• La siembra y la cosecha no son las protagonistas en la “Uchuba”, un huerto de 540 metros cuadrados que en lengua chibcha significa muisca y flor.
  • El espíritu de este proyecto agroecológico de la localidad de Rafael Uribe Uribe, una estrategia liderada por tres docentes de bachillerato, es la investigación.
  • Desde hace cuatro años, cerca de 80 niñas han analizado las características físicas, químicas y biológicas del suelo y evaluado otras variables ambientales para mejorar el desarrollo de los cultivos.
  • El Jardín Botánico de Bogotá es uno de sus grandes aliados. Varias alumnas y padres de familia se han formado a través de los cursos básicos de agricultura urbana.

El 5 de octubre de 1916, en una casona antigua ubicada en la carrera 5 entre las calles 15 y 16, nació el primer centro educativo público para mujeres de Bogotá. Diego Garzón, párroco de Las Cruces, lo nombró Sindicato de la Aguja, Artes y Oficios.

Su misionalidad era preparar a las niñas y adolescentes para las labores del hogar. Según la Secretaría de Educación, pocos años después de su inauguración el colegio se trasladó a un inmueble de la calle 9 con carrera 8 que era propiedad del presidente Alfonso López Pumarejo.

“En una etapa posterior fueron cambiados tanto su nombre como su sede. Pasó a llamarse Escuela Superior de Artes y Oficios para Señoritas y funcionó en un edificio de la calle 15 con carrera 15”.

En 1941, el plantel educativo fue trasladado al barrio San José Sur, en la localidad de Rafael Uribe Uribe (Avenida Caracas con calle 23 sur), un terreno amplio de la Beneficencia de Cundinamarca.

“Su nombre cambió a Instituto Femenino de Orientación Social. Durante esta nueva etapa se creó la Escuela Normal Rural con planes de estudios de cuatro años para orientar a las alumnas hacia el trabajo de la docencia en la ruralidad de Cundinamarca”, revela la entidad en el Proyecto Educativo Institucional del colegio.  

Bajo la administración de Adela Pinzón de Alonso se reestructuró como Instituto Normal Superior. “En ese entonces desapareció el plan específico de preparación en artes y manualidades”.

El 25 de mayo de 1957, durante la fiesta de Nuestra Señora de la Luz, fue construida su obra religiosa y patrimonial más icónica: una capilla con miles de vitrales que fue diseñada por el arquitecto Juvenal Moya Cadena.

Los cambios no llegaron a su fin. En 1958 adoptó el nombre de Colegio Liceo Femenino de Cundinamarca y dos años después se le adicionó el nombre de Mercedes Nariño, hija del precursor de la Independencia Antonio Nariño.

“Entre 1966 y 1972, se consolidó el servicio educativo de las tres jornadas. En el contexto de Cundinamarca, en el sector oficial, es el primer colegio en ofertar el nivel de preescolar con el jardín infantil”, informa el documento de la Secretaría de Educación.

A finales de 2001, el anuncio del cierre del colegio como establecimiento departamental generó una protesta estudiantil. La movilización fue efectiva: el plantel pasó a ser propiedad del Distrito y se convirtió en la Institución Educativa Distrital Liceo Femenino Mercedes Nariño.

“El colegio ha recibido reconocimientos como el sello de calidad educativa por la enseñanza del francés, el cuarto lugar en innovación educativa y un premio por implementar un modelo de educación incluyente”.

A la fecha, en este ícono patrimonial centenario estudian cerca de 6.000 niñas y adolescentes en prejardín, jardín, transición, primaria y bachillerato. El liceo cuenta con 236 docentes de planta.

Colegio femenino huertero

El verde es uno de los colores característicos del Liceo Femenino de Cundinamarca Mercedes Nariño. Entre los edificios antiguos donde la población estudiantil recibe sus clases, se han desarrollado cientos de árboles de gran porte y de diferentes especies.

En un extenso corredor que colinda con la calle 24 sur, cuatro imponentes nogales, una especie nativa y sagrada para los muiscas que fue exaltada como el árbol icónico de Bogotá, le llamaron la atención a Dago Muñoz, docente de física, cuando empezó a trabajar en el colegio.

“Hace 18 años, cuando empezó mi historia en este hermoso liceo que es patrimonio cultural de la ciudad, me fijé en la copa de estos árboles nativos. Sin embargo, como la zona está cerrada, no tuve la oportunidad de verlos de cerca”.

El docente se enteró que este cordón verde de 540 metros cuadrados, donde también habitan varias feijoas y uno que otro urapán, era utilizado como el cuarto de San Alejo del colegio. Allí llegaban los pupitres y tejas que ya no servían.

“Me informaron que era un botadero lleno de muebles viejos y desperdicios físicos del colegio, como cubiertas, ladrillos y vidrios. Ante ese panorama pensé que la zona no tenía potencial para convertirse en un aula al aire libre”.

Hace siete años, un grupo de maestros del colegio empezó a transformar el deteriorado espacio con el montaje de una huerta. Según Dago, montaron varias camas elevadas utilizando ladrillos y recuperaron cerca del 20% de la zona. 

“Mis colegas trabajaron algunos años en este ejercicio huertero, pero luego lo abandonaron porque representaba una carga laboral adicional a las horas de enseñanza. Aunque la huerta llegó a su fin, el terreno no volvió a ser destinado como un depósito”.

En 2021, luego del confinamiento de la pandemia del coronavirus, Dago, Mónica Valencia (docente de química) y Hernán Rojas (de estadística y matemáticas) se unieron para trabajar en un proyecto interdisciplinar ambiental que fusionó las materias que lideran.

“El primer proceso fue de moda sostenible con varias estudiantes de décimo y undécimo de bachillerato, quienes crearon una colección de prendas recicladas y fibras ecológicas; el cierre fue un desfile ante sus padres y la comunidad educativa”

Luego, los tres docentes fijaron su mirada en el corredor verde donde funcionó la huerta escolar para consolidar un nuevo proyecto que involucrara la sostenibilidad alimentaria con la investigación en física, química y matemáticas.

Así nació el Laboratorio Ambiental Liceísta, un proyecto ambicioso conformado por líneas como energía solar (con paneles solares), sistema de bombeo, sistema de riego asistido por computador, invernadero y vivero.

“Nuestro objetivo era consolidar un laboratorio huertero donde las niñas hicieran investigación al aire libre y se conectaran con la tierra y las raíces campesinas de nuestros antepasados; queríamos consolidar un aprendizaje académico para la vida”.

Huerto “Uchuba”

Revivir y ampliar el antiguo huerto para consolidar un laboratorio ambiental no sería tarea fácil. Los tres docentes evidenciaron que el extenso corredor verde no contaba con un suelo apto para sembrar.

“Por eso empezamos a buscar alianzas con universidades para que 20 niñas pudieran ir a sus laboratorios a analizar e investigar. La Jorge Tadeo Lozano, Rosario, Andes, Javeriana y la Central nos copiaron la idea”.

Con la Universidad Tadeo se generaron seis líneas de investigación: suelo, agua, microbiología, energía, crecimiento vegetativo y arte. El primer resultado de esta alianza fue un estudio de suelos con muestras recolectadas en la antigua huerta.

“Las niñas fueron a los laboratorios de la universidad y descubrieron que el suelo de la huerta era franco arenoso. Los expertos nos dieron las indicaciones de fertilización y así pudimos montar una estructura para hacerlo; este proceso fue entre 2021 y 2022”.

En 2023, otro grupo de 20 estudiantes de los últimos cursos de bachillerato participó en la actividad física más demandante: retirar los escombros del corredor verde. En este arduo proceso salieron más de 60 lonas llenas de piedras y vidrios.

“El paso a seguir fue recomponer el suelo con elementos orgánicos del compostaje y luego montamos seis camas. La Universidad Tadeo nos dio semillas y plántulas para las primeras jornadas de siembra”.

Las nuevas huerteras del Liceo Femenino de Cundinamarca Mercedes Nariño, con varios aparatos y sensores, comenzaron a analizar varias variables en cada una de las eras, como pH, humedad, conductividad eléctrica, temperatura y la cantidad de gases en el ambiente.

“Esto fue posible a través de las alianzas que teníamos con las universidades. Por ejemplo, con el Rosario trabajamos en una propuesta de hacer prototipos electrónicos para medir variables ambientales y categorizar la información con patrones estandarizados”.

Desde 2024, los tres docentes empezaron a trabajar con niñas de preescolar, primaria y otros grados de bachillerato. Cada año, hacen una convocatoria para escoger a 20 estudiantes que quieran investigar y aprender de agroecología.

“Este proyecto no es obligatorio y las niñas tampoco reciben una evaluación por su trabajo. Es una estrategia voluntaria donde ya logramos consolidar 15 eras o camas donde se analizan diferentes variables ambientales”.

El año pasado, el arte llegó a este huerto estudiantil donde se siembran diferentes variedades de lechuga, kale (un alimento que aumenta las defensas y mejora el sistema inmunológico), acelga, cilantro, perejil, tomate cherry, cebolla, cebollín, haba y ruda.

Darío Ramírez, profesor de arte, lideró el montaje de un extenso mural en una de las paredes que rodean el huerto. Varias estudiantes de los grados 10 y 11 y algunas de primaria dejaron volar su imaginación y pintaron obras de arte donde la naturaleza es la protagonista.

“Fue algo precioso. Además, otras niñas de varios cursos le dieron vida a un mural externo que tiene el nombre del huerto. Se llama ‘Uchuba’, con b larga, una palabra chibcha que significa muisca y flor”.

Cursos de agricultura urbana

Según Dago, un apasionado de la física con raíces campesinas, en el Laboratorio Ambiental Liceísta, un proyecto huertero e investigativo que lleva cerca de cinco años, han participado aproximadamente 80 niñas y jóvenes de diferentes grados.

“Cada año trabajamos con 20 estudiantes que se distribuyen las 15 eras para hacer sus investigaciones. En el huerto miden pH, humedad y temperatura y evalúan por qué algunas plantas crecen mejor que otras; toda la información la escriben en bitácoras y luego la debaten en las clases”.

Aunque la cosecha no es la gran protagonista en este huerto estudiantil, los regalos verdes no se desaprovechan. “Todas las hortalizas y plantas medicinales se las vendemos a varios restaurantes de alta cocina. El dinero lo utilizamos para mejorar el huerto”.

A mediados de 2024, a la “Uchuba” le llegó un nuevo aliado: el Jardín Botánico de Bogotá (JBB), entidad que lleva más de dos décadas implementando el programa distrital de agricultura urbana y periurbana en la ciudad.

“El profesional Faber Torres conoció nuestro huerto en una visita que lideró la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe y quedó maravillado con el proyecto ambiental de investigación”, recuerda el docente de física.

Luego de realizar una asistencia técnica, Faber se reunió con Carmenza Bautista, profesional del JBB que lleva más de una década en la entidad y que actualmente tiene a su cargo el fortalecimiento de varias huertas de la localidad de Rafael Uribe Uribe.

“Como el huerto del colegio no necesita de insumos como semillas, plántulas o tierra, con Carmenza acordamos que nuestro aporte en este novedoso proyecto de participación sería formar y capacitar a varias niñas, docentes y padres de familia”.

En 2025, los profesionales del JBB realizaron dos cursos básicos de agricultura urbana donde la comunidad educativa aprendió sobre el diseño de las huertas, las variedades que se deben sembrar, los contenedores para cada especie, la rotación de cultivos y las barreras alelopáticas.

También conocieron la propagación sexual y asexual, semilleros, elaboración de abonos orgánicos, manejo preventivo agroecológico, combinación de especies, rotación, asociación de cultivos y la cosecha total o parcial.

Este año, el nuevo grupo de 20 niñas y varios padres de familia se están formando como huerteros a través de este curso básico del Jardín Botánico conformado por cinco módulos. “Hacemos clases teóricas en el auditorio y prácticas en el huerto”.

Luego de nutrir sus mentes con nuevos conocimientos huerteros durante las clases, las estudiantes del liceo los aplican en el huerto. “El profe Dago las pone a investigar temáticas como los insectos y hongos que afectan los cultivos”, precisó Faber.

“Hace poco elaboramos un fermento natural para controlar las babosas. Como la mezcla fue bastante efectiva, el docente le designó una nueva tarea a un grupo de estudiantes: deben investigar por qué el control fue exitoso”, complementó Carmenza.

Los expertos en agricultura urbana del JBB les brindaron asesoría técnica para montar un lombricultivo. “Tres niñas tienen a su cargo el cuidado y la investigación en esta cama rectangular”

Varios de los padres de familia que han participado en los cursos están en proceso de montar sus propias huertas caseras. “Les vamos a brindar insumos y capacitaciones para que lo logren. Los padres, inspirados por sus hijas, quieren contar con alimentos saludables en casa”.

Futuro incierto

Las instalaciones del Liceo Femenino de Cundinamarca Mercedes Nariño serán remodeladas, una renovación en cabeza de la Secretaría de Educación que frenó el inicio de otros proyectos de investigación en el huerto la “Uchuba”.

“Los paneles solares (que ya tenemos), los sistemas de bombeo y riego asistido, el invernadero y el vivero están en veremos porque la zona donde está el huerto quedó proyectada para ser un corredor ecológico sin ningún tipo infraestructura”, aseguró Dago.

Según el docente, lo más probable es que el laboratorio ambiental y huertero deba ser reubicado en otro sector del colegio. “Nos gustaría seguir en este espacio porque le hemos metido muchos recursos y trabajo. Pero eso no depende de nosotros”.

Aunque el futuro del proyecto está en el limbo, los tres profesores no tienen la más mínima intención de abandonarlo. “Por ahora seguiremos investigando con las 20 niñas que participan en este ciclo. Si nos toca movernos, empezaremos desde cero; los retos no nos asustan”.

Mónica Valencia, docente de química, no puede ocultar la tristeza que le genera hablar del posible traslado del huerto, un sitio de puertas abiertas que es visitado por varias de las niñas que estuvieron en el primer grupo.

“Las egresadas, que están estudiando sus carreras universitarias, vienen seguido al huerto vestidas con ropa cómoda para ayudar en el mantenimiento. No se han desvinculado porque este proyecto genera sentido de pertenencia”.

La profesora asegura que el huerto también le ha servido como terapia a las estudiantes. “Tenemos casos de niñas con mucha ansiedad. En medio de los cultivos y a través del contacto con la tierra, se relajan y mejoran su estado de ánimo; es un espacio de desarrollo integral”.

Los padres y sus hijas también fortalecen lazos por medio de la agricultura urbana. “Es muy bonito ver a los papás con las niñas trabajando juntos en el huerto durante toda una tarde. Además, toda la comunidad educativa ha mejorado sus hábitos alimenticios”.

“Ya estamos mirando cómo nos podemos ajustar ante la remodelación; por ejemplo, pensamos montar cultivos verticales con hidroponía. No queremos que el proceso se detenga ni se pierda; este huerto ya es un ícono del colegio”, apuntó Mónica.

Testimonios de las “huerteritas”

Karen Cadena, estudiante de grado 10 (16 años): “no había conocido este hermoso huerto porque la puerta siempre permanece cerrada. Este año me invitaron a participar y no lo dudé ni un momento porque me encantan las ciencias naturales. Con una compañera decidimos trabajar en dos camas que tienen tomate cherry, sitios donde medimos el pH y la iluminación e investigamos cómo es su comportamiento en el suelo. Es un proyecto familiar que nos aporta mucha sabiduría y nos recuerda lo importante que es la labor de los campesinos”.

Alejandra Rojas, estudiante de grado 10 (15 años): “aunque estoy en el colegio desde preescolar, no sabía que había un huerto. Cuando el profe Dago llegó al salón para invitarnos, decidí participar porque soy defensora de la naturaleza y quería aprender a sembrar. En los pocos meses que llevo he aprendido mucho sobre el cultivo de tomate cherry a través de las investigaciones; todas las semanas medimos las variables y las anotamos en un cuaderno”.

Isabel Anacona, estudiante de grado 10 (15 años): “hace dos años pude entrar al huerto y quedé maravillada con el verde de sus cultivos, pero la verdad no sentí curiosidad por averiguar o participar. Este año me decidí porque quiero estudiar biología o bioquímica, ciencias que son abordadas en el huerto a través de las investigaciones. Estoy analizando el suelo y la luz en dos camas con el uso de unos equipos y sensores”.

María Camila Casallas, estudiante de grado 10 (15 años): “el año pasado, una niña de grado 11 que participaba en el proyecto me contó sobre todas las investigaciones que realizaban. Yo quería participar porque tengo mucho contacto con el campo: mis abuelos tienen una finca y en las vacaciones siempre estoy con ellos. Este año ingresé y lo primero que hicimos fue acomodar las camas, mover el suelo y luego sembrar. Con mi compañera estamos investigando la mizuna, una lechuga que no se desarrolla igual en todo el huerto; venimos casi a diario durante los descansos”.

Dana Sofía Espinosa, estudiante de grado 10 (15 años): “desde que vi por primera vez el huerto, hace como tres años, me enamoré de él; me sorprendí mucho cuando me dijeron que antes era un botadero de basura y ahora está todo reverdecido. Me puse muy contenta cuando quedé seleccionada para participar en el proyecto y me asignaron dos camas con cebolla puerro y cebollín, sitios donde con unos sensores medimos pH, luminosidad y humedad. Es un laboratorio donde aprendo mucho y además me relajo y olvido el estrés de las clases”.

Isabel Cespajoy, estudiante de grado 11 (17 años): “desde que era pequeña me empezó a gustar mucho el tema ambiental, en especial la botánica medicinal. Este año tuve la oportunidad de participar en el huerto, una zona muy verde que me generó una emoción muy linda. Aprendí que el cultivo de cebolla debe estar siempre húmedo y que además, tal vez por su olor fuerte, no le llegan muchos bichos. Acá me divierto mucho y me transporto a las tierras del Huila donde una tía tiene una finca”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá