• El Jardín Botánico José Celestino Mutis ayudó a revivir la huerta de la Unidad de Protección Integral de Santa Lucía, en la localidad de Rafael Uribe Uribe.
  • 25 jóvenes que estudian su bachillerato en este sitio del IDIPRON, recibieron el curso básico de agricultura urbana y se convirtieron en huerteros.
  • El contacto con la tierra, la siembra de plántulas y semillas, el riego y la cosecha, les sirven como terapia. Estas actividades también les permiten sanan las heridas del pasado.

Emily Geraldine Bueno Cortés, una joven de 23 años que vive en las montañas de San Cristóbal, cree en el poder sanador de las plantas. “Ellas nos curan el cuerpo y el alma. Con solo verlas, olerlas y tocarlas, uno viaja a un mundo mágico”.

Uno de sus sueños es vestir de verde el pequeño apartamento donde vive con su mamá y su hija de cuatro años, pero los tesoros botánicos que ha llevado no se desarrollan adecuadamente o mueren al poco tiempo.

“No es que tenga mala mano”, asegura esta adolescente con cabello largo y negro y que tiene un piercing en su labio inferior. “Las plantas no sobreviven por mis perros y gatos, quienes las destrozan, y porque a mi hija le encanta arrancarlas”.

Cada vez que pasa por un jardín, esta madre soltera que siempre usa un collar plateado con el dije de un ángel, piensa en ese sueño verde que no ha podido cumplir. “Me encantaría vivir en el campo o en una casa grande para poder sembrar muchas matas”.

Este año, Emily ingresó a la Unidad de Protección Integral, modalidad externado, de Santa Lucía, un sitio del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (IDIPRON) ubicado en este barrio de la localidad de Rafael Uribe Uribe.

Lo hizo para terminar su bachillerato y así encontrar un mejor trabajo que le permita sacar adelante a su retoño. “Estoy estudiando octavo y noveno. En este edificio de cuatro pisos también brindan talleres de deporte, cine, matemáticas y manualidades”.

En esta unidad, que abrió sus puertas en 1996 y hace poco se convirtió en una institución de educación formal del Distrito, más de 150 jóvenes en situación de riesgo o condiciones de fragilidad social estudian desde quinto de primaria hasta noveno de bachillerato.

De lunes a sábado, entre las ocho de la mañana y tres de la tarde, reciben clases de español, matemáticas, inglés, educación física, biología, sociales y artes, además de otros talleres externos. También les dan desayuno, almuerzo y dos meriendas.

En junio, Brenda López Ortiz, encargada del área de biología del proyecto curricular de cultura ambiental, evidenció que Emily tenía un gran interés por los temas botánicos y por eso le propuso participar en un nuevo proyecto.

“La profe me dijo que quería volver a darle vida a la huerta, ubicada en la terraza, y que estaba totalmente abandonada desde hace muchos años. Enseguida pensé en mi sueño de sembrar muchas plantas y por eso acepté encantada ayudarla con ese reto”.

¡A revivir la huerta!

Según Brenda, la huerta de la Unidad de Protección Integral de Santa Lucía, ubicada en un área de 45 metros cuadrados de la terraza, ya no existía. Solo había 40 materas amontonadas y cuatro bultos con tierra cubiertos por una maleza selvática.

“Este año, el área de pedagogía nos pidió que, desde cada proyecto curricular, se hiciera un centro de interés para los jóvenes. Con los demás docentes de biología acordamos que el nuestro sería revivir la huerta”.

La docente empezó a tocar puertas internas para conseguir el material que le permitiera resucitar la huerta, como nueva tierra, plántulas y semillas. Su búsqueda no llegó a buen término, es decir que debía trabajar con lo que había.

“En la transformación debían participar los jóvenes de la unidad. Seleccioné a los 25 con más interés en las plantas y que además se caracterizan por su compromiso; uno de ellos fue Emily, quien no dudó en aceptar participar en el nuevo proyecto”.

Durante cerca de un mes, Brenda y su equipo de jóvenes del IDIPRON limpiaron las materas y las organizaron en hileras en una zona de la terraza. También retiraron la maleza de la tierra que estaba en los bultos y utilizaron material de un antiguo jardín desprovisto de plantas.

Sin embargo, evidenciaron que la tierra estaba árida. Ante esto, la profesora compró bolsas de abono y junto a los muchachos esparcieron cáscaras de huevo y cascarilla de arroz. Durante este proceso, pusieron a germinar unas semillas en cubetas.

“Aunque tengo muchas plantas en mi casa, ninguna es comestible. Esta es la primera vez que monto una huerta y por eso todo el proceso ha sido un experimento de prueba y error; empezamos desde cero”.

Las señoras de la cocina de la unidad, conocidas como ‘Tías’, les dieron cáscaras de frutas y verduras para hacer el compostaje, un material que luego mezclaron con la tierra de todas las materas.

“Fue un proceso muy pesado. Cada vez que íbamos a la futura huerta, los 25 muchachos y yo salíamos sucios e insolados; ninguno se quejó y todos estábamos con la esperanza de ver crecer las plantas”.

Los frutos de las largas horas de trabajo y sudor, no aparecieron. Las plantas que germinaron en los semilleros no se desarrollaron en el nuevo suelo que nutrieron con el compostaje; la tristeza invadió a todo el grupo.

“Me dio una tristeza enorme al ver que las plantas de tomate, ajo y pimentón no crecían y morían rápido. Lo intentamos muchas veces y el resultado era el mismo; concluimos que la tierra estaba muerta”, asegura Emily.

Ayuda de un ícono

Brenda y los 25 jóvenes del IDIPRON no tenían la intención de abandonar el proyecto. Siguieron nutriendo la tierra, sembrando semillas y fortaleciendo el proceso de compostaje con los residuos orgánicos de la cocina.

Ruby Quitián, coordinadora de convivencia de la unidad, recordó que tenía una conocida en el Jardín Botánico de Bogotá (JBB), entidad que lidera desde hace más de 20 años el proyecto de agricultura urbana y periurbana de la ciudad.

“La coordinadora habló con Johana Neira, profesional que había trabajado como gestora social en la entidad, y ella le dio el contacto de Faber Torres, técnico de campo del JBB en varias localidades del sur de la capital”. 

Faber conversó largo y tendido con Brenda y hablaron de todas las vicisitudes presentadas durante el proyecto. El técnico del Jardín Botánico le propuso realizar una visita para revisar la huerta; no lo haría solo: iría con su coequipera.

“Yo siempre trabajo en llave con Carmenza Bautista. Ambos llevamos muchos años en el JBB y actualmente tenemos la meta de fortalecer las huertas de las localidades de Rafael Uribe Uribe y Usme”.

En agosto, cuando conoció el proyecto huertero de los muchachos del IDIPRON, Carmenza, que ha sacado adelante huertas con sentido social, como la que montó hace dos años en la cárcel La Picota con varios reclusos, se le alborotó más el interés.

“Para mí, la agricultura urbana es una actividad sanadora que impacta positivamente al ser humano. El mejor pago que puedo recibir es ver cómo puedo transformar en algo la vida de una persona a través de mis conocimientos y las herramientas que me da el JBB”.

La ingeniera agrónoma recorrió la huerta de la terraza del edificio, un sitio desde donde se aprecia una amplia panorámica de los cerros orientales. Quedó maravillada con el trabajo hecho por Brenda y los 25 jóvenes del IDIPRON en las más de 40 materas o contenedores.

“Aunque evidencié de inmediato que la tierra estaba desnutrida y árida y se podían presentar problemas por el fuerte viento de la zona, me encantó el espacio y las materas en fibra de vidrio. Esta huerta tenía un potencial enorme”.

Brenda no cabía de la dicha cuando le escuchó decir a Carmenza que el JBB les iba a dar varios insumos y asesoría técnica para revivir la huerta. “Nos iban a dar nueva tierra, ya que la nuestra no servía, además de muchas plántulas y consejos para mejorar el compostaje”.

Nuevos huerteros

Carmenza no quería llevar solo los insumos y brindarles una charla corta para transformar el espacio en un terruño agroecológico. Su objetivo era formar a los 25 jóvenes del IDIPRON y que así se convirtieran en nuevos huerteros.

Le propuso a Brenda realizar el curso básico de agricultura urbana y periurbana con los muchachos, cinco módulos donde iban a aprender temáticas relacionadas con la siembra, tipos de contenedores, semilleros y cosecha.

“Acordamos que el renacer de la huerta sería paralelo al curso. Es decir que luego de recibir la teoría, los muchachos harían sus prácticas en la terraza con los materiales e insumos que les íbamos a dar”.

El curso, dictado por Carmenza y Faber, fue realizado en tres sesiones durante septiembre y octubre. En las clases, los jóvenes aprendieron sobre el diseño de las huertas, las variedades que se deben sembrar, los contenedores para cada especie, la rotación de cultivos y las barreras alelopáticas.

“También conocieron la propagación sexual y asexual, semilleros, elaboración de abonos orgánicos, manejo preventivo agroecológico, combinación de especies, rotación, asociación de cultivos y la cosecha total o parcial”, precisó Carmenza.

Cada vez que terminaban una de las clases, los 25 jóvenes subían a la huerta para aplicar los nuevos conocimientos y empezar a transformarla. “Lo primero fue mejorar la tierra a través del fortalecimiento del compostaje y el uso de la que trajimos, que tiene cascarilla de arroz”.

Cuando todas las materas quedaron llenas con la nueva tierra, el paso a seguir fue sembrar las semillas y plántulas de especies como tomate cherry, lechuga, romero, mizuna, repollo, acelga, rábano, caléndula, arveja, orégano, haba, cilantro, acetaminofén, perejil, menta y pepino.

Para los profesionales del JBB, este curso de agricultura urbana representó todo un reto durante las clases teóricas. A los jóvenes del IDIPRON les costaba mucho permanecer atentos y en silencio y por eso a Faber le tocaba elevar la voz parar poner fin a la indisciplina.

“Todo lo contrario ocurrió durante las horas prácticas en la huerta. Los muchachos estuvieron motivados y contentos y demostraron tener un gran interés en la agricultura urbana. Algunos incluso ya sabían sembrar; todos se gozaron las clases al aire libre”, apuntó Carmenza.

Los insumos y capacitaciones del Jardín Botánico dieron sus frutos en la huerta. Las más de 40 materas reverdecieron con las miles de semillas que se convirtieron en plantas y las plántulas que empezaron a crecer adecuadamente.

“Ver la huerta cubierta de verde y con una gran variedad de hortalizas y plantas medicinales, nos puso a llorar de la emoción. Por fin cumplimos nuestro objetivo de revivir este terreno y todo se lo debemos al trabajo que hicieron Carmenza y Faber con los muchachos”, expresó Brenda.

Terruño sanador y terapéutico

La renovada huerta de la Unidad de Protección Integral de Santa Lucía, un proyecto que aún no tiene un nombre oficial, recibe a diario el cariño, cuidado y atención de Brenda y la mayoría de los 25 jóvenes del IDIPRON que participaron desde el inicio.

Todos los días, durante una hora, realizan actividades como riego, deshierbe, siembra, cosecha y retiro de semillas. También llevan baldes llenos de los residuos orgánicos de la cocina que les dan las ‘Tías’ para la zona de compostaje.

Según la docente de biología, ya han logrado cosechar varios rábanos, lechugas, acelgas y cilantro. “La felicidad de todos es extrema cada vez que cosechamos. Es el resultado de un largo trabajo que por fin nos dio resultados y eso tiene bastante motivados a los muchachos”.

Los regalos que ha dado la huerta pasaron a las manos de las ‘Tías’, quienes los incluyeron en los almuerzos. “Comer lo que uno ha sembrado con tanto amor, no tiene precio. Los jóvenes están ansiosos que llegue la cosecha de tomate cherry y arveja”.

Para Brenda, la siembra y la cosecha son tan solo una pequeña parte de los resultados de esta huerta escolar. “Creo que lo más importante es el impacto que ha causado en los muchachos. La huerta se ha convertido en un sitio terapéutico y de sanación”.

Darwin, por ejemplo, deja atrás sus problemas de depresión cuando está entre los cultivos de la huerta. “Es un joven que tiene muchos problemas de depresión. Cuando riega o ayuda con el mantenimiento, cambia de semblante y se conecta con las plantas; les habla mucho”.

Cuatro jóvenes son los más activos en la huerta. Uno de ellos es Emily, la madre cabeza de familia que cumplió su sueño verde de sembrar muchas plantas y darles todo el cuidado y cariño que necesitan. 

“Todo lo que aprendí en los talleres del Jardín Botánico lo apliqué en la huerta. Cuando sembré las semillas y las plántulas, sentí una energía muy bonita y me conecté de inmediato con la tierra; mi mente voló a otra dimensión y mi cuerpo se llenó de tranquilidad”.

Cada vez que entra a la huerta, la cual permanece con llave, Emily deja atrás los problemas, el mal genio o los pensamientos negativos. “Las plantas sienten la mala vibra y eso las afecta mucho: ellas solo necesitan de amor y mucho cuidado”.

La joven asegura que este proyecto ocupa un lugar muy especial en su corazón. “Cuando todo empezó a crecer, me sentí muy orgullosa; por primera vez, vi que algo mío estaba surgiendo. Sembrar vida es el mejor regalo”.

Cuando probó los rábanos de la cosecha, Emily no lo podía creer. “Fue algo que yo sembré y ahora estaba en el plato; eso es como mágico. Además, jamás había probado el rábano y me pareció delicioso”.

Danna Claros, una joven de 16 años, es otra enamorada de las plantas. En su casa, ubicada en el barrio Santa Lucía donde vive con su abuela, tiene una densa selva con varios tesoros comestibles y un lombricultivo.

“Apliqué todo lo que me ha enseñado mi abuela en la huerta de la unidad. Revivirla fue uno de los trabajos más duros que he hecho porque todo estaba sin vida. Cuando vi crecer el tomate y la arveja, brinqué de alegría; no sabía que se extendían tanto”.

Desde que la huerta reverdeció, Danna la visita todos los días. “La regamos a diario, así llueva. Debemos estar muy pendientes de las plantas, son seres vivos que necesitan de cuidado y amor; acá se me olvidan los problemas y sano las heridas del pasado”.

Luisa Fernanda Peña, también de 16 años y quien vive en Juan Pablo, un barrio ubicado en una zona montañosa de Ciudad Bolívar, lleva dos años estudiando su bachillerato en esta unidad del IDIPRON.

“Aunque acá nos brindan muchos talleres y cursos, ninguno es tan bacano como la huerta porque la hicimos desde cero. Cuando sembré por primera vez, una paz y una tranquilidad se adueñaron de mi cuerpo y mente, algo que jamás había sentido”.

El contacto con la tierra, una actividad que a algunos de sus compañeros les daba asco al comienzo, le ha servido mucho para sanar. “Estoy ayudando a generar vida y por eso les doy mucho cariño a las plantas; soy como la mamá de ellas”.

Dylan David Claros, de 17 años, no dudó en participar en el revivir de la huerta. Este joven que vive con su mamá y hermanas en Ciudad Bolívar, en un barrio que limita con Soacha, sintió una gran curiosidad por aprender sobre el mundo de las plantas.

“Nunca había sembrado y por eso puse mucha atención a los cursos que nos dio el JBB. Me propuse aprender de todo y así ayudar a la profe a darle vida a ese sitio que estaba lleno de desorden y maleza”.

Al introducir su primera plántula en la tierra, Dylan sintió una sensación de paz y agradecimiento. “Coger la tierra da mucha alegría. Ver crecer las plantas me genera una emoción indescriptible porque significa que nuestro proyecto por fin es exitoso”.

Proyecciones

Revivir la huerta es tan solo el inicio de este proyecto agroecológico. Entre los objetivos a corto plazo está que los jóvenes que participan puedan comercializar las cosechas y así tener ingresos económicos extras.

“También quiero que los jóvenes lleven plántulas a sus casas para que monten sus propias huertas y que a largo plazo puedan crear sus propios emprendimientos de agricultura urbana. Dana es una de las motivadas”, expresó Brenda.

La docente de biología sueña en grande. Por ejemplo, quiere ampliar el tamaño de la huerta escolar y cuenta con el escenario para hacerlo: la terraza del edificio de la Unidad de Protección Integral supera los 200 metros cuadrados.

“Tenemos la voluntad, el conocimiento y las ganas para lograrlo. Lo que nos hace falta son recursos, es decir dinero para comprar más materas, plántulas, tierra y semillas y así convertir la terraza en una megahuerta”.

Carmenza y Faber le informaron a Brenda que si llega a conseguir más contenedores, el Jardín Botánico les puede ayudar con el material vegetal y parte de la tierra abonada, además de nuevos cursos para que más jóvenes se suban al bus de la agricultura urbana.

“Además, nuestro equipo de agricultura urbana tiene otras líneas que pueden fortalecer el proceso, como gastrobotánica y transformados. Podemos organizar talleres para que los muchachos tengan las herramientas que les permitan crear emprendimientos agroecológicos”.

Ver la huerta totalmente reverdecida y escuchar las palabras de orgullo de sus estudiantes, jóvenes que tienen problemas familiares, de drogadicción o un alto riesgo en habilidad de calle, le llena el corazón a Brenda. 

“Es muy gratificante saber que con la huerta están cambiando un poco estas problemáticas. Es un proyecto del que me enamoré desde el comienzo y me conmueve mucho ver a los chicos tan entusiasmados con las actividades y escuchar sus historias de sanación”.

La líder de la huerta se queda corta en agradecimientos a Ruby Quitián, la coordinadora de convivencia de la unidad que le puso en su camino al Jardín Botánico y quien además se rebuscó material para fortalecer el terruño agroecológico.

“Nada de esto habría sido posible sin su ayuda. Además, nuestro proyecto cuenta con el trabajo de Laura Padilla, practicante de biología de la Universidad Pedagógica que ha estado desde los inicios y lidera actividades con los muchachos”.

Según Laura, la huerta es un aula viva y un sitio de encuentro donde los jóvenes hablan de sus proyectos de vida. “Se presta mucho para realmente ejercer ese autocuidado que tanto necesitan. Estamos trabajando en la apropiación del territorio”.

Los profesionales del JBB coinciden con las biólogas. “La agricultura urbana va mucho más allá de sembrar y cosechar. Una huerta es una terapia viva que permite sanar y ver eso en los muchachos del IDIPRON, es el mejor regalo que podemos recibir por nuestro trabajo”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá