sitio. La explicación es muy sencilla: a los cuatro meses llegué a San José del Guaviare con mis padres y hermanos mayores”.

El cambio de vida de la familia Novoa se basó en un rumor que llegó a todos los rincones del territorio nacional y el cual estaba relacionado con las ganancias que estaba dejando el “boom” del cultivo de coca en varios departamentos de la región amazónica de Colombia.

“Según me contaron mis padres, en esa época se movía mucho dinero en el Guaviare y además era posible comprar tierra a bajos precios. Llegamos a Mirolindo, una vereda de San José con mucho bosque y varios ríos de aguas cristalinas”.

Sin embargo, su papá no se dejó tentar por la bonanza cocalera y prefirió trabajar en las fincas más prósperas para sacar adelante a la familia haciendo lo que más le gustaba: sembrar y criar animales de corral.

“Vivimos en varias fincas hasta que mi papá pudo comprar un terreno propio. Yo tenía seis años cuando adquirió un lote de 2.500 hectáreas que solo le costó 300.000 pesos; allí, mis padres construyeron una casa con un techo hecho de hojas de las palmas”.

María recuerda a la perfección cómo fueron las primeras semanas en el nuevo hogar que apenas estaba cogiendo forma. “Mi mamá tuvo que quedarse sola con sus cinco hijos porque a mi papá le salió trabajo en otra vereda”.

Un día, todos quedaron perplejos al escuchar el rugido de un jaguar, felino que en la Amazonia es conocido como tigre. “La más asustada era mi mami porque le dijeron que al tigre le gusta alimentarse de las mujeres que acaban de parir y ella lo había hecho hace un mes”.

La matriarca de la familia no iba a permitir que el felino más grande de Sudamérica dejara huérfanos a sus hijos. “Nos ubicó a todos en el piso y puso hogueras en cuatro esquinas, cada una custodiada por un perro. Durante todas las noches, mi mamá hizo ruidos con palos y tapas”.

El remedio fue efectivo. Con el paso de los días el jaguar, que estaba refugiado en unos matorrales, se alejó de la finca. “El tigre estaba como a cinco metros de la casa esperando que mi mamá se descuidara para cazarla con su bebé”.

En la finca de Mirolindo, María y sus siete hermanos se convirtieron en campesinos amazónicos. Todos le ayudaron a sus padres a sembrar yuca, plátano, caña, ñame, malanga y hasta arroz; también aprendieron a criar las vacas, pollos y cerdos.  

“Tuvimos una crianza campesina muy hermosa en medio de la selva y los ríos del Guaviare. Todo cambió cuando yo tenía 12 años y uno de mis hermanos murió por una fiebre que le causó un infarto. Nos mudamos al casco urbano de El Retorno”.

La nueva vida en este municipio guaviarense se tornó caótica por la presencia de la guerrilla. Muchos niños y jóvenes fueron reclutados por el grupo armado ilegal y por eso sus padres tomaron la decisión de salir del Guaviare para encontrar una mejor suerte en Medina (Cundinamarca).

“Allá estuve hasta los 14 años. Me fui a Villavicencio donde unos familiares y me puse a estudiar y trabajar como niñera. Al poco tiempo volví a cambiar de rumbo: me fui sola a Bogotá donde vivía una amiga de Medina; solo hice hasta cuarto de primaria”.

Volver a las raíces

María llegó a un barrio de Suba, localidad del noroccidente de la ciudad. Allí, su amiga le brindó techo y trabajo en un supermercado. Luego de independizarse y estudiar el quinto de primaria, el amor tocó a su puerta.

“Me enamoré de un hombre muy trabajador y nos casamos. Los azares del destino nos llevaron a Ciudad Galán, un barrio de la localidad de Kennedy que hace parte de la Unidad de Planeamiento Zonal de Patio Bonito”.

Los esposos echaron raíces en esta zona que colinda con el paso del río Bogotá. Con mucho esfuerzo y trabajo compraron un lote y construyeron una casa que poco a poco se fue llenando con la risa de sus tres hijos, dos mujeres y un hombre.

“Me puse a aprender sobre belleza, es decir peluquería, maquillaje, estética y uñas, y logré montar mi local en la casa. Aunque la relación con mi esposo llegó a su fin, ambos luchamos por darle estudio a nuestros retoños”.

En 2011, sus dos hijas se convirtieron en profesionales: una como ingeniera industrial y la otra como administradora de empresas. El hijo menor prestó servicio militar y aún no tiene claro cuál será su futuro laboral.

“La graduación de mis hijas fue muy especial porque al mismo tiempo logré conseguir mi diploma como bachiller. Es una de las experiencias más bonitas porque ellas fueron las que me motivaron a seguir estudiando”.

En Ciudad Galán, María se enamoró del trabajo comunitario. “Me parece muy bonito ayudar a la gente y por eso decidí participar en la Junta de Acción Comunal de este barrio tan hermoso donde vivo desde hace 40 años”.

Aunque sus hijos, la labor social y su salón de belleza la llenan de alegría y orgullo, esta campesina con alma y corazón amazónicos extrañaba mucho sembrar, cosechar y untarse las manos con la tierra, actividades que hizo durante toda su niñez en el Guaviare.

“Mi vínculo con el campo se cortó desde que llegué a Bogotá. A pesar de que mi casa está llena de plantas ornamentales, soñaba con volver a sembrar a ras de suelo y en un terreno amplio que pudiera llenar de hortalizas”.

En 2018, Luz Mary Loaiza, lideresa de Kennedy que vive en la misma cuadra de María, la invitó a participar en un nuevo proyecto comunitario que le iba a permitir volver a conectarse con sus raíces campesinas.

“Mi amiga, que conozco desde hace años, me dijo que quería montar una huerta comunitaria en una zona del Centro de Desarrollo Comunitario (CDC) de Bellavista. Adela Rodríguez, que lidera una fundación, también aceptó participar en este nuevo reto huertero”.

A la administradora del CDC le gustó la idea de reverdecer el sitio con productos agroecológicos, es decir libres de químicos, y les permitió intervenir un terreno de 180 metros cuadrados que colinda con la zona de piscinas cubiertas que hay en el centro.

Volver una realidad el sueño huertero no sería fácil. Toda el área estaba cubierta por pasto, un césped grueso que ocultaba escombros y piedras. “La única biodiversidad presente eran cerca de 10 árboles de porte alto”.

Las tres lideresas, con picas, palas y azadones, comenzaron a intervenir la zona. Luego de retirar el césped y los residuos de construcción antiguos, se dieron a la tarea de buscar el material para montar las camas o eras.

“Encontramos muchos cajones de madera viejos en los andenes del sector y con ellos iniciamos el montaje de aproximadamente 10 camas. Una de ellas se convirtió en una compostera que nutrimos con los residuos orgánicos de nuestras cocinas”.

María, Luz Mary y Adela reunieron dinero para comprar tierra, plántulas y semillas. Cuando comenzaron a sembrar, invitaron a varias mujeres de los barrios del sector, como Ciudad Galán, Almendros, Vegas, Bellavista, Las Brisas, Tierra Buena, Primavera y Patio Bonito.

“Fue una de las experiencias más lindas que he vivido. Además de recordar mi infancia en San José del Guaviare, quedé maravillada con el inicio de un tejido comunitario conformado por muchas mujeres adultas mayores con sangre campesina”.

Huerta Cuchavira

El terreno lineal del CDC de Bellavista comenzó a transformarse en un bosque huertero. El verde de los árboles longevos aumentó con la llegada de especies como apio, orégano, hierbabuena, cebolla, perejil, calabaza, guatila, tomate, papayuela y curuba.

“La curuba apareció por arte de magia. Tenemos la teoría que en el compostaje había semillas de esta hermosa enredadera y poco a poco fueron cubriendo las ramas de los árboles de la huerta. La calabaza también abunda; hemos sacado cosechas hasta de 40”.

Las tres lideresas huerteras empezaron a recibir manos amigas. Según María, el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) ha sido la única entidad del Distrito que las ha ayudado a mejorar los procesos agroecológicos del terreno.

“Adriana Huérfano, profesional del equipo de agricultura urbana del JBB, lleva muchos años con nosotros. Además de traernos insumos como tierra, plántulas y semillas, nos ha capacitado para que la huerta sea cada vez más próspera; ella es nuestra gran maestra”.

Una organización que trabaja con desplazados y población migrante también participó en los primeros años de la huerta. “Varias personas de la fundación nos ayudaron durante un tiempo a mejorar las camas”.

Cerca de 15 adultas mayores de Kennedy participaron en el surgir de este terruño agroecológico que fue nombrado Cuchavira, una deidad del arcoíris de los muiscas (un pueblo indígena anfibio y protector de la naturaleza) que protege a las mujeres trabajadoras.

“Quisimos rendir un homenaje a las mujeres trabajadoras con este hermoso nombre ancestral. Aunque hemos recibido la ayuda de varios hombres, esta huerta se ha mantenido viva por la unión femenina”.

Cuando la huerta Cuchavira reverdeció, las agriculturas urbanas empezaron a repartirse y vender los productos agroecológicos en varios sitios aledaños al CDC de Bellavista, como al frente del colegio o en el parque principal.

“Para que este bosque huertero siguiera con vida, decidimos destinar dos días de trabajo. Durante mucho tiempo hicimos las siembras, cosechas, deshierbes, riegos y mantenimientos los miércoles y viernes en horas de la mañana”.

María reconoce que la persona más activa en la huerta ha sido Luz Mary Loaiza, campesina y líder comunitaria que durante muchos años se metió de lleno en el terreno para mejorarlo y fortalecerlo casi a diario.

“Ella siempre estaba de lunes a sábado en las mañanas. Siempre será el corazón de la huerta: además de invitarnos a iniciar este proyecto, es la que más nos ha enseñado sobre suelos y compostaje”.

Hace dos años, Luz Mary se mudó a un pueblo de clima cálido debido a una enfermedad de su esposo. “Su ausencia es enorme. Sin embargo, cada vez que viene a Bogotá, una vez al mes, llega a la huerta para brindarle todo su amor; ella es la mamá de Cuchavira”.

Por ejemplo, esta lideresa hizo un convenio con la Universidad Libre para que varios de los estudiantes que cursan carreras ambientales hicieran sus prácticas de campo en esta huerta comunitaria de la localidad de Kennedy.

“Los jóvenes nos ayudaron mucho con el fortalecimiento de Cuchavira, como mejorar las camas y la zona del compostaje. Además, nos compartieron todos sus conocimientos ambientales; nosotras fuimos sus estudiantes”

La siembra, cosecha y venta de productos agroecológicos no son los mayores frutos de esta huerta comunitaria. Según María, lo más importante ha sido generar un tejido comunitario y recuperar la conexión con el campo.

“Cerca de 50 personas que nacimos y nos criamos en zonas rurales, nos hemos visto beneficiados con esta huerta que ya suma ocho años de vida. Acá volvimos a conectarnos con nuestras raíces campesinas y esperamos hacerlo hasta que Dios nos lo permita”.

Cada vez que recorre los 180 metros cuadrados de la huerta, un terreno que cuenta con un pequeño invernadero donde germinan semillas y propagan esquejes, María viaja a su niñez en el Guaviare.

“Siempre recuerdo esa época tan hermosa que pase con mis papás y hermanos en la Amazonia. En la huerta siento que tengo un pedacito del campo que ayudé a sembrar en San José del Guaviare; volver a las raíces es un regalo que pocos nos podemos dar”.

Esta huertera y abuela de un niño pequeño define la huerta como un edén medicinal lleno de paz y tranquilidad. “Acá se me olvidan los problemas, el cansancio y el malestar. Tenemos un grupo comunitario muy bonito donde los conflictos no tienen cabida”.

Su profesión como estilista también se ha visto favorecida a través de algunos regalos de Cuchavira. “Estoy muy contenta porque hace poco empecé a utilizar varias plantas medicinales en productos para el cabello; a futuro quiero tener mi propio emprendimiento”

El andariego

Cuchavira es una huerta de puertas abiertas. La única condición para participar en este tejido comunitario es amar la naturaleza y tener muchas ganas de aprender y trabajar en equipo en medio del respeto.

“Por eso hemos tocado el corazón de muchas personas, la mayoría mujeres campesinas mayores. Sin embargo, también recibimos hombres, jóvenes y niños; acá no vemos el estrato, el sexo, la raza o la religión: todos son bienvenidos”, apuntó María.

José Pedro Antonio Males, un campesino de Nariño que este año cumplirá los 80 años, se unió a la huerta hace seis meses. La lideresa y estilista lo vio por primera vez en unos jardines comunitarios que ayudó a montar por el canal de la 38.

“Inmediatamente supe que era campesino, pero no tuve la oportunidad de hablar con él. A los pocos días me lo volví a encontrar en el parque Dindalito Bellavista y esta vez sí conversamos. Le conté de la huerta y lo invité a participar; ahora no sale de allá”.

Nació en Cumbitara, municipio nariñense donde se crio en medio de los cultivos de maíz, maní y frijol. “Desde que tengo uso de razón me he dedicado a la agricultura. A los 20 años cambié de rumbo y me fui al Eje Cafetero”.

En varios pueblos de Caldas, Risaralda y Quindío, José trabajó como jornalero y se volvió experto en el cultivo de tomate chonto o de guiso. “Allá me casé y tuve cinco hijos, pero el matrimonio se acabó porque no me gusta quedarme quieto; soy un andariego”.

Durante cinco décadas, este campesino dicharachero y de estatura baja recorrió todo el Eje Cafetero y compró un lote en Chinchiná (Caldas), donde montó su casa. “Siempre tuve trabajo porque nadie en la zona tenía mis conocimientos sobre el cultivo de tomate”.

Como no se volvió a casar y sus hijos tenían sus propias familias, antes de la pandemia José alzó vuelo y se radicó en La Sierra, municipio del Cauca donde siguió haciendo lo que más le apasiona: sembrar. “Recorrí casi todo el departamento”.

Hace poco, una de sus hijas le dijo que ya no tenía edad para estar solo y lo invitó a vivir en su casa en el barrio Ciudad Galán de Kennedy. “Yo no quería porque le tengo fobia a las ciudades. Pero me dejé convencer por mis nietos”.

Su llegada a Bogotá fue traumática. El clima frío, el caos del transporte, la inseguridad y la carencia de cultivos, lo deprimieron. “Extrañaba demasiado mi vida como campesino y como no podía retomarla, me encerré a ver televisión acostado en una cama”.

Su cuerpo le estaba pasando factura por el encierro. “Decidí salir a caminar por el parque y un día el destino me puso a la señora María, más conocida como Mary. Cuando me invitó a la huerta, acepté encantado porque iba a sembrar de nuevo”.

Cuando ingresó al bosque huertero del CDC de Bellavista, José se transportó a su época de campesino andariego. “En seguida me puse a deshierbar, sembrar y cosechar; al ver mi interés y talento, Mary me dio las llaves de la huerta”

De lunes a sábado, entre las ocho de la mañana y las cinco de la tarde, el andariego está metido de cabeza en la huerta. “Siempre hay algo qué hacer y ahora estoy concentrando en germinar y propagar tomates en el invernadero; acá soy el hombre más feliz del mundo”.

Voces huerteras

En las fincas de su padre en Jamundí (Valle del Cauca), Leonilde Sandoval aprendió a la perfección el arte de sembrar y arar la tierra. Tuvo una infancia campesina en medio de los cultivos y pensó que iba a echar raíces en estas tierras del Pacífico colombiano.

“Me casé a los 16 años y con mi esposo pensamos que íbamos a consolidar nuestra familia en el pueblo. Pero la violencia y las faltas de oportunidades nos obligaron a buscar un mejor futuro en Bogotá”.

Vivieron en varios barrios de Kennedy y tuvieron cuatro hijos. Leonilde trabajó durante más de 20 años en los cultivos de flores de la sabana de Bogotá, una experiencia que define como muy enriquecedora. “Aprendí mucho y como tengo buena mano para sembrar, mis rosas eran las más lindas”.

Cuando el matrimonio llegó a su fin, se convirtió en madre cabeza de familia. “Llegué al barrio Ciudad Galán y luego encontré un mejor trabajo en una cadena de restaurantes. Pude darles estudio a mis hijos y pagar mi casa propia”.

Desde que llegó al barrio, hizo amistad con María, quien en 2018 la invitó a participar en la huerta. “No pude acompañarla en ese reto porque el trabajo no me dejaba tiempo. Hace tres años, cuando me pensioné, decidí participar en este proyecto comunitario”.

En los cultivos agroecológicos de Cuchavira, Leonilde recuerda su infancia campesina en el Valle. “El campo corre por mi sangre. En esta huerta volví a mis raíces y además he tenido la oportunidad de compartir mis conocimientos sobre la siembra”.

Flor Vivas, una campesina del municipio de Tibirita (Cundinamarca), conoció la huerta comunitaria del CDC de Bella Vista hace dos años. Fue invitada por María Novoa mientras se hacía las uñas en su salón de belleza.

“A los 60 años volví a sembrar, una actividad que nunca pensé hacer de nuevo. Esta hermosa huerta me recuerda mucho a mi pueblo y me permite estar activa. Las dolencias de la vejez desaparecen y además obtengo alimentos sanos y libres de químicos”.

Rosaba Rodríguez, una tolimense de 65 años que aprendió a cultivar arroz en el municipio de El Espinal, define la huerta como una universidad. Desde que empezó a participar, hace cuatro años, ha recibido nuevos conocimientos agroecológicos.

“El Jardín Botánico ha sido nuestro gran maestro. Sus profesionales, en especial la ingeniera Adriana, nos brindan muchos talleres y capacitaciones. Yo me encargo de invitar a más personas a la huerta, un tesoro que me brinda las verduras para hacer mis sopas saludables”.

María Guerrero, una indígena del Cauca que salió de su territorio ancestral a los 17 años para buscar una mejor suerte en Bogotá, no lleva mucho tiempo en la huerta: empezó a involucrarse hace nueve meses. 

“El trabajo me impidió hacerlo antes. Pero como logré la pensión y ahora tengo más tiempo libre, decidí participar y así regresar a mis raíces campesinas. En la huerta me siento como si estuviera sembrando en el Cauca, una tierra hermosa que llevo en el corazón”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá