• Una zona repleta de basura, escombros, roedores, perros ferales y moscas, ubicada a lo largo de la carrera 117, tenía desesperados a los habitantes del barrio Suba Compartir.
  • Este agobiante panorama empezó a cambiar cuando la caldense María Betsabé Rivera y varios vecinos del sector se dedicaron a limpiar el área, predio que luego transformaron en un circuito de varias huertas comunitarias.
  • Las hortalizas, frutales y plantas medicinales, aromáticas y ornamentales son las grandes protagonistas de este proyecto de agricultura urbana en el espacio público.

María Betsabé Rivera nació hace seis décadas en Marquetalia, municipio del departamento de Caldas donde predominan los cultivos de aguacate, café, plátano, cacao, maíz y caña y varios frutales.

Desde que muy niña, su padre se encargó de enseñarle a trabajar la tierra en la finca familiar, aprendizajes que la caldense atesora. “Por eso digo que por mis venas corre sangre con el olor y color del campo”.

A los cinco años, una tragedia le cambió el rumbo a la pequeña paisa. Su mamá falleció y una de sus tías se la llevó para Bogotá. Su papa no pudo hacerse cargo de ella debido a las actividades agrícolas y ganaderas del predio.

“Llegamos al barrio Modelo Norte, pero al poco tiempo mi tía compró una casa en El Remanso, en el sur de la ciudad. Fueron tiempos duros porque ella me pegaba y regañaba mucho; me aguanté hasta los 14 años, cuando me independicé”.

Encontró trabajo como mesera y cocinera en un restaurante. Según Betsabé, en esa época conoció a una señora que le propuso mudarse a su casa para que se encargara de los oficios diarios. “Pero su esposo se enamoró de mí y me fui a otra casa de familia”.

Antes de cumplir la mayoría de edad, la joven caldense regresó a la finca de Marquetalia para estar con su padre, pero no se amañó. “Los jóvenes del pueblo me asediaban mucho porque yo era muy bonita; me devolví a Bogotá con una amiga”.

Mientras trabajaba de día para sobrevivir, en las noches validaba la primaria y el bachillerato. “Hice hasta quinto de bachillerato porque me casé y tuve a mis tres primeros hijos. Pero mi esposo me maltrataba y, para colmo de males, él tenía amores con una de mis sobrinas”.

Luego de soportar 15 años de maltrato, Betsabé se separó y empezó una nueva vida con Jhon Pinzón, su primogénito. “Mis otros hijos se quedaron con el papá. Encontré trabajo fijo en una empresa y le ayudé a Jhon a pagar sus estudios como docente en la Universidad Pedagógica”.

En 1996, madre e hijo compraron un apartamento en uno de los conjuntos del barrio Suba Compartir. “Me volví a casar y así llegó a mi vida un ángel hermoso: Jesús David, mi hijo menor al que todos le decimos Chucho”.

El segundo matrimonio tampoco duró por las infidelidades de su cónyuge. “Lo saqué del apartamento y me quedé sola con Jesús David. Mi hijo mayor encontró trabajo como docente en San José de Fragua, municipio de Caquetá donde hizo su hogar y le va muy bien”.

Hace algunos años, Betsabé y Chucho viajaron a España para visitar a otro de los hijos de la caldense. “Nos enamoramos de las tierras españolas y por eso no descartamos la idea de radicarnos del todo allá”.

Hace cinco años, la aguerrida caldense se volvió a casar. Esta vez dio con un hombre trabajador y responsable que adora a Jesús David. “Actualmente vivimos los tres en el apartamento. Chucho quiere mucho a Darío y son como padre e hijo”.

El botadero

La felicidad de Betsabé se desvanecía cada vez que salía de su apartamento y recorría un predio lineal que colinda con varios conjuntos residenciales de Suba Compartir y una institución educativa.

Su sonrisa expresiva se borraba de tajo al ver las toneladas de escombros y basura que pululaban en la zona, material depositado por las constructoras y algunos vecinos. Los roedores, perros ferales y moscas remataban el panorama.

“Era un botadero a cielo abierto con un pasto kikuyo más alto que yo. Ese panorama generó mucha inseguridad y se prestó para el consumo de drogas, problemáticas terribles que nos tenían cansados a los habitantes y estudiantes del colegio”.

La paciencia de Betsabé llegó a su límite. Compró machetes, azadones, picos y palas y se metió de lleno en la limpieza del botadero que le quitaba horas de sueño y le causaba una profunda indignación.

“Hace un poco más de cuatro años me propuse acabar con el botadero. Empecé a sacar basura y escombros con la ayuda de mi hijo Jesús David, pero al vernos metidos de cabeza todos los días, algunos vecinos se fueron sumando”.

La caldense recuerda que la cantidad de bultos de basura y escombros que lograron recoger a lo largo de la franja lineal, contigua a la carrera 117 y que inicia en la calle 149, fue incalculable. “Encontramos camas, muebles, escombros, perros muertos e incluso un cadáver”.

Lo más difícil fue retirar el pasto kikuyo debido a sus raíces profundas y duras. “Luego de varios meses de arduo trabajo, las manos de todos quedaron llenas de ampollas y heridas por esa actividad”.

La transformación

La limpieza no sería suficiente para recuperar el sector. Betsy, como la llaman sus amigos, sabía que toda la zona debía quedar cubierta por miles de plantas con flores coloridas para que la gente no siguiera arrojando desperdicios.

“Empecé con los novios, plantas de jardín que tienen unas flores rojas y rosadas muy hermosas, y luego con las malvarrosas. También planté los piecitos, semillas y esquejes de varias plantas que traje de Caldas y Quindío”.

Cuando el predio lineal floreció, Betsabé les dijo a los vecinos que le ayudaron a poner fin al basurero que montaran una huerta urbana, un proyecto que les iba a permitir llevar alimentos sanos a sus casas.

“Nos dividimos la zona y cada uno empezó a montar su propia huerta. En mi terreno construí una cerca viva con uchuvas e higuerillos. No lo quise encerrar con tablas viejas o tejas porque se vería feo”.

Lo primero que sembró fueron semillas y plántulas de repollo, frijol, maíz, papa, cebolla y cubios, cultivos que permanecían ocultos de las miradas de los transeúntes al estar protegidos por la cerca viva y las plantas de jardín.

“Varios vecinos montaron sus propias huertas urbanas. La mía fue un trabajo conjunto con mi hijo Chucho, quien me ayudó a sembrar las uchuvas. Por eso, la nuestra se llama la huerta de Betsy y David”.

Durante los meses más críticos de la pandemia del coronavirus, otros habitantes quisieron subirse en el bus de la agricultura urbana. “Querían tener comida sana para llevar a las casas; en esa época, muchas personas no tenían qué comer”.

El proyecto comunitario de agricultura urbana fue llamado La Huertería, aunque cada persona bautizó su propia huerta. “Aunque somos una gran huerta comunitaria, cada huertero tiene procesos independientes”.

La juventud quiso ser parte de esta iniciativa huertera de la localidad de Suba. Betsabé recuerda a varios jóvenes que no habitaban en Suba Compartir y quienes se enteraron del trabajo que hacían los huerteros mayores.

“Querían montar su huerta y les dimos el visto bueno con algunas condiciones: como cero conflictos y traer sus propias herramientas. Luego se unieron estudiantes de las universidades Nacional y la Uniminuto para hacer sus prácticas de agronomía.

Según la caldense, más de 20 personas han participado en las huertas de este sector del espacio público. “Los más antiguos, que tenemos huertas consolidadas, somos Luis, Aracely y yo. Maritza Sierra es la más nueva y ha sacado adelante a su terruño”.

El permiso

Por estar ubicado en una zona del espacio público, este proyecto comunitario debía cumplir con un protocolo del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), entidad que lidera la agricultura urbana en la ciudad, y tener el visto bueno del Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) por ser el administrador del lugar.

“Yo siempre he tenido buena relación con los funcionarios del IDU y en la zona hemos recibido asesoría del Jardín Botánico, entidad que nos dio plántulas, tierra abonada, herramientas y biopreparados para combatir las plagas”.

En 2021, el Jardín Botánico realizó varias jornadas de trabajo con los agricultores urbanos que tienen sus huertas en el espacio público para que conocieran todos los detalles del protocolo de agricultura urbana y periurbana en estos sitios de la capital.

“En la reunión de Suba contamos la historia de este proceso, donde participan personas con niños con discapacidad, como mi hijo Jesús David. Conocimos a un funcionario de la Alcaldía de Suba que se comprometió a ayudarnos con los trámites del protocolo”.

El funcionario se encargó de recopilar toda la información y documentación requerida y se la envió al Jardín Botánico, entidad que luego visitó la huerta para revisar los criterios ambientales y sociales.

Luego de varios meses de espera, Betsabé recibió una buena noticia: el IDU había dado luz verde para que la comunidad continuara con las actividades agroecológicas en este predio lineal del espacio público.

“En seguida les comuniqué la buena nueva a todos los que participamos en la huerta. Quedamos muy felices porque íbamos a seguir con este proyecto que logró recuperar una zona invadida por escombros y que ahora es un espacio verde lleno de flores y hortalizas”.

La independencia

Según Betsabé, luego de obtener el visto bueno por parte del IDU para seguir con la actividad agroecológica en la zona, se empezaron a presentar problemas internos con algunos participantes de las huertas, en especial con los jóvenes de un colectivo.

“No les gustó que yo quedara como representante del proceso comunitario, uno de los requisitos del protocolo, y por eso se generaron conflictos. Ellos querían liderar todo y yo me opuse porque soy la persona que inició el trabajo”.

Este permiso para continuar con la actividad de agricultura urbana debe ser renovado cada dos años. Cuando cumplieron el tiempo y debido a los conflictos internos, los participantes tomaron medidas.

“Fue imposible conciliar con los demás participantes y por eso decidimos que cada huerta debía ser un proceso independiente. Estamos en el proceso de los trámites y el papeleo, pero todos continuamos sacando adelante nuestros terruños agroecológicos”.

Su hijo Jesús David, que ya tiene más de 20 años, sigue siendo su compañero fiel en la huerta. Siempre lleva su pequeño balde plástico para recoger las uchuvas, su fruta favorita, y observa con admiración a su madre por todo su trabajo ambiental y social.

“Mi objetivo siempre fue recuperar la zona y ayudar al planeta sembrando muchas plantas con flores, algo fundamental porque en la zona hemos evidenciado tres panales de abejas, los grandes polinizadores”.

La huerta de Betsy y David está llena de flores de todos los tamaños y formas y productos como lulo, yacón, curuba, ají, acelga, uchuva, tomate de árbol, granadilla, kale, repollo, lechuga morada, cubio, cebolla, pepino de guiso, frijol, romero, calabaza y arracacha.

“La cosecha es para el consumo de la casa, pero a veces le vendo hortalizas o plantas aromáticas a algunos vecinos del barrio. En la huerta casi siempre estoy con Chucho, quien me ayuda a cortar el pasto, deshierbar y recolectar las uchuvas”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá