• 25 mujeres en condición de habitabilidad de calle que se rehabilitan en Nuevo Porvenir, sitio de la Secretaría de Integración Social en la localidad de Santa Fe, aprendieron sobre agricultura urbana.
  • Durante un curso básico brindado por el Jardín Botánico, se formaron en temas como siembra, propagación, sustratos, fertilización, cosecha y transformación. También ayudaron a fortalecer la huerta de este lugar del centro de la ciudad.
  • Estas ciudadanas, de diversas edades y algunas de ellas de la comunidad LGBTIQ+, recibieron un diploma que las certifica como nuevas huerteras y jardineras.

En La Florida, una vereda de la inspección de Playa Rica en el municipio tolimense de San Antonio, Michel Álvarez Morales aprendió a echar azadón y machete, ordeñar vacas y cultivar café, frijol, arroz y maíz.

Aunque le encantaba estar en medio de la naturaleza y tenía vocación para todas las actividades del campo, desde muy pequeño empezó a recibir el rechazo de su familia e insultos de los vecinos por su forma de hablar, caminar y mover las manos.

“Era un niño campesino bastante femenino y amanerado y por eso me decían mariposo. A mi mamá no le gustaba mi forma de ser, algo con lo que nací, y me decía que cuando se muriera me podía vestir de reina si así quería, antes no”.

Las burlas, censuras y más de una golpiza se sumaron a la zozobra que sentía a diario por vivir en un lugar dominado por el conflicto armado. Según Michel, las balaceras eran el pan diario en todo el municipio, ubicado en el cañón del río Cucuana.

“La violencia ha estado presente en el pueblo desde los años de Matusalén. Los Chulavitas contra los Pájaros, los conservadores contra los liberales, los guerrilleros contra los paracos y más recientemente las bandas criminales, han desangrado a San Antonio”.

Los enfrentamientos hicieron que su familia abandonara la tierra próspera y abundante del Tolima. Sus padres y una hermana se fueron a buscar una mejor suerte a Bogotá, mientras que Michel quedó al cuidado de su abuela en una finca del departamento.

“Pude estudiar los dos primeros años de primaria en una escuela rural. Aunque era un campesino amanerado y se burlaban de mí, yo estaba feliz porque me la pasaba en medio de los cultivos y seguía aprendiendo del arte de trabajar la tierra”.

A los ocho años, edad en la que ya tenía claro que le gustaban los hombres, Michel dejó a su abuela y se fue a vivir con sus padres a Monteblanco, un barrio de la localidad de Usme que apenas estaba siendo urbanizado.

El cambio de vida lo afectó bastante. Extrañaba los árboles, cultivos, animales de corral y riachuelos de aguas diáfanas de la finca tolimense de su abuela y no le gustaba nada de lo que veía en su nueva morada, un sitio cercano a Cantarrana.

“El barrio tenía muchos potreros y en esos sitios aumentó mi sufrimiento. Los insultos que me decían desde niño no eran nada con las violaciones y abusos que viví en esos terrenos desocupados merodeados por personas de mal corazón”.

La vida en la calle

Durante la adolescencia, Michel se seguía sintiendo cohibido y limitado. Quería maquillarse y usar ropa de mujer, pero su mamá le cortaba las alas de tajo. Intentó buscar trabajo en lo que sabía hacer: echar machete y azadón.

“Aunque tengo fuerza y soy experto manejando esas herramientas, nadie me contrataba por ser tan amanerado. Mi mamá me decía a diario que debía aprender a comportarme como un hombre y por eso me quería meter al Ejército”.

Como un escape al rechazo de su familia, Michel empezó a consumir marihuana a los 17 años. Según el tolimense, esto le abrió las puertas a drogas más fuertes y a vivir experiencias sexuales de las que prefiere no hablar.

Cuando su progenitora falleció, todo lo que tenía guardado en su interior explotó como un volcán en erupción. Empezó a vestirse como una mujer, algo que le gustó desde muy pequeño, pero de una forma desenfrenada.

“Lo único que no usaba eran tacones, ya que estoy acostumbrado a caminar con botas y tenis. Me metí de lleno en las drogas y el desorden físico y mental fue apoteósico, tanto así que me llevó a vivir en las calles”.

Los recovecos peligrosos y lúgubres de las localidades de Los Mártires y Santa Fe, en el centro capitalino, se convirtieron en su hogar sin techo. Consumió todo tipo de drogas y vivió episodios oscuros que la mayoría de personas no podría superar.

Nuevas oportunidades

Michel se convirtió en uno de los miles de habitantes de calle que sobreviven a diario a la intemperie en el centro de la ciudad. Hace aproximadamente 11 años, empezó a asistir a algunos de los centros u hogares que tiene la Secretaría Distrital de Integración Social.

“Primero fui a los hogares de autocuidado, sitios donde te puedes bañar, asear y te dan una merienda. Luego pasé a los centros de rehabilitación donde duermes, descansas y tienes la oportunidad de empezar a sanar”.

Hace un poco más de un mes, Michel ingresó a Nuevo Porvenir, una casa del barrio La Capuchina en la localidad de Santa Fe donde les prestan servicio de atención y desarrollo de capacidades a las mujeres en condición de calle.

“Aunque me identifico como un hombre homosexual, me siento femenina y me visto como mujer sin ridiculizar al género; me maquillo poco, me pinto las uñas y sigo sin usar tacones. Por eso me abrieron las puertas en esa casa de comunidad de vida”.

En Nuevo Porvenir, mujeres en riesgo de habitabilidad de calle, varias de ellas de la comunidad LGBTIQ+, inician un proceso terapéutico para rehabilitarse. Allí duermen, les dan alimento y cuentan con un equipo psicosocial conformado por terapeutas ocupacionales y trabajadoras sociales.

“Es un centro de mujeres diversas donde recibimos ayuda para recuperar nuestros derechos, alejarnos de las drogas o la prostitución y desarrollar o recordar algunas habilidades. Los promotores, profesionales y coordinadores hacen lo máximo para que salgamos adelante”.

Según Michel, en esta casa también cuentan con abogadas especialistas en criminalística y sociólogas que se encargan del área de violencias. “El cambio es más personal, ya que cada una sabe qué necesita dejar atrás”.

A través de varios talleres y cursos, estas mujeres se van alejando poco a poco del consumo y su dura vida en las calles. “Acá nos brindan herramientas y nuevas opciones de formación y reeducación. Estoy decidida en salir adelante”.

Huerteras

Desde que llegó a Nuevo Porvenir, Michel, hoy con 52 años de vida, revivió su pasado campesino tolimense cuando vio una pequeña huerta creada por los profesionales de la Secretaría de Integración Social.

“Aunque sembraban en tubos y vasos, ver esas plantas salir de la tierra me transportó al campo y mi sangre campesina se me alborotó. Mi felicidad llegó al tope cuando me dijeron que el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) nos iba a dar un curso de huertas”.

En febrero, Laura Sánchez, tallerista de este centro, se comunicó con la entidad para solicitar una asesoría técnica en agricultura urbana. El objetivo inicial era fortalecer la huerta, llamada Raíces Femeninas.

Camila Ramírez, profesional de campo del equipo de agricultura urbana del JBB en la localidad de Santa Fe, visitó la casa. A los pocos días, les llevó sustrato y algunas plántulas para diversificar la huerta. 

“Les informé que podíamos realizar un curso básico de agricultura urbana, el cual cuenta con cinco módulos. El único requisito era contar con un grupo de mínimo 25 personas para que lo aprovecharan de la mejor manera”, dijo la ingeniera agrónoma.

Michel y 24 de sus compañeras, varias de ellas de la comunidad LGBTIQ+, aceptaron ser las alumnas del curso. Iban a aprender sobre siembra, propagación, sustratos, fertilización, cosecha y transformación.

“Por haberme criado en el campo, ya tenía varios conocimientos. Estaba muy emocionado porque iba a rebobinar el casete y aprender nuevas técnicas con los expertos del Jardín Botánico, una entidad muy hermosa”.

El curso se realizó durante todo el mes de mayo, con una clase semanal. La primera, según Camila, fue sobre cómo implementar una huerta y los materiales que se necesitan, como el tipo de sustrato.

“Como la huerta del centro es en tubos, es decir una huerta colgante, enfatizamos en utilizar sustratos livianos y con buenos nutrientes. La segunda clase fue sobre semilleros, un taller práctico donde utilizamos cubetas de huevo y botellas de plástico”.

Luego aprendieron a preparar biopreparados, extractos de ajo, cebolla, ají y ruda que ayudan a combatir algunos insectos y hongos que afectan las huertas. También conocieron la técnica para propagar por esquejes varias plantas aromáticas.

“El último taller fue sobre transformados en el JBB, donde el chef Diego Huertas les enseñó a preparar ensaladas novedosas con raíces chinas y lechugas asiáticas. Esta clase fue muy bonita porque pudieron recorrer las colecciones vivas de nuestra entidad”, dijo Camila.

Aprendizajes mutuos

La profesional del JBB aseguró que el curso de agricultura urbana con las mujeres de Nuevo Porvenir en la localidad de Santa Fe, fue todo un reto profesional: nunca había trabajado con personas en condiciones de habitabilidad de calle.

“Al inicio de las clases fue algo tensionante porque no sabía cómo abordarlas. Ellas son muy dispersas por su condición y la mayoría tiene una concentración similar a la de un niño; luego de cinco minutos, se aburren”.

Para transmitirles los conocimientos huerteros, Camila utilizó la metodología ECAS (Escuelas de Campo de Agricultores), un enfoque de extensión rural que se enfoca en el aprendizaje práctico, basado en la experiencia y la observación directa.

“Todos los talleres fueron prácticos y además las incentivé a investigar sobre lo que iban aprendiendo. Ese fue el secreto para sacar adelante a este grupo variado de mujeres biológicas, trans y como Michel, quienes han tenido una vida muy dura en las calles”.

Durante las capacitaciones, algunas de sus alumnas demostraron niveles de intolerancia. Por ejemplo, cuando estaban aprendiendo a hacer los semilleros, se peleaban por introducir la semilla primero.

“En este caso utilicé otra técnica: las puse a coger la tierra para que sintieran las texturas y les di varias plantas aromáticas para que las olieran. Fue un taller sensorial donde se tranquilizaron bastante a través de los olores de la naturaleza”

Camila expresó que aprendió mucho de las 25 mujeres que participaron en el taller. “Conocer sus historias nos hace valorar mucho más lo que tenemos. Vencí los prejuicios que tenía sobre las personas con problemas de drogadicción y corroboré que son grandes seres humanos y con mucho potencial”.

Para Michel, volver a tener contacto con sus raíces campesinas fue una de las experiencias más enriquecedoras en su turbulenta vida. “Me encantó aprender sobre biopreparados, las barreras biológicas para los cultivos, los ciclos de las plantas y las cantidades de agua”.

Luego del taller de biopreparados, llamó a un hermano que vive en Ecuador para darle varios consejos sobre el manejo de las plagas en una parcela que tiene. “Le sirvieron bastante y eso me puso muy contento”.

Ahora quiere enseñarles a montar huertas a sus dos sobrinos en segundo grado, es decir los hijos de una sobrina. “El celular no brota raíces ni da cosecha. Todos deberíamos aprender sobre las labores del campo. Estoy seguro que terminaré mis días en un pueblo lleno de cultivos”.

Graduadas

El cierre del curso de agricultura urbana del Jardín Botánico fue el pasado martes 27 de mayo en uno de los auditorios de la entidad. Las 25 mujeres de Nuevo Porvenir iban a recibir un reconocimiento por su participación.

Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo, aseguró que esta corta capacitación las convirtió en agricultoras urbanas, un nuevo talento que ahora podrán replicar y multiplicar en cualquier tipo de escenario.

“La agricultura urbana es un trabajo en torno a la vida, las plantas y el trabajo de nuestros campesinos. Además de aportar a la seguridad alimentaria, es una terapia que pudimos ver en todo su esplendor durante la pandemia”.

Según Álvarez, tocar la tierra, sembrar una semilla y consentir una planta, es acercarse a los que nos dio la vida. “A partir de ahora, ustedes son hijas o hijos del Jardín Botánico, un bosque urbano que cumple 70 años”.

El subdirector les enfatizó que deben sentirse orgullosas por su nuevo rol como huerteras y jardineras. “Eso fue lo que hicieron en este curso: aprender a trabajar con la magia de la naturaleza. Deben seguir replicando esos conocimientos; un jardinero protege la vida y enseña a hacerlo”.

Por último, las motivó a aprender a transformar las plantas de las huertas en pomadas, jabones, velas y aceites. “Quiero verlas participando en nuestros Mercados Campesinos Agroecológicos con sus nuevos emprendimientos”.

Las 25 mujeres recibieron un diploma que las certifica como huerteras y jardineras del Jardín Botánico de Bogotá. En medio de aplausos y una algarabía que se apoderó de todo el auditorio, cada una pasó por su reconocimiento.

Michel dio un pequeño discurso donde le agradeció a la ingeniera que tuvo como maestra por toda la paciencia y los nuevos conocimientos que adquirió sobre el arte de la agricultura urbana.

“Todos somos campo y cada uno sabe lo que siembra en su corazón. Estoy inmensamente agradecido con la profe Camila, una persona maravillosa que nos hizo amar mucho más a las plantas, la naturaleza y la vida”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá