• Durante seis meses, cerca de 30 mujeres de estas localidades pintaron de verde varias huertas urbanas, parques y jardines del sur de la ciudad, un trabajo ambiental que las convirtió en grandes amigas.
  • Con la asesoría del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) crearon sus propios emprendimientos ecológicos, como arepas y pasteles con semillas nativas, jabones y champús naturales, vinagretas y adobos con plantas condimentarias.
  • Como cierre del programa ‘Mujeres que reverdecen’, estas ciudadanas de diversas edades compartieron sus experiencias y vivencias en torno a un suculento sancocho comunitario.
Huertas del sur

Algunas de las ‘Mujeres que reverdecen’ de las localidades de Ciudad Bolívar y Tunjuelito.

El cielo bogotano vaticinaba que el día estaría pasado por agua. El sol no despuntaba sus rayos debido a una densa nube gris que cubría todo el sur de la ciudad, los transeúntes arrojaban bocanadas de vapor por sus bocas y las gotas de lluvia se tornaban cada vez más frecuentes y potentes.

Las calles del barrio Guatiquía de la localidad de Ciudad Bolívar estaban gobernadas por el barro y los charcos. Los habitantes salieron de las casas vestidos con chaquetas popochas, guantes de lana y bufandas para coger el transporte público que los llevaría a sus sitios de trabajo, todos con un paraguas en la mano.

Cuando las manecillas del reloj marcaron las 8:30 de la mañana, cerca de 30 mujeres uniformadas con un overol verde y botas negras llegaron a la huerta comunitaria Asograng, ubicada en la calle 59 bis sur con carrera 45d, un terruño verde conocido por los cultivos de semillas ancestrales y nativas como el amaranto y la quinua.

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La maloca de la huerta Asograng fue el sitio de encuentro para un taller y olla comunitaria.

Saulo Benavides, un campesino nacido en Paipa, municipio de Boyacá donde aprendió el arte de labrar la tierra, abrió la puerta de madera de la huerta, pintada con el amarillo, azul y rojo de la bandera de Colombia. Aura Suescún, una de las vecinas del barrio que lo ha ayudado a sembrar y cosechar durante los últimos 16 años, lo acompañaba.

“Bienvenidas a su casa”, les dijo don Saulo, hoy con 64 años de vida. “Esta huerta de Ciudad Bolívar, una de las más reconocidas en la capital, está así de hermosa gracias a lo que ustedes han hecho con sus propias manos. Pero hoy no será un día de trabajo, vamos a compartir experiencias y vivencias en torno a un tradicional sancocho santafereño”.

Luego de caminar por un amplio sendero y observar las camas con hortalizas, frutales y plantas nativas de la huerta que ayudaron a fortalecer, las 30 mujeres ingresaron a una maloca construida con guadua, madera reciclada y botellas de vidrio y se fueron organizando en varias sillas y muebles de antiguos comedores y salas.

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Los cultivos de amaranto de la huerta Asograng fueron embellecidos por estas mujeres de Ciudad Bolívar y Tunjuelito.

Diana Castro, ingeniera agrónoma del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), salió de la cocina de la maloca. Los abrazos, besos en la mejilla y palabras de cariño inundaron el recinto y se formó una algarabía digna de una fiesta decembrina, como si no se hubieran visto en un largo periodo de tiempo.

“Hoy, 19 de abril, es un día muy especial para todas. Hace exactamente seis meses se convirtieron en ‘Mujeres que reverdecen’, un programa donde además de fortalecer varias huertas urbanas, jardines y el arbolado de Ciudad Bolívar y Tunjuelito, hemos construido un tejido social muy fuerte que nos convirtió en familia”, dijo Castro con los sentimientos a flor de piel.

Los rostros de sus 30 estudiantes, a pesar del frío que se les metía hasta los huesos, no podían ocultar la nostalgia. Sus ojos se llenaron de lágrimas, los músculos de la boca y las manos les temblaban como gelatina y las voces no querían salir por un nudo en la garganta.

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Además de reverdecer el sur de Bogotá, estas mujeres forjaron fuertes lazos de amistad.

Saray Frías, una venezolana de 31 años y madre de cuatro hijos, venció los sentimientos encontrados y tomó la vocería. “Estoy segura que seremos amigas para toda la vida. Además de aprender y reverdecer el sur de la ciudad, este programa y el cariño de todas ustedes me permitieron volver a valorarme como persona, luego de pasar por una época muy dura donde me perdí como mujer”.

Soley Durán, una morena espigada de 42 años nacida en Buenaventura, aseguró que como ‘Mujer que reverdece’ dejó a un lado su extrema timidez, aprendió a alimentarse mejor y conoció algunas de las plantas ancestrales de las huertas, con las cuales montó su primer emprendimiento ambiental.

“Yo era muy reservada y penosa. Pero este hermoso grupo me permitió alzar la voz sin miedo, ya fuera para preguntar o compartir experiencias del pasado, y pude crear mi emprendimiento de vinagretas que ya he presentado en varias ferias locales. Siempre seremos amigas porque en estos seis meses logramos forjar fuertes lazos en medio del respeto”.

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Soley Durán, nacida en Buenaventura, conoció el amaranto y lo incluyó en un emprendimiento ambiental.

Piedad Barrios, una tolimense nacida en el desaparecido municipio de Armero y que vende arepas de maíz y pasteles con las semillas de amaranto y quinua, prendió los fogones de la cocina artesanal junto a seis de sus compañeras. El olor a leña se apoderó de todo el recinto y el calor mermó el frío insoportable generado por un aguacero que poco se ve en Ciudad Bolívar.

“Una de las experiencias más bonitas que me ha dejado el programa de ‘Mujeres que reverdecen’ es volver a mi niñez en Armero, cuando veía a los campesinos sembrar algodón, arroz y sorgo. Nuestro trabajo en las huertas del sur de Bogotá me transporta a esa linda época, antes que la avalancha borrara al pueblo del mapa”.

Mientras Piedad y sus compañeras fueron a comprar el pollo, cerdo, yuca, papa y plátano para preparar el sancocho, que también contaría con algunas de las plantas de la huerta como acelga, amaranto y quinua, Ammi Portillo, una estudiante de la Universidad Javeriana, inició su taller de territorio y género.

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Las ‘Mujeres que reverdecen’ de Ciudad Bolívar y Tunjuelito se convirtieron en grandes amigas.

“Mi tesis de grado es sobre el proceso de las mujeres en las huertas de Bogotá. Su experiencia durante estos seis meses como ‘Mujeres que reverdecen’ será demasiado valiosa, por lo cual hoy quiero escucharlas y conocer sus perspectivas sobre lo que es ser una mujer en estos espacios”.

En pequeñas cartulinas, las 30 ciudadanas, que estuvieron acompañadas por el grupo de ‘Mujeres que reverdecen’ del barrio Caracolí, en Ciudad Bolívar, escribieron algunos de sus pensamientos y luego los plasmaron en carteleras de papel. Mamá, fuerza, vida, amor, fortaleza, sentimientos, valiente, delicadeza, virtuosa, activa, esforzada, poder, respeto, emprendedora y privilegio, fueron algunas de las palabras que utilizaron para describir su rol como mujer.

Luego de aproximadamente dos horas de taller, donde se sintieron mucho más empoderadas al poder contar varias de sus experiencias, el olor del sancocho indicó que era la hora del almuerzo. Todas se formaron en fila india y recibieron la potente sopa en las cocas que trajeron de sus casas.

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Saray Frías, una venezolana que llegó a Bogotá en 2018, se volvió a valorarse como mujer en este programa.

El frío del día lluvioso comenzó a desaparecer con cada cucharada de sancocho. El almuerzo, donde también participaron Saulo y Aura, los huerteros de Asograng, estuvo ambientado por las charlas fraternales y dicharacheras de estas mujeres, quienes mostrarán sus emprendimientos en los próximos días en una feria local en La Candelaria.

“Aunque el programa ‘Mujeres que reverdecen’ está próximo a terminar, tengan la seguridad que podrán seguir contando conmigo para lo que necesiten. Logramos consolidar un grupo muy sólido, respetuoso y trabajador, donde demostramos que podemos dar mucho más de lo que pensamos y hacer cualquier actividad que nos pongan. El amor, lazos, aprendizajes y compañerismo seguirán para siempre”, apuntó Castro.

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El sancocho comunitario es una de las actividades que les ha permitido forjar sus lazos de amistad.

Red reverdecedora

El viaje reverdecedor de estas 30 mujeres de Ciudad Bolívar y Tunjuelito empezó el 19 de octubre de 2021, día en el que fueron citadas previamente para conocer a fondo las actividades ambientales que realizarían durante más de seis meses.

Las habitantes de Ciudad Bolívar asistieron en la mañana al salón comunal del barrio Juan José Rendón, mientras que las de Tunjuelito fueron en la tarde a la biblioteca de un colegio del barrio San Carlos.

Según Castro, designada como informadora de ‘Mujeres que reverdecen’, ambos encuentros estuvieron marcados por una mezcla de sentimientos que iban del entusiasmo al miedo, algo similar a cuando una persona va a una fiesta y no saca a bailar a nadie por pura pena.

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Estas 30 mujeres han reverdecido varias huertas del sur de Bogotá.

“En ambos recintos el silencio era abismal porque a la mayoría le daba mucha pena hablar. Las que lo hicieron, que fueron pocas, me dijeron que no tenían ni idea cuáles serían sus actividades y que jamás en la vida habían sembrado una sola mata”.

Para vencer el miedo escénico, Castro aplicó un ejercicio llamado red de apoyo. Las organizó en círculo y a través de lanas fueron construyendo una red entre todas. “Cada mujer tenía que contar sus expectativas, hobbies y experiencias cuando le llegaba la lana. Fue muy bonito porque entendieron que serían parte de una red grande y conocimos muchas historias duras”.

Poco a poco, la pena y el silencio fueron quedando en el olvido. Durante la primera semana de trabajo, la ingeniera agrónoma realizó jornadas de inducción enfocadas en identificar las habilidades de cada una de sus estudiantes y conocerlas mejor como mujeres.

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Estas mujeres y madres solteras aprendieron didácticamente sobre la biología de las plantas.

“Hicimos varios talleres de meditación, autoconocimiento y perdón, ya que hay muchas cosas que como mujeres no expresamos. Mi objetivo también era que confiaran en mí y no ser una profesora que solo da información; decidí ser parte de sus vidas y saber qué pasa con ellas”.

Antes de comenzar a reverdecer estas dos localidades del sur de Bogotá, las ciudadanas aprendieron por primera vez a utilizar herramientas como el palín, la pala o el azadón. “Hicimos mímicas sobre el manejo de estas herramientas y comenzamos a hablar de una manera más asertiva, ya que muchas eran demasiado bruscas al comunicarse”.

La profesora les hizo ejercicios educativos y minuciosos a sus alumnas. “No podía hablarles de una lechuga si no conocían primero de dónde viene. Por eso les enseñé sobre las células vegetales (eucariotas y procariotas) y las semillas, y ellas las plasmaron con plastilinas; aprendieron toda la ruta, es decir desde la célula, semilla, planta, siembra y hasta la cosecha”.

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En el taller de género, estas mujeres escribieron varias de sus experiencias en las huertas de la ciudad.

El 31 de octubre, las 30 mujeres tuvieron su primer contacto con una huerta urbana: Chihiza-Ie, ubicada en el barrio Nuevo Muzú de la localidad de Tunjuelito. “Ese día estaban haciendo un evento ancestral y avistamiento de aves en la huerta, donde había muchas personas que trabajan en agricultura urbana en el sur de la ciudad y con las que hicimos contactos”.

En los últimos seis meses, estas ciudadanas de diversas edades y casi todas madres solteras han ayudado a reverdecer seis huertas urbanas de Tunjuelito y Ciudad Bolívar, como Chihiza-Ie, El Edén, Renacer, Asograng y Años Dorados, esta última liderada por personas de la tercera edad del barrio Arborizadora Alta.

“Aunque son mujeres que viven en diferentes localidades, decidí unirlas para que conocieran los otros territorios y se fortalecieran como grupo. Sus prácticas las hacían en las mañanas o en las tardes, pero en grupos con personas de Ciudad Bolívar y Tunjuelito”.

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Además de aprender sobre diversas temáticas ambientales, estas mujeres compartieron muchas experiencias y se volvieron una familia.

El arbolado urbano también ha sido otro frente de trabajo. Este matriarcado verde trabajó en sitios de Ciudad Bolívar como los parques El Tunal y Jamaica, Ciudad Berna y Arborizadora Alta. “En este último le hicieron mantenimiento a más de 400 árboles y en el parque Jamaica a cerca de 200”.

Castro les ayudó a hacer fichas técnicas de los árboles, arbustos y hierbas con usos alimenticios, aromáticos y ornamentales que conocían en su trabajo como ‘Mujeres que reverdecen’, las cuales consignaron en un cuaderno que se convirtió en una bitácora.

“Todas las especies y sus características las anotaban en la bitácora. También escribieron las plagas que más inciden en los cultivos y los biopreparados que ayudan a controlarlas. Fue un ejercicio muy bonito porque poco a poco fueron identificando todo lo que observaban en la ciudad”.

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Estas mujeres crearon sus propias bitácoras botánicas con los árboles y plantas que iban conociendo.

Emprendedoras

Desde el primer día de ‘Mujeres que reverdecen’, Castro les dijo a sus estudiantes que debían ir pensando en crear un emprendimiento propio que involucrara algunas de las temáticas ambientales del programa, es decir huertas, arbolado o jardinería.

“Mi objetivo siempre fue volverlas empresarias porque el programa no va a durar toda la vida y no quería que luego se quedaran en sus casas de brazos cruzados o cuidando a sus hijos o nietos. Poco a poco fuimos consolidando proyectos productivos pero ambientales”.

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Soley Durán y Piedad Barrios se convirtieron en grandes amigas en el programa ‘Mujeres que reverdecen’.

Como la agricultura urbana fue la temática que más les gustó, Castro les dio línea para crear emprendimientos con las plantas medicinales, hortalizas o frutales de las huertas donde han trabajado.

“Logramos consolidar 10 emprendimientos con mis mujeres, como vinagretas, adobos, arepas con amaranto y quinua, champú sólido, jabones, tortas artesanales y jaleas naturales. Ellas los proponían y yo las encaminaba para que los lograran fusionaran con la agricultura urbana”.

El salón comunal de Altos de Jalisco, ubicado en el barrio Lucero Bajo de Ciudad Bolívar, fue la prueba de fuego para presentar los productos ambientales. Por sus propios medios, estas mujeres consiguieron el lugar e hicieron la publicidad de su primera feria de emprendimientos.

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Estas mujeres han presentado sus emprendimientos en varias ferias locales y el mercado campesino del JBB.

“Una de las muchachas es la vicepresidenta de la junta de acción comunal y nos consiguió el sitio y sonido gratis. Todas teníamos miedo porque es muy difícil llegar a la zona y no sabíamos si íbamos a vender los productos, pero no quedó nada en los stands”.

Debido a los buenos resultados, estas mujeres del sur de la ciudad fueron escogidas para participar en la novena versión de los mercados campesinos agroecológicos del Jardín Botánico, realizado el primer fin de semana de marzo.

“Fuimos con dos emprendimientos: las arepas y pasteles con amaranto y quinua y los adobos con especies condimentarias de las huertas. La acogida fue tan buena que el día sábado, antes de la una de la tarde, lograron vender toda la mercancía. Verlas tan contentas y empoderadas fue el mejor regalo”.

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Estas ‘Mujeres que reverdecen’ seguirán unidas por la amistad que lograron consolidar.

El turno será ahora para la localidad de La Candelaria, donde mostrarán los 10 emprendimientos ambientales en una feria de la biblioteca Luis Ángel Arando. “Esperamos que nos vaya muy bien porque el centro de la ciudad es una zona muy visitada y con muchos turistas”.

Para Castro, la clave del éxito de estos emprendimientos es el empoderamiento de las mujeres. “Siempre les digo que somos mujeres poderosas, fuertes y que hacemos las cosas bien. Motivarlas constantemente nos ha permitido ir más allá del programa y varias ya están promocionando sus iniciativas en las redes sociales”.

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Este matriarcado verde ha realizado más de cinco ollas comunitarias para forjar sus lazos de amistad.

La investigación ya hace parte del espíritu de este grupo femenino. No se conforman con las enseñanzas que les da su profesora y ahora se la pasan buscando libros o información por internet. “Un día me llegaron con un libro que les había mostrado. Están llenando todas sus expectativas como personas y trabajan muy bien como mujeres”.

Estas 30 mujeres consolidaron una fuerte red de apoyo. Si alguna no tiene con qué comprar lo del almuerzo, escribe en los grupos de WhatsApp que hicieron e inmediatamente llegan las manos amigas.

“Cuando alguna se enferma o no tienen con quién dejar a sus hijos o nietos, todas acudimos a su ayuda. Estoy segura que van a seguir así, porque somos una familia y un grupo horizontal donde ninguna es mejor que la otra. Más allá de ser su profesora, soy su amiga”, puntualizó Castro.

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La risa, el cariño y el respeto siempre están presentes en las actividades de estas mujeres.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá