• Fábrica de Loza, una huerta creada hace 19 años al lado de los lavaderos de ropa fundados por Jorge Eliécer Gaitán, casi llega a su fin durante la pandemia.
  • Los cuatro líderes comunitarios que la fundaron no pudieron hacerle mantenimiento por las restricciones y cuarentenas. Los cultivos murieron y el pasto kikuyo cubrió todo el terreno.
  • Joaquín Ramírez y las mujeres de la tercera edad que conforman su grupo cultural, con la asesoría del Jardín Botánico de Bogotá, se encargaron de revivir esta huerta agroecológica de la localidad de Santa Fe.

La historia del barrio Fábrica de Loza se remonta a 1832, cuando la Sociedad de la Industria Bogotana montó una empresa de platos, tazas y vajillas. Luego, el negocio fue comprado por Nicolás Leyva, empresario que la tuvo hasta 1887, año en el que quedó abandonada.

Antiguos operarios de la fábrica ocuparon los terrenos aledaños. La familia de Luis Alberto Tovar fue una de las que se asentaron en este territorio del centro de la capital del país, un sitio rodeado por los barrios Belén, Lourdes, Las Cruces y Girardot.

“Mis abuelos trabajaron en la fábrica y construyeron su vivienda cerca del negocio. Nací en este barrio hace más de 70 años, en una época cuando era conocido como un expendio de droga y cuna de la delincuencia”, dice Luis. 

En la flor de su adolescencia, Lucho, como le dicen sus amigos, empezó a forjarse como líder comunitario. Lideró protestas contra los policías que maltrataban a los habitantes de la Fábrica de Loza porque eran tachados como delincuentes.

“Una de mis primeras luchas fue contra las personas que se creían dueñas del barrio y les cobraban arriendos a los habitantes. Reuní a la comunidad y recaudamos dinero para pintar las fachadas de las casas y hacer el alcantarillado”.

Uno de los íconos de este terruño del centro capitalino son los 32 lavaderos de ropa que fundó Jorge Eliécer Gaitán en 1936. Su objetivo fue que las mujeres del sector dejaran de lavar sus prendas en la quebrada San Juanito.

“Mi madre Blanca fue la primera mujer que se encargó de cuidar los lavaderos, un sitio donde se construyó un estanque redondo para captar el agua de los cerros orientales”, recuerda Tovar.

Lucho lideró otra lucha para salvar los lavaderos de la delincuencia y los vendedores de droga. “Con mi arma saqué corriendo a esos malandros y comenzamos a recuperar la zona con varias de las mujeres del barrio”.

Luego, se enfocó en sacar la personería jurídica del barrio y lograr pavimentar las calles y poner los servicios básicos. Fue un proceso largo que llegó a buen término con las escrituras de todas las casas de la zona.

La huerta icónica

Hace 19 años, Luis Alberto y los líderes sociales Marina Caballero, Juan Avendaño y Euclides Rojas, decidieron darle vida a una huerta comunitaria en un predio contiguo a los lavaderos de Gaitán.

Los futuros huerteros, que ya superaban los 50 años de vida, recibieron cursos de agricultura urbana por parte de la asociación Manos Amigos, conocimientos que aplicaron poco a poco en el terreno con una alta pendiente.

“Adecuamos el terreno a punta de azadón y pala; hicimos ocho camas para los cultivos con tablas de maderas; y sembramos semillas e incorporamos las plántulas que compramos con nuestros propios recursos”.

El proyecto huertero fue bautizado Fábrica de Loza como un homenaje al barrio que los vio nacer. Según Lucho, todo lo que salía del terruño agroecológico era para el consumo de las familias y personas más necesitadas del barrio. 

“Luego empezamos a vender los productos y con ese dinero creamos un fondo para comprar las plántulas y semillas. En esa época recibimos el apoyo del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y la Alcaldía Local de Santa Fe”.

La huerta Fábrica de Loza funcionó a la perfección durante 16 años y se convirtió en uno de los sitios más reconocidos en Bogotá por el manejo agroecológico de los cultivos, es decir sin aplicar ningún tipo de químico.

“Todos los días venía mucha gente de toda la ciudad a conocer nuestro proyecto, personas que quedaban sorprendidos con la historia de los lavaderos de Jorge Eliecer Gaitán”, recuerda Luis con nostalgia.

El salvavidas

La pandemia del coronavirus casi acaba con esta huerta emblemática del centro de la capital. Debido a las cuarentenas y restricciones, el terreno quedó a la deriva al no contar con manos amigas que le hicieran mantenimiento.

“Como somos personas de edad, no nos dejaban salir de las casas para trabajar en la huerta. El invernadero que construimos con mucho esfuerzo se vino abajo y todos los cultivos se vieron gravemente afectados”, apuntó Luis.

El nuevo aspecto de la huerta se asemejaba a una catástrofe: todos los cultivos murieron y el suelo quedó totalmente invadido por maleza como el pasto kikuyo. Sus cuatro guardianes también sufrieron quebrantos de salud.

En 2021, el Jardín Botánico tomó la decisión de reverdecer esta huerta comunitaria. Lucho y los otros líderes querían ayudar en su renacer, pero las nuevas enfermedades evitaron que regresaran a untarse de tierra fértil.

“Llamamos a Joaquín Sánchez, un líder y profesor de danzas que lleva muchos años en el barrio con su grupo cultural de más de 20 mujeres de la tercera edad. Con la asesoría del JBB, él y sus abuelas le inyectaron vida al terreno”, informó Lucho.

Las manos de Joaquín y las mujeres mayores del grupo de danza retiraron todo el pasto kikuyo, volvieron a hacer los surcos y sembraron miles de hortalizas, frutales y plantas medicinales y aromáticas en la huerta.

“Mis hermosas alumnas fueron las encargadas de sembrar, trabajar la tierra y poner esta huerta hermosa de nuevo. El Jardín Botánico nos capacitó y siempre estuvo pendiente de nosotros; recibimos muchas asesorías”, afirmó Joaquín.

Según el docente de baile y cultura, la huerta mejoró la salud mental de sus adultas mayores: la agricultura urbana fue su primer contacto con la naturaleza después de los largos meses de encierro de la pandemia. 

“Me llenó de felicidad verlas sembrar, aprender y ayudar a la comunidad con el renacer de esta huerta. Cuando alguien entrega el esfuerzo de su trabajo sin ningún compromiso, la patria está salvada”, anotó el docente.

Joaquín y sus 20 abuelas siguen trabajando en la huerta Fábrica de Loza. Sin embargo, en ningún momento desconocen que todo el proceso está en el corazón y esfuerzo de Luis Alberto, Marina, Juan y Euclides. 

“Los conozco desde hace varios años e incluso llevé a muchos de mis estudiantes a la huerta cuando ellos sembraban. Todo lo que hacemos es un homenaje a estos líderes comunitarios emblemáticos”.

Niños de varios colegios de la localidad de Santa Fe han sembrado en la huerta, un proyecto que Joaquín quiere escalar a los estudiantes de bachillerato. “El ideal es que conozcan el proceso de este sitio y luego ayuden a montar huertas en cada uno de los colegios”.

El líder cultural y huertero

Joaquín Sánchez nació en Facatativá y se crio en medio de huertas llenas de cebada, trigo, maíz y papa. Sus abuelos tenían un solar donde sembraban plantas aromáticas, tallos, lechugas y cilantro.

“En el colegio industrial comencé a interesarme por el trabajo comunitario. A los 19 años me fui para el barrio Los Laches en Bogotá, donde estaban mis papás, y allí explotó en mí una pasión desbordada por la cultura”.

En Los Laches, Joaquín se fue metiendo poco a poco en algunos grupos comunitarios, como un programa cultural y deportivo donde participaba su padre; y la asociación cristiana femenina presidida por su madre.

“Luego monté un grupo teatral y un coro con niños. Debido a la pobreza, detrimento y situaciones económicas difíciles de la localidad de Santa Fe, me encarreté mucho con la parte social”.

En sus primeros años como promotor cultural, Joaquín hizo obras de teatro con niños, jóvenes y monjas, además de una escuela deportiva con los habitantes de los barrios Egipto, Lourdes, Los Laches, El Dorado y Consuelo.

Un programa de alfabetización con niños lo marcó profundamente. “Conocí a un niño ciego que no quería aprender. Con el permiso de su mamá lo llevé al Instituto Nacional de Ciegos y allí hizo la primaria y bachillerato; eso me inyectó muchas ganas de hacer trabajo social”.

A los 25 años se casó, luego tuvo tres hijos y trabajó durante dos décadas con la población infantil. En 2005, Joaquín cambió de grupo poblacional debido a un programa de la Alcaldía Local de Santa Fe y la Universidad Distrital.

“El objetivo del programa era crear escuelas deportivas con adultos mayores, una población con la que nunca había trabajado. El IDRD y la Universidad Distrital me capacitaron para aprender a manejar a la gente y crear procesos de actividad física”.

El líder cultural quedó maravillado con las mujeres de la tercera edad. “En la vejez, muchas mujeres pierden su esencia al encargarse del cuidado de los nietos. Monté una casa cultural para que entendieran los cambios sociales que iban pasando a través del teatro y la danza”.

Sus alumnas mayores también realizan actividades lúdicas como salto de lazo, trompo, yermis, tejo, rana e incluso fiestas y paseos. “En esas actividades satisfacen los deseos que no pudieron cumplir de sardinas porque se casaron muy niñas”.

Hace 13 años, Joaquín creó comparsas con los mitos, leyendas y personajes más representativos del centro de Bogotá, como La loca Margarita, Pomponio, El bobo del tranvía, La mula herrada, El cura sin cabeza, los Reyes Magos y el diablo.

“Uno de los personajes más icónicos es Estelita Monsalve, una de las primeras mujeres que pudo votar en el país y quien luchó por los derechos de las mujeres; tuve el privilegio de conocer a esta heroína”.

Sus danzas rinden un homenaje a las antiguas actividades de las mujeres del centro, como las chicharroneras, chicheras y lavanderas. “Muchas mujeres se dedicaron a estas actividades. No hay nada más bonito que las personas mayores cuenten esas historias a través de la danza”.

Bailarina y huertera

A pesar de superar los 80 años, Magolita Pinzón de Pinzón tiene más energía, vitalidad y alegría que muchos jóvenes. No se está quieta por más de un minuto, le encanta poner rojos a los hombres con piropos picantes y su lengua no tiene freno.

No para de sonreír y su cuerpo pequeño parece un torbellino porque camina bailando. Es una de las mujeres que renació por el trabajo cultural de Joaquín Sánchez, a quien conoció hace 24 años cuando quedó viuda.

“La vida está llena de gozosos y dolorosos. Cuando perdí a mi esposo casi me muero de la tristeza, pero mis amigas me llevaron a los grupos de danza, teatro, gimnasia, comparsas y coros del profe Joaquín; eso me llenó de amor el corazón”.

Magolita fue testigo de la construcción de los lavaderos comunitarios de Gaitán, donde lavó ropa durante décadas. “Antes de los lavaderos, cuando era muy niña divina, lavé ropa en las quebradas de los cerros”.

La sonriente adulta mayor fue una de las más de 20 mujeres que ayudaron a arreglar la huerta Fábrica de Loza, un trabajo que la llenó de vitalidad al tener un contacto directo con la tierra. 

“No hay mejor terapia que sembrar y cosechar alimentos sanos. En la huerta aprendo, me divierto y estoy activa. Mis amigas dicen que soy el alma de la huerta: cuando bailo y siembro se me olvidan todos los dolores”.

En las comparsas, Magolita interpreta personajes como la chicharronera, lavandera o chichera. “Me pongo un vestido naranja y verde con una falda larga. El personaje que más me gusta es la chichera porque soy una experta en preparar esa bebida”.

La huerta y el grupo cultural le han permitido crear una bonita hermandad con todas las adultas mayores, a las cuales conoce desde hace años. “La vida es un ratico y por eso tenemos que ser felices”.

La mano derecha

Irma Vega, madre de tres hijos, es una de las mejores amigas de Magolita. También nació en el barrio Belén, un terruño histórico en el que pretende estar hasta que Dios le haga su llamado.

“Tuve una infancia hermosa y recuerdo mucho los diciembres, cuando los vecinos hacían buñuelos, dulces de mora, natillas y ajiacos para compartir con la comunidad. Se hacían fiestas durante tres días”.

También lavó ropa en los lavaderos de Gaitán, en una época cuando la huerta aún no estaba y toda la ropa se colgaba en cuerdas o extendía en el pasto. “En los lavaderos lavé las famosas cobijas cuatro tigres”.

Desde hace 16 años, Irma hace parte del grupo cultural de mujeres mayores de Joaquín; asegura que es su mano derecha. “Me encargo de contarle a la comunidad sobre nuestras actividades culturales, algo que se me facilita porque soy muy habladora, alegre y chistosa”.

Su papel en las comparsas es el de una madre que perdió a su hijo (sostiene en sus brazos el esqueleto de un niño). “A pesar de los problemas nunca he sido una persona triste. Con mi personaje dejo el mensaje de no dejarnos abatir por las dificultades o las pérdidas”.

Esta bogotana sembró por primera vez en la huerta Fábrica de Loza. “Aunque tengo muchas plantas ornamentales en casa, jamás había sembrado una lechuga. En la huerta conocemos la naturaleza, nos sentimos relajadas, descansamos las mentes y olvidamos los problemas”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá