• Luego de tomar el curso básico de agricultura urbana del Jardín Botánico de Bogotá, 28 internos de este centro penitenciario montaron una huerta agroecológica.
  • Mientras le daban forma a seis camas elevadas y sembraban hortalizas y plantas medicinales, los reclusos volvieron a sus raíces campesinas y encontraron una terapia para sanar las heridas del pasado.
  • La nombraron El Renacer, una huerta que les ayuda con su proceso de resocialización y la cual ha arrojado prósperas cosechas. 

En los 12 años que lleva como profesional del equipo de agricultura urbana del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), Carmenza Bautista ha tenido que afrontar varios retos que para la mayoría de personas serían inalcanzables.

Como ingeniera agrónoma ha liderado procesos comunitarios en el sur de la ciudad que convirtieron botaderos de basura en terrenos llenos de hortalizas. También le dio vida a huertas prósperas en suelos afectados por escombros.

En marzo de este año, un nuevo desafío llegó a la vida laboral de Carmenza: brindar un curso básico de agricultura urbana a varios internos de la cárcel La Picota, ubicada en la localidad de Rafael Uribe Uribe.

“Admito que me dio susto porque nunca había pisado una cárcel. Cuando les conté a mi esposo y dos hijas, el miedo se  incrementó. Me dijeron que un sitio como La Picota era muy pesado, en especial para una mujer”.

Aunque estuvo tentada a descartar el reto, Carmenza reflexionó. “Siempre he pensado que las cosas llegan por algo, es decir que la vida me tenía preparada una nueva experiencia para crecer como profesional y persona”.

El primer día que entró a La Picota, una cárcel que solo observaba en los articulados de TransMilenio cuando tenía que trabajar en la localidad de Usme, la ingeniera agrónoma comprendió que no sería una tarea fácil.

“Tan solo para ingresar hay que pasar por más de cinco filtros, paradas que en total duran un promedio de hasta una hora. El ambiente de una cárcel es denso, una sensación que solo inspira salir corriendo”.

Clara Inés Becerra, responsable del área de educación en las estructuras 1 y 2 de La Picota, se encargó de tranquilizarla. “Me dijo que siempre iba a estar acompañada por uno de los guardias y que los internos no me iban a hacer nada malo”.

La instructora de la Subdirección de Educación del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) le informó que sus alumnos serían 28 internos entre los 25 y 76 años, reclusos y monitores del ciclo seis de la estructura 1 del penal que estaban cursando el bachillerato.

“Clara me contó que eran de baja peligrosidad y hacían parte de un grupo de más de 80 reclusos que estaban validando el bachillerato a través de un proyecto de la Secretaría Distrital de Educación. Con el curso del JBB cumplirían las horas de servicio social”. 

Clases huerteras

Uno de los auditorios de la estructura 1 de La Picota fue escogido para realizar los cinco módulos del curso básico de agricultura urbana del JBB. En este recinto, que contaba con computador, tablero y video bean, Carmenza conoció a sus nuevos 28 alumnos.

“Desde el primer día que nos conocimos me sentí cómoda. Ninguno me faltó al respeto o alzó la voz. Me llamaban profe y todos tenían muchas ganas de aprender algo nuevo y aplicarlo en un terreno de la cárcel”.

Entre marzo y junio de este año, Carmenza se convirtió en la profesora de agricultura urbana de los reclusos y monitores. En sesiones realizadas entre las 9:30 y 11:30 de la mañana, aprendieron lo básico que se necesita para montar una huerta.

“En los cinco módulos abordamos temáticas como siembra, propagación, suelos, manejo de residuos orgánicos, cosecha, manejo integrado de la huerta, control biológico, transformación y conservación de productos”.

La profesional del JBB no sintió curiosidad por conocer las razones que llevaron a sus alumnos a estar presos en La Picota. “No quería llenarme la cabeza con historias densas y por eso preferí no indagar. No los ví como reclusos sino como personas que querían aprender a sembrar”.

Cuando Becerra le mostró el predio donde los internos aplicarían lo aprendido en el curso básico para darle vida a una huerta agroecológica, Carmenza evidenció que el trabajo sería complejo, arduo y dispendioso.

“El terreno no tenía suelo para sembrar. Todo estaba lleno de escombros y me informaron que era utilizado como un orinal. Por eso les propuse que para sembrar las plantas era necesario abrir un hueco y llenarlo con tierra abonada”.

La huerta contaría con seis camas elevadas y más de 20 guacales. El Jardín Botánico les suministró 150 bultos de sustrato o tierra abonada, tablas de madera, herramientas y más de 800 plántulas de especies hortícolas, medicinales, aromáticas y condimentarias.

“El ingreso de los insumos fue toda una odisea. Cuando llevamos la tierra abonada en una volqueta, los guardias la revolvieron y revisaron meticulosamente. Con las herramientas, como azadones y palines, pasó lo mismo”.

Huerta El Renacer

Los 28 internos y monitores de La Picota fueron los encargados de darle vida a la huerta del centro penitenciario. Carmenza los lideró para que las seis camas quedaran bien montadas y abrieran los huecos donde irían las plántulas. 

En ese trabajo huertero, varios de sus alumnos le contaron la importancia que tenía este proyecto. “Como la mayoría nació en el campo, me dijeron que se transportaron a su pasado campesino y que volver a sembrar les refrescó la vida”.

Clara Becerra, quien realizó el acompañamiento a cada uno de los talleres de formación y brindó el apoyo logístico para su ejecución, evidenció cambios en el comportamiento de algunos de los internos. 

“Uno de ellos dejó de consumir drogas a través del trabajo en la huerta. Ahora tiene la mente ocupada sembrando y trabajando la tierra. Todos tuvieron cambios muy positivos en este proyecto de agricultura urbana”.

La huerta fue nombrada El Renacer, una palabra que tiene un significado especial para los reclusos. “Este proyecto nos generó cambios en nuestro interior y nos aportó demasiado en el proceso de resocialización. Fue un renacer en medio del encierro”, dijo Luis Marroquín.

Los 28 nuevos huerteros de La Picota, la cárcel más grande de Bogotá, elaboraron un acróstico con el nombre de la huerta: Reconciliación con la naturaleza compartiendo una estrategia de resocialización.

“Yo nací en el municipio de Suesca y tuve una infancia en medio de los cultivos. Echar azadón y sembrar me permitieron volver a mis raíces campesinas, tener un nuevo pensamiento y contar con una nueva actividad”, mencionó Eduardo Romero. 

Para Reinaldo Peña, uno de los monitores, la huerta fue toda una terapia. A través de la siembra nos conectamos con la naturaleza, dejamos de estar cruzados de brazos en el patio y se convirtió en un propósito de vida”.

Al ver el cambio radical en el terreno, de una zona repleta de escombros a una huerta próspera con varias cosechas y liderada y cuidada por sus 28 alumnos, Carmenza se sintió satisfecha por el reto cumplido.

“Fue una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida laboral y personal. Este proyecto me marcó: comprendí que sí es posible trabajar con ellos en medio del respeto y el compañerismo; además, fui parte de un cambio en el interior de cada uno”.

La graduación

Por cumplir satisfactoriamente con los cinco módulos del curso básico de agricultura urbana y darle vida a la huerta agroecológica El Renacer, los 28 internos del centro penitenciario se graduaron como huerteros.

El cine foro de la estructura 1, un salón amplio donde montaron un lombricultivo, fue el lugar escogido para la ceremonia. Becerra instaló un mensaje con tonos verdes en una de las paredes que decía Jardín Botánico: Agricultura Urbana.

“Organizamos este evento para que reciban un homenaje por todo el trabajo que están realizando en nuestra huerta, además de agradecerle al JBB por el apoyo en este proyecto de agricultura urbana que seguirá creciendo”.

El salón contaba con cerca de 100 sillas plásticas distribuidas en hileras. Los nuevos huerteros se sentaron en las dos primeras filas y las demás fueron ocupadas por los reclusos que se graduaron como bachilleres a través del proyecto de la Secretaría de Educación.

La graduación contó con la presencia de Martha Liliana Perdomo, directora del Jardín Botánico; Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo; Wilson Rodríguez, coordinador de agricultura urbana; los ingenieros Sebastián Niño y Carmenza Bautista; y varias directivas de La Picota.

Orlando Orjuela, uno de los monitores educativos, inició el evento con un discurso. “Con esta huerta demostramos que La Picota es una potencia de vida. Mejoramos el medio ambiente, recuperamos un espacio y crecimos y renacimos como personas”. 

La directora del JBB, luego de agradecerles por el trabajo realizado, aseguró que la huerta El Renacer es fundamental en el proceso de resocialización de los internos. “La agricultura urbana es una terapia ocupacional que nos permite renacer y reconciliarnos con la naturaleza”.

Perdomo informó que esta actividad en Bogotá nació de los campesinos que llegaron a la ciudad buscando una mejor vida. “Más de la mitad de ustedes vienen del campo y por eso tienen una relación marcada con la tierra y la naturaleza. Esta alianza con el INPEC es un gran logro para la ciudad”.

Para Héctor Castiblanco, otro de los monitores educativos, la huerta permitió aumentar el sentimiento de conexión entre las personas privadas de la libertad con la naturaleza. “Es una resocialización productiva donde aplicamos hábitos respetuosos con el medio ambiente”.

En El Renacer, los internos fortalecieron otros conocimientos como matemáticas, al establecer las medidas de las camas de la huerta y la cantidad de tierra; y español con la creación de crucigramas y sopas de letras con los nombres de las hortalizas y plantas medicinales.

También aprendieron inglés al traducir los nombres de las especies y materiales de la huerta. En cuanto a ciencias, hicieron semilleros en los guacales, una zona de compostaje con los residuos orgánicos de la cárcel y un lombricultivo que produce abono.

“Aprendimos que sí podemos trabajar organizadamente. Cuando volvamos a la libertad, vamos a montar huertas para que nuestras familias tengan alimentos sanos”, apuntó el monitor Castiblanco.

En medio de aplausos, los 28 huerteros de La Picota recibieron sus diplomas por parte de los directivos del Jardín Botánico y el centro penitenciario. Jairo Zúñiga, el mayor del grupo, se vistió para la ocasión: saco de paño, zapatos embetunados, cabello engominado y una bufanda de lana.

“A mis 78 años de vida volví a sembrar. La huerta me permitió reencontrarme con mi época de campesino y aprendí que no es necesario aplicar nada de químicos. En El Renacer todo es saludable y fresco”.

Lina Castillo, subdirectora del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, concluyó que el mayor regalo de este proyecto es ver cómo los internos están aprovechando todos los conocimientos adquiridos durante el curso de agricultura urbana.

“Estas 28 personas privadas de la libertad le sacaron el jugo al proyecto. Además de la huerta, aprendieron a reutilizar los residuos y crearon vida. Infinitas gracias al JBB por todo el apoyo que nos dieron para cumplir este gran sueño”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá