• A través de una alianza entre el centro comercial Gran Estación y el Jardín Botánico, 10 ‘Mujeres que reverdecen’ cumplieron el sueño de convertirse en empresarias verdes.
  • La Cooperativa Zona Verde Bog, su nuevo emprendimiento femenino, ofrecerá servicios para el cuidado de las coberturas vegetales de la ciudad, como las huertas urbanas y jardines.
  • Conozca la historia de estas ciudadanas luchadoras, valientes y emprendedoras que florecieron durante este programa pionero de la Alcaldía de Bogotá.

El 5 agosto del año pasado, el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y el centro comercial Gran Estación revelaron una noticia que les cambiaría la vida a 10 mujeres: una alianza estratégica que le apunta al reverdecer de la capital.

“Nos aliamos con Gran Estación para generar estrategias de embellecimiento de sus zonas verdes con la participación de las ‘Mujeres que reverdecen’, un programa de la Alcaldía de Bogotá que benefició a más de 5.000 ciudadanas”, informó Martha Liliana Perdomo, directora del JBB.

Uno de los objetivos de esta alianza era darle vida a una cooperativa femenina de jardineras y huerteras conformada por varias de las mujeres que estuvieron vinculadas voluntariamente al Jardín Botánico.

Los expertos de la entidad seleccionaron 10 mujeres, quienes fueron muy disciplinadas y comprometidas durante el programa y soñaban con ser empresarias: Claudia Alexandra Arévalo, Aleida Ospina, Carolina Parra, Martha Judith Fandiño, Jenny Morales, Merlys Patricia Trujillo, Mariela Medina, Luz Adriana Arias, Omaira Ojeda y Georgina Osorio.

Durante varios meses, estas ciudadanas fueron capacitadas en las instalaciones de Gran Estación, donde aprendieron sobre cooperativismo y recibieron una asesoría jurídica por parte de un abogado.

“También aprendieron sobre la manera de proyectar una propuesta financiera y técnica, proyección de costos y elaboración de cotizaciones”, dijo Yenny Rosas, profesional del equipo social de la Subdirección Técnica Operativa del JBB encargada de liderar la puesta en marcha de la cooperativa.

Las futuras empresarias también fortalecieron los conocimientos técnicos sobre jardinería, arbolado y agricultura urbana que aprendieron durante el programa ‘Mujeres que reverdecen’ con el Jardín Botánico.

“Aunque ya tenían muchos conocimientos sobre el manejo de las coberturas vegetales y los habían aplicado con éxito en varios sitios de la ciudad, era necesario ampliarlos para la cooperativa. Varios de nuestros profesionales fueron sus maestros”, apuntó Rosas.

Mientras nutrían sus mentes con nuevos conocimientos sobre cooperativismo y coberturas vegetales, las 10 mujeres se enfrentaron a una gran tarea: darle un nombre atractivo a la futura cooperativa.

“Todas propusieron varios nombres, los cuales les presentaron a los expertos de Gran Estación y el JBB. Luego de revisar que no estuviera registrado en ninguna parte, llegaron a un acuerdo: Cooperativa Zona Verde Bog”, informó la profesional del Jardín Botánico.

Según Rosas, el nombre de la cooperativa plasma el alma y corazón del trabajo que realizarán estas mujeres. “Harán actividades como el montaje de huertas urbanas y jardines, es decir zonas verdes. Ellas también se encargaron de diseñar el logo de la cooperativa y los uniformes”.

Como el objetivo de la cooperativa es que las empresas privadas contraten sus servicios ambientales, las directivas de Gran Estación se encargaron de liderar todo el proceso jurídico, como el trámite ante la Cámara de Comercio.

“Luego de varios meses de arduo trabajo, Zona Verde Bog quedó constituida formalmente. La primera empresa que contratará a estas mujeres luchadoras será Gran Estación, pero el ideal es que luego trabajen para otros centros comerciales y empresas privadas”, manifestó Rosas.

Los 10 pilares femeninos de la cooperativa no caben de la felicidad por su prometedor futuro como jardineras y huerteras. En #BogotáEsMiHuerta les contamos sus historias de vida.

La publicista verde

Aunque nació en Bogotá, por sus venas corre sangre campesina. Sus padres son boyacenses de pura cepa que, desde niños, aprendieron el arte de labrar la tierra y un enorme respeto por los recursos naturales.

Claudia Alexandra Arévalo recuerda que, en su infancia, la mejor época eran las vacaciones o los fines de semana con día festivo, ya que con sus cuatro hermanos y padres viajaba a la finca de sus familiares en Garagoa y Guateque.

“Esos paseos eran maravillosos. Hacíamos caminatas por las montañas, nos trepábamos en los árboles para bajar las manzanas y guayabas, nadábamos en los ríos de aguas cristalinas y ayudábamos a sembrar yuca y caña”.

Cuando terminó el bachillerato, los papás de Claudia vendieron uno de los lotes para que pudiera continuar con sus estudios. “Gracias a ellos pude hacer un tecnólogo en publicidad y comercialización en la Universidad Central”.

Una empresa mexicana de publicidad le dio la primera oportunidad laboral. “Luego de algunos años me quedé sin trabajo porque la empresa se fue del país debido a un secuestro. Al poco tiempo quedé embarazada y duré mucho tiempo desempleada”.

La suerte volvió a sonreírle en otras empresas, donde pudo aplicar sus conocimientos en publicidad. “En una estuve como 10 años, hasta que cambiaron los perfiles y decidieron que no necesitaban una publicista”.

El mercado laboral se tornó complicado y Claudia se vio obligada a buscar trabajos como bachiller. “Cuando llegó la pandemia todo se vino abajo. En esos dos años solo conseguí un trabajo por cinco meses como guía ambiental en San Cristóbal, localidad en la que vivo”.

Un día, su celular recibió una llamada del Jardín Botánico. “Un profesional me contó sobre el programa de ‘Mujeres que Reverdecen’, pero admito que al comienzo no me interesó. Cuando me dijeron que nos iban a pagar por aprender y reverdecer, me entusiasmé”.

En San Cristóbal, Claudia empezó a recibir clases de agricultura urbana, arbolado y jardinería. “Todos esos conocimientos me generaron un enorme amor por las plantas, la tierra y los árboles; la ayuda económica quedó en un segundo plano”.

La publicidad dormitaba dentro de su ser porque pensaba que no iba a tener una nueva oportunidad para aplicar sus conocimientos universitarios. “Pero cuando nos dijeron que nos tocaba crear un emprendimiento, supe que lo podría hacer”.

Claudia y varias de sus compañeras le dieron vida a un emprendimiento de dulces con cubios. “Yo me encargué de hacer el logo del emprendimiento y diseñar las tapas y empaques de los dulces, los cuales vendimos en varias ferias y mercados campesinos”.

En la cooperativa creada por el JBB y Gran Estación, esta bogotana y madre de dos hijas también ha tenido la oportunidad de aplicar su talento como publicista. “Me encargué de crear el logo, una flor hermosa con hojas de plantas, y ayudar a darle forma al nombre de la cooperativa, algo que me llenó de orgullo”.

La publicista se encargó del diseño de los uniformes que utilizarán las 10 mujeres de la cooperativa. “Estoy inmensamente agradecida con el JBB y Gran Estación porque volví a ejercer la publicidad y ahora la fusiono con los conocimientos sobre coberturas vegetales”.

Claudia ya está pensando en cómo va a ayudar a otras mujeres para que sean parte de la cooperativa, pero sin afanes. “Primero tenemos que estar fortalecidas nosotras 10. Esta cooperativa es un proyecto piloto que, si sale bien, va a beneficiar a muchas mujeres; necesitamos buenos cimientos para lograr ese nuevo sueño”.

Una madre guerrera

Georgina Osorio tuvo una infancia intermedia entre lo rural y urbano. Se crio entre las casas de sus abuelos paternos y maternos en los municipios de Anolaima y Quipile, la primera ubicada en el casco urbano y la segunda en una finca llena de verde.

“En la finca había trapiche, ganado y huertas con cultivos de plátano, café, maíz, frijol, arveja tomate y yuca. En Anolaima, por su parte, mis abuelos tenían carpintería, peluquería y vendían arepas de maíz, guarapo y chicha”.

Esa crianza le generó un gran amor por el campo, la naturaleza, la tierra y las plantas. “No me dejaban sembrar ni cosechar, pero aprendí muchas cosas observando y analizando el gran trabajo de los campesinos”.

A los 14 años abandonó los dos pueblos y se radicó en Bogotá, donde vivían unos familiares. “Inmediatamente me puse a trabajar en lo que saliera y solo hice hasta la mitad del bachillerato. Me tocó defenderme sola como pudiera para sobrevivir”.

Georgina trabajó como empleada doméstica y cuidando niños. En sus ratos libres se inscribía en todos los cursos que encontraba, ya que su gran pasión siempre ha sido el estudio. “Soy una persona muy curiosa y siempre he tenido sed por aprender”.

A mediados de la década de los 80, la joven se organizó con un conocido y al poco tiempo llegaron dos hijos. “Vivíamos en la casa de mi suegra con toda la familia de mi pareja; por eso me sentía asfixiada”.

Con mucho esfuerzo lograron pagar un lote en el barrio El Muelle, en la localidad de Engativá. “Como estaba tan aburrida en la casa de mi suegra, decidí irme con mis dos hijos para el nuevo hogar cuando aún estaba en obra negra; no había baño, cocina ni servicios”.

El sentimiento de libertad la llenó de fuerzas para levantar su propia casa. Aprendió a martillar, cortar madera y preparar cemento. “Lo hice con todo el amor del mundo y por eso adoro mi casa. En ese proceso ponía a mis hijos a jugar con los materiales de la construcción”.

Mientras sus hijos crecían, Georgina continuó trabajando y llenando su mente con los nuevos conocimientos de diversos cursos. Pero cuando llegó la pandemia, su alma luchadora por primera vez se sintió derrotada.

“Duré encerrada tres meses y casi me vuelvo loca. La principal razón era la presencia del papá de mis hijos, con quien ya no tengo una buena relación y ni siquiera nos hablamos. En esos días de encierro fui víctima de violencia intrafamiliar por parte de él”.

Funcionarios de la Alcaldía la visitaron para ver si tenía necesidades durante la pandemia. “Aunque nos dio duro, gracias a Dios no pasamos hambre. Mis hijos ya están grandes y trabajan, por lo cual me ayudan con los gastos”.

En esas visitas, los trabajadores del Distrito le preguntaron sobre toda su vida y ella les contó del caso de violencia intrafamiliar y que era madre cabeza de familia. “Por eso me ofrecieron muchos cursos en el SENA, pero el palo no estaba para cucharas”.

Luego la volvieron a llamar para proponerse ser parte de ‘Mujeres que Reverdecen’, un programa que no la convenció al comienzo. “Pensé que era un curso más, pero acepté la invitación. El JBB me llamó para informarme que había sido seleccionada”.

El 19 de octubre de 2022 casi no llega a firmar el compromiso porque estaba enferma. “Tenía fiebre y además llovía a cántaros. Mi hijo me convenció, fui y desde ese día me enamoré del proyecto porque iba reverdecer Bogotá trabajando en huertas, jardines y arbolado”.

El Jardín Botánico se convirtió en su segundo hogar. “Me la paso metida allá y yo creo que por eso me propusieron ser parte de la cooperativa, además de mis conocimientos y mi personalidad luchadora”.

Georgina define el proceso para constituir la cooperativa como un trabajo difícil pero satisfactorio. “Todo fue novedoso y estoy feliz porque enriquecí el conocimiento. La alianza entre Gran Estación y el JBB es una maravilla y solo estamos esperando a que nos contraten para seguir reverdeciendo la ciudad”.

Huertera rebelde

Como ha vivido en muchos barrios del sur de Bogotá, Carolina Parra se define como una nómada. “Eso me ha permitido conocer mucha gente y las problemáticas sociales de los territorios; por eso digo que mi pasión por el trabajo comunitario nació en mi niñez”.

Recuerda que fue una niña rebelde, curiosa y tremenda. Se la pasaba jugando con sus hermanos y amigos por todos los recovecos de los barrios y no le tenía miedo a meterse en peleas. “Me encantaba ingresar en las tuberías grandes del agua para hacer pilatunas”.

Cuando sus padres la llevaban de vacaciones a los Llanos Orientales, Carolina tuvo su despertar de amor por la naturaleza. Conoció muchos ríos y extensas sabanas llaneras y se volvió experta en montar a caballo y alimentar los marranos.

Luego de terminar el bachillerato, la joven se organizó con el futuro padre de sus dos hijos. “La rebeldía quedó en pausa porque me convertí en madre y ama de casa. Seguí como nómada por varios barrios hasta que eché raíces en Las Brisas, en la localidad de San Cristóbal”.

Andrey Steven y Laura Sofía, sus dos hijos, son sus grandes amores. “Durante muchos años no trabajé porque quería estar muy pendiente de su crianza. Lo que sí hice fue inscribirme en todos los cursos gratuitos que encontraba”.

Carolina hizo cursos de recetas, pinturas y manualidades mientras dejaba a sus hijos en talleres de teatro, títeres y lectura. “Les he inculcado mucho el amor por la naturaleza, ayudar a las personas más necesitadas y mi pasión por el rock, una música que me encanta”.

Luego de separarse de su pareja, la madre cabeza de familia conoció a unos ingenieros del Jardín Botánico que estaban dictando cursos gratuitos de agricultura urbana en San Cristóbal. “Decidí inscribirme y me motivé a montar una huerta urbana”.

Pero Carolina no contaban con el espacio suficiente en su casa, por lo cual buscó terrenos en el barrio. “La Junta de Acción Comunal tenía el sitio ideal, donde con la asesoría del JBB conformamos una huerta que nos dio muchas cosechas de acelgas, lechugas y espinacas”.

La nueva huertera aprendió a hacer biopreparados, mezclas naturales que permiten combatir las plagas, y abonos con los residuos orgánicos del compostaje.

En septiembre del año pasado, su mejor amigo le comentó sobre ‘Mujeres que Reverdecen’, un programa donde se volvió a enamorar: pero esta vez de los jardines, arbolado y huertas. “Esta ha sido una de las mejores experiencias de mi vida, ahora más por la cooperativa”.

Ser parte de la alianza del Jardín Botánico y Gran Estación la llena de orgullo. “Ahora veo mi futuro y el de mis hijos mucho más positivo. Voy a poder seguir trabajando en lo que me gusta, cuidar la naturaleza, y con un grupo de mujeres maravillosas”.

De reciclar a hacer jardines

Aleida Ospina nació en Salamina, un municipio del departamento de Caldas con un clima templado y más conocido como la ciudad luz debido a sus poetas, músicos, actores y escritores.

Aunque la agricultura, ganadería y piscicultura son las principales actividades económicas de su pueblo, los primeros años de niñez de esta caldense estuvieron apartados de ese mundo.

“Además, cuando apenas tenía ocho años, mis papás decidieron buscar mejor suerte en Bogotá y por eso me crie más como una persona citadina. Sin embargo, Salamina siempre ocupará un gran lugar en mi corazón”.

En la capital del país estudió la primaria y algunos años del bachillerato. Luego el amor tocó a su puerta y fruto de esa unión salieron cinco hijos, sus mayores tesoros. “Vivo en el barrio 20 de Julio con cuatro de mis hijos, ya que lamentablemente uno ya está en el cielo”.

Para sacar adelante a sus retoños, Aleida desempeña uno de los trabajos más duros: el reciclaje. “Llevo casi 10 años como recicladora nocturna. Trabajo para una empresa que me paga 90 pesos por kilo de reciclaje”.

Varios barrios de la localidad de San Cristóbal son el lugar de trabajo de esta madre cabeza de familia. Con la ayuda de uno de sus hijos, le entrega bolsas de color blanco a los ciudadanos para que depositen el material que se puede reciclar.

“Hemos sensibilizado a la gente con el reciclaje. Ya muchas personas nos dejan listas las bolsas blancas para que nosotros podamos llevar el material reciclado a la empresa. Aunque es un trabajo pesado, siento un gran amor por él”.

Durante los meses más críticos de la pandemia, el trabajo de Aleida se vio interrumpido por el confinamiento. Por eso, empezó a navegar por internet para buscar nuevas opciones de trabajo.

“En Facebook encontré muchas convocatorias y a todas les daba clic. Un día me encontré con ‘Mujeres que Reverdecen’ y no lo pensé dos veces para inscribirme; llené el formulario y a los pocos días me llamaron del Jardín Botánico”.

Aleida ingresó al grupo del Centro de Desarrollo Comunitario (CDC) San Blas, en San Cristóbal. “Aprendí muchas cosas sobre arbolado, jardinería y agricultura urbana, como plateo, abonar, bordeo, corona y las diferentes especies de plantas”.

Aunque también ayudó a fortalecer varias huertas, la caldense afirma sin pena que la agricultura urbana no está entre sus actividades favoritas. “Me enamoré perdidamente de la jardinería, ya que me gusta que todo se vea bonito y ordenado; me convertí en una jardinera”.

Cuando le propusieron ser parte de la alianza entre el JBB y Gran Estación, el corazón de Aleida se aceleró de felicidad. “Inmediatamente acepté participar porque sabía que en el corto plazo íbamos a ver los resultados”.

En los meses de capacitación en Gran Estación, Aleida aprendió a formular un proyecto. “También fortalecimos lo que ya sabíamos de coberturas vegetales y creo que ya estamos listas para hacer jardines y huertas por toda la ciudad”.

Para esta caldense, la cooperativa y ‘Mujeres que Reverdecen’ valoran los talentos que tiene el género femenino. “Las mujeres no solo servimos para la cocina y tener hijos. Somos unas guerreras que podemos dar mucho más”.

Amante de los Cerros Orientales

Cuando Martha Judith Fandiño habla sobre la naturaleza y los Cerros Orientales que bordean la capital del país, su mirada se torna soñadora y su voz coge un tono similar al de una canción de cuna.

Su amor desbordado por el verde tiene una simple explicación. Toda su vida, 36 años, ha vivido en las faldas de los cerros en su paso por la localidad de Santa Fe, puntualmente en los barrios Los Laches y Rocío Alto.

“Siempre he estado pegada al cerro de Guadalupe y por eso he tenido un contacto directo con los bosques andinos. Pocas personas tenemos el privilegio de despertarnos con el canto de las aves, respirar un aire puro y observar a diario la magia de los árboles”.

Cuando se casó y conformó su propia familia, Martha le dijo a su esposo que no quería salir del paraíso verde donde nació. “Nos quedamos acá y con el paso de los años llegaron tres hijos: hoy con 17, 10 y tres años respectivamente”.

Además de ser amante de la naturaleza, esta bogotana se define como una mujer activa que no le gusta quedarse quieta. “Desde muy pequeña he trabajado, más que todo en actividades relacionadas con ayudar a los niños, madres gestantes y adultos mayores”.

Hizo un técnico en gestión administrativa en el SENA, pero lamentablemente no ha podido ejercer su carrera. “No podía dejar solos a mis hijos y por eso dejé pasar el tiempo. Cuando busqué trabajo relacionado con lo que estudié, no me contrataban por la falta de experiencia”.

Los esposos montaron un negocio de venta de productos puerta a puerta, una actividad con la que sobreviven. Cuando el trabajo escasea, Martha hace oficio en casas de familia.

“Todo cambió a finales de 2021 cuando ingresé a ‘Mujeres que Reverdecen’, programa que me permitió cuidar la naturaleza y contribuir a que Bogotá luzca más verde y hermosa. La jardinería y la agricultura urbana se apoderaron de todo mi ser”.

Aunque Martha atesora todos los conocimientos que aprendió sobre el manejo de las coberturas vegetales, lo que más valora es que reverdeció como mujer. “Conformamos un grupo muy bonito de mujeres. Al compartir nuestras experiencias de vida, surgió en nosotras unas ganas enormes de salir adelante”.

Esta bogotana asegura que la nueva cooperativa femenina es fruto del compañerismo y dedicación de las 10 mujeres que la conforman. “Estamos muy orgullosas con este logro porque nos va a permitir mejorar nuestra calidad de vida”.

Aunque la cooperativa es un hijo recién nacido, Martha y sus compañeras ya tienen sueños a futuro. “Queremos darles empleo a más mujeres luchadoras que amen la naturaleza. Nuestra cooperativa la proyectamos como una gran empresa femenina”.

Personalidad arrolladora

Bogotá la vio nacer, pero a los pocos años de vida sus papás se la llevaron para el campo. En Pacho (Cundinamarca), los ojos de Omaira Ojeda quedaron maravillados con una explosión de naranjos, limoneros, aguacate y verduras.

“Los cultivos eran exclusivos para los trabajadores y por eso yo me sentaba a verlos trabajar. A ojo aprendí a sembrar, hacer surcos, deshierbar y preparar la tierra. En esos años nació mi pasión por el dibujo y la actuación; no hacía más que imitar con respeto a los campesinos”.

El destino la volvió a poner en la capital del país, específicamente en la localidad de Rafael Uribe Uribe. Sin embargo, no cortó su vínculo con el campo que tanto la deleitó de niña. “Con mi familia íbamos por temporadas a Pacho y así aprendí a manejar herramientas”.

A los 18 años, su corazón quedó flechado por un hombre cinco años mayor que ella y se organizaron en el barrio El Olaya. “Tuvimos dos hermosas niñas y vivimos en varios barrios de Rafael Uribe Uribe”.

Omaira no quería que su esposo la mantuviera. Por eso se puso a trabajar como independiente, incluso cuando estaba embarazada. “Pasé por varias empresas, lechonerías y establecimientos comerciales. Cuando el amor llegó a su fin, me separé y me dediqué a sacar adelante a mis hijas”.

Luego de los meses más duros de la pandemia, la situación económica de esta madre cabeza de familia estaba en saldos rojos. Una amiga le dijo que la Alcaldía estaba buscando mujeres para participar en un programa ambiental y social y le dio las indicaciones para inscribirse.

“Era septiembre. No me inscribí porque yo no sé manejar el computador y no tenía celular; me puse a llorar como una Magdalena. Mi amiga me insistió que intentara de nuevo hacer la inscripción en diciembre, pero volví a dejar pasar la oportunidad”.

En enero de 2022, la insistente amiga apareció en su casa y la ayudó a inscribirse. “Quedé seleccionada y empecé el primero de febrero. Ese día mi papá falleció, por lo cual digo que fue él quien me puso ahí; una persona se va, pero queda su espíritu y energía”.

El barrio Molinos se convirtió en su salón de clases, donde varios formadores del JBB le enseñaron sobre agricultura urbana, jardinería y arbolado. “El profe Miguel fue el más maravilloso de todos; ya le dije que se casara conmigo”.

Cuando le informaron sobre la cooperativa, Omaira evidenció que era la oportunidad de cumplir uno de sus grandes sueños. “Desde pequeña he soñado con ser una líder y trabajar en un grupo de mujeres emprendedoras. Llegar a Gran Estación fue lo más maravilloso de este mundo, ya que nos trataron como reinas y nos acogieron en su corazón”.

Esta jardinera y huertera asegura que Gran Estación es su nuevo hogar. “Estar ahí en las capacitaciones fue como soñar despierta. Cada día, las mujeres de la cooperativa crecemos como personas y estamos seguras que ayudaremos a muchas más en el futuro”.

Sus dotes actorales también han hecho parte de su nuevo proceso como empresaria. “Mis compañeras se la pasan riendo cuando imito a alguien. Me dicen que tengo una personalidad arrolladora y que con mi talento le hago la vida más linda a todos”.

Con el corazón en las plantas

 Para Jenny Morales, una bogotana y madre de cuatro hijos, las plantas son uno de los miembros más importantes de su familia. Desde que tiene uso de razón han estado presentes en su vida brindándole paz y recargándose de energías positivas.

“Me enamoré de las plantas gracias a mi madre. Recuerdo que cuando era niña vivíamos en una casa grande que mi mamá llenó de plantas aromáticas, las cuales yo olía y probaba”.

Su progenitora fue quien le enseñó sobre los poderes curativos de estas plantas y le recalcó que todas son necesarias para estar en armonía con el mundo. “Gracias a ella las reconozco por el sabor y el olor; considero que tengo el corazón en las plantas”.

Con su esposo conformaron su hogar en el barrio Nuevo Timiza II sector, en la localidad de Kennedy. “Dividía mi tiempo entre la crianza de mis cuatro hijos, el mantenimiento de la casa y vendiendo las artesanías, dibujos y pinturas que hago”.

La pandemia le pegó duro. Aunque ninguno de sus familiares falleció por el coronavirus, el encierro la tenía con el corazón arrugado. “Ese encierro hizo que me engordara y me daban muchas ganas de llorar todos los días”.

La tristeza llegó a su máximo nivel cuando su hijo mayor le informó que dejaría la casa para hacer su propia vida. “Eso me dio durísimo porque también se fue mi único nieto. Una madre siempre quiere que sus hijos permanezcan a su lado”.

Jenny empezó a buscar actividades que le permitieran mantener la mente entretenida y salir de la casa. En esa búsqueda, una sobrina le envió el link para inscribirse en ‘Mujeres que Reverdecen’, programa que la llenó de alegría.

“Mi felicidad fue extrema cuando me dijeron que el trabajo sería con las plantas, como lo hice desde pequeña en la casa de mi mamá. Además, iba a estar rodeada por mujeres que me escucharían y entenderían”.

En las huertas, jardines y arbolado de Kennedy, Jenny volvió a sentirse viva por la magia de las plantas. “Ellas se encargan de limpiar y transmutar las malas energías. Eso nos permitió conformar un grupo de mujeres muy lindo en el barrio Roma”.

Cuando la profesora del JBB le comentó que la habían escogido para ser parte de la cooperativa del JBB y Gran Estación, Jenny no pudo evitar llorar. “Eso me hizo sentir muy orgullosa por todo el trabajo que hice, algo que hace años no sentía”.

Reverdecer Bogotá es una actividad que quiere seguir haciendo. “La cooperativa me va a permitir estar en medio de las plantas y ayudar a cuidar los recursos naturales. Además, soñamos con darles nuevas oportunidades a más mujeres que quieran salir adelante”.

El sabor costeño del grupo

En El Piñal, un corregimiento del municipio de Los Palmitos en el departamento de Sucre y más conocido como el pueblo más picante de la costa el ají picante, Merlys Patricia Trujillo tuvo su primer contacto con la naturaleza.

“Mi papá sembraba café, maíz, patilla y frijoles, actividad que le enseñó a sus hijos. Aunque por machismo me tocaba estar pendiente de la casa, cuidar a mis hermanos pequeños, cocinar en leña e ir a los pozos por el agua, tuve una infancia feliz en el campo”.

Siempre quiso estudiar para tener un mejor futuro. Por eso, a los 15 años se fue para Barranquilla a terminar el bachillerato y recibió su diploma cuando cumplió la mayoría de edad. “Luego me radiqué en Bogotá, donde vivía una hermana”.

En la capital se puso a trabajar en un hogar geriátrico, sitio que la motivó a hacer un curso de enfermería. “Pero como me casé y tuve al primero de mis dos hijos, no ejercí la carrera. Me dediqué al hogar y a criar a mi pequeño”.

En El Amparo, barrio de Kennedy, Merlys se organizó con su esposo. “Como el dinero escaseaba, decidí ayudar a mi esposo vendiendo bolsas plásticas en la plaza, pero sin abandonar mi trabajo como madre”.

A finales de 2021, un cuñado que vive en la Costa le envió un link para que se inscribiera en ‘Mujeres que Reverdecen’. “Me sorprendió mucho porque él se enteró primero estando tan lejos de la ciudad. Le hice caso y me seleccionaron”.

Merlys ingresó al grupo del barrio Timiza. Aunque aprendió mucho de jardinería y arbolado, la actividad que más le gustó fue la agricultura urbana. “Sembrar me transporta a mis épocas de niñez en la tierra de mi papá en El Piñal”.

Un trabajo que jamás olvidará fue el que realizaron en el bosque de Las Mercedes, ubicado en la reserva Thomas van Hammen. “Es un lugar hermoso lleno de árboles nativos donde hicimos muchas actividades como el plateo”.

Continuar con el trabajo ambiental, pero ahora desde la cooperativa femenina, la tiene bastante motivada. “Agradezco mucho la oportunidad que nos dieron de seguir aplicando los conocimientos que adquirimos en el programa. Queremos hacer muchos jardines y huertas para que esta ciudad luzca más hermosa y verde”.

Un regreso simbólico al campo

Mariela Medina nació en la capital mundial de la esmeralda, un pueblo boyacense que se dedica a la explotación de la piedra preciosa de color verde desde la época de la Conquista.

“En Muzo tuve una crianza humilde pero feliz. Con mis nueve hermanos aprendimos a cultivar café, yuca, plátano y cacao en la finca de mis padres, productos típicos del clima templado”.

A los 12 años, Mariela se dedicó de lleno a las labores campesinas. “No pude seguir con mis estudios porque me tocaba ayudar a mis papás. Me puse a trabajar en los cultivos y aprendí a valorar la comida y querer el campo”.

En los campos de Muzo conoció a su futuro esposo, otro agricultor. “Seguimos sembrando y cosechando durante muchos años, tiempo en el que tuvimos dos hijos. Luego decidimos asentarnos en el casco urbano del pueblo, donde validé el bachillerato”.

Mientras criaba a sus hijos y se encargaba del mantenimiento de la casa, Mariela estudió una tecnología en salud ocupacional en el SENA. “Aunque ya tenía más de 40 años, yo quería estudiar para conseguir buenos trabajos”.

Cuando terminó la tecnología, Mariela, su esposo e hijos cogieron rumbo hacia Bogotá. La familia se ubicó en el barrio Santa Rosa de Lima, ubicado en la localidad de Santa Fe, donde empezaron a pagar una casa.

“Mi esposo manejaba una ruta escolar que tenía un sobrino. Yo pasé muchas hojas de vida para trabajar en algo de salud ocupacional, pero en todo lado me pedían experiencia y me hacían el feo por mis 45 años”.

Como era experta en manejar máquinas de coser, Mariela se puso a trabajar como costurera. “Me contrató una empresa donde duré más de ocho años. Por la crisis de la pandemia, el negocio entró en crisis y despidieron al personal”.

Al enterarse del programa ‘Mujeres que Reverdecen’, esta boyacense encontró la opción ideal para volver al campo y ocupar su tiempo. “Iba a sembrar de nuevo y por eso pasé los papeles inmediatamente con la ayuda de mi hija”.

En las coberturas vegetales de Santa Fe, esta campesina nutrió los conocimientos agrícolas del pasado. “Nuestro profesor nos explicó muy bien todas las actividades de arbolado, jardines y huertas”.

Mariela asegura que la huerta del CDC Lourdes es el mayor logro de su grupo de 46 mujeres. “Empezamos de cero quitando el pasto y limpiando la zona. Luego arreglamos la tierra, sembramos semillas y plántulas de hortalizas, hicimos riego seguido y deshierbe”.

Con lo aprendido en el programa, esta madre luchadora se aventuró a montar una huerta pequeña en su casa. “Tengo lechuga, zanahoria, repollo y cilantro, productos que destino para el consumo de la familia”.

Cuando los profesionales del JBB le propusieron ser parte de la cooperativa de jardineras y huerteras, el corazón de Mariela casi se le sale del pecho. “Fue un privilegio y un gran reconocimiento ser seleccionada. Yo creo que lo hicieron porque soy una mujer muy trabajadora”.

Esta boyacense no cabe de la dicha porque va a poder seguir haciendo lo que más le gusta: cuidar el medio ambiente. “Las mujeres de la cooperativa vamos a continuar reverdeciendo la ciudad y haciendo muchas cosas para proteger los recursos naturales”.

Contadora y huertera

Las tierras fértiles de los departamentos del Tolima y Cundinamarca la vieron crecer. Luz Adriana Arias pasó gran parte de su niñez y adolescencia en los municipios de Sasaima y Mariquita, donde tuvo un contacto directo con la agricultura.

“A los ocho años me fui a vivir con mis papás y hermanos a la finca de mi abuelo en Sasaima, donde sembraba yuca, plátano, naranja, limón, guayaba y aguacate. Aprendí a cultivar viéndolo, porque no me dejaba coger la herramienta por miedo a que me pasara algo malo”.

Luego de vivir varios años en la finca de su abuelo, la familia de Luz Adriana se mudó a Mariquita. “Tenía 17 años, acababa de graduarme como bachiller y estaba esperando a mi primera hija”.

Su embarazo no fue un impedimento para que ingresara a la universidad. En Mariquita tuvo la oportunidad de empezar a estudiar un técnico en contaduría pública. “No lo pude terminar porque nos regresamos todos a Bogotá”.

El barrio Paraíso, ubicado en una de las montañas de Ciudad Bolívar, fue su nuevo hogar. Luego de tener a su segunda hija, Luz Adriana se separó de su pareja y se dedicó a trabajar en lo que saliera para sacar adelante a sus dos tesoros.

“En 2021, Verónica, mi mamá, ingresó a la primera fase de ‘Mujeres que Reverdecen’. Ella me dijo que siguiera sus pasos y que así tendría algo de ayuda para cumplir mi sueño: graduarme como contadora”.

Luz Adriana ingresó al mismo grupo de su mamá, en el barrio donde viven, y ambas aprendieron sobre el manejo de las coberturas vegetales. “Uno de los mayores logros del grupo fue darle vida a una huerta comunitaria en el barrio Bella Flor, un sitio que antes era un basurero”.

Cuando se graduó como contadora pública, Luz Adriana quiso seguir en la segunda fase del programa. “No quedé seleccionada porque ya estaba graduada. Pero las personas del JBB me dijeron que tuviera paciencia porque algo muy bueno y grande iba a salir”.

Se trataba de la cooperativa con Gran Estación, una nueva oportunidad que le ha permitido demostrar sus conocimientos como contadora. “Eso me tiene muy contenta. Además, vamos a mejorar nuestra calidad de vida reverdeciendo la ciudad, el trabajo que todas amamos”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá