- Una alianza entre el Jardín Botánico y la Secretaría de Integración Social vistió de hortalizas y plantas medicinales a esta casa de la sabiduría de la localidad de Fontibón.
- En una huerta pequeña pero próspera, cerca de 10 adultas mayores siembran, riegan, cosechan, recuerdan su pasado campesino y aprenden sobre agricultura urbana.
- La mayoría de estas abuelas huerteras están aplicando los nuevos conocimientos en el montaje de huertas en las terrazas o patios de sus casas.

En Santa María, municipio boyacense bañado por las aguas diáfanas y cristalinas de los ríos Upía, Guavio, Lengupá, Chiquito y Batá y cubierto por un denso bosque virgen, Ana Rita Gordillo pasó la mejor época de su vida.
Desde muy niña tuvo el privilegio de conocer tesoros biodiversos como la represa de Chivor, el embalse La Esmeralda y el balneario Peñón del Lago, sitios que le llenaron el corazón de felicidad por su exuberante naturaleza.
“Nací en ese paraíso de agua, naturaleza y vida. En las fincas de mis papás y abuelos aprendí a sembrar zanahoria, papa, cilantro, tomate, lechuga, yuca, maíz, arracacha y guatila; no teníamos que comprar la comida porque todo se daba en esa tierra bendita”.
Ana Rita vivió hasta los 20 años en este territorio de 32.600 hectáreas ubicado en el sureste de la Provincia de Neira. Luego de conocer al amor de su vida, los nuevos esposos decidieron buscar una mejor calidad de vida en la capital del país.
“Fue una decisión dura porque en Santa María tenía bien aferrado mi corazón. Pero la vida del campo es bastante difícil y desagradecida y por eso nos mudamos a Bogotá, la gran ciudad donde tuvimos cuatro hijos”.

El arte de sembrar, una técnica que le enseñaron sus progenitores, quedó en el pasado al llegar a la capital. Todas las casas donde vivieron en arriendo no contaban con el espacio suficiente para cultivar hortalizas, frutales o plantas medicinales.
“Solo mantuve viva mi relación con el campo sembrando plantas de jardín en algunas materas. Aunque mi vida como campesina se quedó en Santa María, pueblo que no volví a visitar porque todas las tierras se vendieron, siempre la he querido revivir”.
Hace un poco más de dos años, esta santamariense y abuela de ocho nietos ingresó al Centro Día Amaru, una casa de la sabiduría ubicada en la localidad de Fontibón donde se realizan diversas actividades y talleres exclusivos para los adultos mayores.
Lo primero que le llamó la atención fue que la edificación contaba con una pequeña huerta, un proyecto conjunto entre el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y la Secretaría de Integración Social que busca incentivar la agricultura urbana.
“En esa época no pude participar porque los cupos para los abuelos ya estaban llenos. Por eso me inscribí en talleres de bordados, tejidos y tecnología, siempre con el anhelo de volver a sembrar como lo hice en toda mi niñez y adolescencia en Santa María”.

Huerta para los abuelos
El Centro Día Amaru, un sitio que tiene capacidad para atender a 69 personas mayores y donde reciben atención psicosocial, jurídica, apoyo nutricional, actividad física, recreativa y cultural, ha cambiado varias veces de residencia.
Actualmente funciona en una casa de dos pisos ubicada en la calle 17A con carrera 96C, a pocas cuadras del Parque Fundacional de Fontibón. Sin embargo, la huerta que le hizo latir más el corazón a Ana Rita ha sobrevivido a esos cambios.
Según Wilmer López, profesional de campo del Jardín Botánico en la localidad de Fontibón, este proyecto nació en 2022 con el objetivo de brindar capacitación y fortalecimiento a los adultos mayores interesados en aprender de agricultura urbana.

“Llevamos cerca de tres años desarrollando diferentes procesos. El objetivo siempre ha sido que los adultos mayores se capaciten y aprendan a través de diversos cursos y talleres que brindamos entre ambas entidades”.
La huerta fue montada con materiales reciclables, como contenedores, guacales, canastillas y cajones viejos. Cuenta con más de 100 hortalizas y plantas medicinales, como acelga, lechuga, apio, perejil, cilantro, romero, caléndula y tomate cherry.
Wilmer e Iván Darío Bernal, tallerista del centro día encargado del proyecto de la huerta, diseñaron un plan de trabajo para que cerca de 10 adultos mayores aprendieran de agricultura urbana por medio de temáticas organizadas en varios módulos.
“La meta no es solo que vengan a sembrar, regar y cosechar. Nos propusimos brindarles talleres sobre agricultura urbana todos los lunes en horas de la tarde para que aprendieran de temáticas como abonos, germinación y compostaje”, mencionó Iván Darío.

En marzo de este año, cuando los profesionales abrieron una nueva convocatoria, Ana Rita fue una de las primeras en inscribirse. “Por nada del mundo me iba a perder la oportunidad de volver a sembrar, un sueño que no había podido cumplir”.
También lo hicieron Zoila Córdoba, Ana Beatriz Vivas, Dora María Cortés, Ana Beatriz Albarracín, Verónica Moreno, Yanet Donato y María Luisa Tibamoso, adultas mayores que comparten un gran amor por la tierra, las plantas y la naturaleza.
Todos los lunes, a las dos de la tarde, estas adultas mayores llegan a las instalaciones del Centro Día Amaru a nutrir sus mentes con los conocimientos del curso básico de agricultura urbana que ofrece el JBB.
A través de videos y ejercicios lúdicos, teóricos y prácticos, las huerteras ‘doradas’ aprenden sobre las principales generalidades de las huertas, propagación vegetal, suelos, manejo integrado, cosecha y postcosecha.

“Como es una actividad permanente, también abordamos otras temáticas como los transformados de la agricultura urbana, por ejemplo la elaboración de pomadas con las plantas de la huerta, y los bancos de semillas”, informó Wilmer.
Los nuevos conocimientos son aplicados por las mujeres en la pequeña huerta del centro día, un terruño agroecológico libre de químicos ubicado en una de las esquinas del antejardín y que está protegido por una reja alta.
El profesional del JBB aseguró que las manos de estas adultas mayores están ayudando a renovar la huerta. Ya han aprendido sobre germinación, sustratos, abonos y biopreparados, y además sembraron nuevas especies en los contenedores.
“Es un ejercicio muy bonito porque aprenden sobre el desarrollo de las plantas y en la huerta ven con sus propios ojos cómo una semilla se transforma poco a poco en un nuevo ser; el contacto con la tierra es algo mágico para ellas”.

Iván Darío recuerda un consejo que le dieron las huerteras durante los primeros días de este nuevo taller: las plantas necesitan escuchar palabras de cariño para crecer y florecer; ellas sienten la energía de las personas.
“Esas palabras me llamaron mucho la atención y luego corroboré que todo lo que se siembra con amor, siempre va a dar buenos resultados. Tenemos un grupo de mujeres mayores maravillosas y cada una tiene su propia experiencia de conexión con la naturaleza”.
En las clases, las adultas mayores también comparten sus conocimientos sobre la siembra y la cosecha, aprendizajes que la mayoría adquirieron en el campo de los departamentos de Cundinamarca y Boyacá cuando eran niñas y jóvenes.

“Ellas vienen a compartir y aprender de todas. Cada una tiene un talento o habilidades especiales que comparten en medio de las clases y el trabajo en la huerta. Todas participan de una manera muy armónica y están tejiendo lazos de amistad”, complementó el tallerista del centro día.
Además de sembrar en la huerta y aprender de agricultura urbana, estas mujeres amantes de la naturaleza ahora cuentan con una nueva actividad que las saca de su rutina semanal y les permite sanar algunos quebrantos de salud.
“Conectarse con la naturaleza es una actividad mágica que sana el cuerpo y el alma”, apuntó Iván Darío. “En la huerta ninguna se estresa y trabajan de una manera amena, disciplinada y respetuosa. La cosecha se la reparten y así llevan alimentos saludables a las casas”.

Regreso al campo
A sus 72 años, Ana Rita Gordillo cumplió su gran sueño: volver a sembrar hortalizas y plantas medicinales. Aunque la huerta del Centro Día Amaru no se compara con los extensos campos de Santa María, el contacto con la tierra fértil la regresó a sus años más felices.
“Desde que empecé a participar en los cursos de agricultura urbana y las actividades de la huerta, me volví a conectar con mis raíces campesinas y viajé a ese municipio hermoso lleno de naturaleza y vida”.
Esta boyacense quiere aplicar todos los nuevos conocimientos en un jardín con huerta que va a montar en el patio del apartamento donde vive con uno de sus hijos. “Para que este proyecto quede perfecto, necesito aprender más sobre abonos y semillas”.
Aunque se considera una gran experta en la siembra, en los cursos ha aprendido nuevas temáticas como los biopreparados que se hacen con varias plantas de la huerta para controlar las plagas.

“Un nieto que tengo en Guateque me dijo que lo ayudara a montar una huerta en su finca. Voy a ser su profesora gracias a esta maravillosa experiencia que también me permitió hacer nuevas amigas”.
Zoila Córdoba asegura que en esta pequeña huerta volvió realidad una corazonada que la perseguía desde hace varios años: que debido a sus raíces campesinas, tenía una buena mano para sembrar cualquier planta.
“Yo nací en Chita (Boyacá), pero solo estuve allá durante mi primer año de vida. Llegué en brazos a Bogotá y por eso no aprendí a sembrar; pero algo dentro de mí me decía que tenía un talento empírico para germinar y propagar”.
Así le ha pasado durante el curso de agricultura urbana del JBB en el Centro Día Amaru: todas las semillas de hortalizas que sembró hace un mes en uno de los contenedores, ya se convirtieron en pequeñas plantas.
“Estoy aprendiendo mucho y ya estoy pensado en montar una pequeña huerta de plantas medicinales en un rincón de mi apartamento que cuenta con buena luz. Lo más bonito de este centro día es que ahora tengo una nueva familia huertera”.

Ana Beatriz Vivas también tiene sangre campesina. Nació en Tibirita (Cundinamarca) en una familia que sobrevivió de las bondades de la tierra. Aunque salió de su pueblo muy niña, le quedó guardado en su mente y corazón un gran amor por el verde.
“Amo profundamente a todas las plantas y árboles y por eso me la paso visitando sitios llenos de verde. En la finca que tengo en Tocaima me la paso botando semillas de frutas y hoy en día ya tengo varios limoneros grandísimos”.
Hace seis años hizo su primer curso de agricultura urbana y ahora está complementando esos conocimientos en la huerta del centro día. “Los fertilizantes y repelentes naturales me tienen maravillada. Ver salir de la tierra a las plantas es algo que me llena de felicidad”.
Por nacer en Bogotá, Dora María Cortés no tuvo una relación directa con el campo. Las hortalizas, frutales y demás plantas las conoció en las plazas de mercado y tiendas del centro de la ciudad.
“En mi niñez y adolescencia nunca sembré una sola planta. Estuve dedicada a la crianza de mis tres hijos y luego me formé como catequista de una parroquia, una profesión que necesita de muchos estudios”.

Sin embargo, siempre tuvo presente que las plantas cumplen un rol fundamental y por eso se arriesgó a sembrar en el patio de su casa varias aromáticas y medicinales, un aguacate que germinó y propagó con sus manos y algunas papas.
Con el paso del tiempo se mudó y debió abandonar su primera huerta. “Me inscribí en el curso de agricultura urbana porque quiero aprender a sembrar en espacios pequeños. Se que con estos nuevos conocimientos, lo voy a lograr muy pronto”.
Ana Beatriz Albarracín tampoco aprendió a sembrar en Tunja, capital de Boyacá donde nació hace siete décadas. Esto no le impidió reverdecer el balcón de un apartamento en Bogotá luego de sacar adelante a sus tres hijos.
“Tengo un palo de mandarina grande, además de varias plantas de pimentón y muchas ornamentales. Mis ocho nietos y dos bisnietas me dicen que por venir de una familia campesina, tengo manos mágicas”.
Esta boyacense criada en Bogotá se inscribió en el curso de agricultura urbana del Jardín Botánico porque quería sembrar de una manera más adecuada, es decir técnicamente. “Quiero aprender a preparar la tierra, sacar las malezas, hacer el sustrato y mucho abono”.

Además de perfeccionar su técnica, Ana Beatriz le sumó nuevas amigas a su vida. “Todas nos entendemos muy bien y aprendemos de los talentos de cada una. La huerta es una terapia que nos mantiene activas a través del contacto con la tierra y la naturaleza”.
Verónica Moreno tuvo una infancia y adolescencia campesina en una vereda de Chaparral, municipio del Tolima donde su mamá trabajó durante varias décadas como docente rural. Desde ese momento, la naturaleza se aferró con fuerza en todo su ser.
“Tuve la gran fortuna de criarme en medio de ese paraíso. Allí aprendí a valorar todo el trabajo que hacen los campesinos para producir alimentos y el gran el esfuerzo que hay detrás de la siembra de una sola lechuga”.
Esta tolimense siguió su vida en El Espinal, donde se formó como contadora pública. Cuando su hija quiso estudiar en la Universidad Nacional, cambió de rumbo y llegó a Bogotá, ciudad donde se subió al bus de la agricultura urbana.
“Participé en un proyecto grande de agricultura urbana en la Universidad Nacional. Aprendí demasiado sobre las técnicas para sembrar y con mucho esfuerzo monté una huerta bastante próspera; luego hice parte de una huerta comunitaria”.

Su pasión por la agricultura urbana la llevó a inscribirse en el curso del Centro Día Amarúu. Quería volver a sembrar alimentos saludables y compartir con los adultos mayores todo lo que aprendió en su experiencia pasada.
“En esta pequeña huerta recuerdo mis años felices en el Tolima y ese proyecto maravilloso en la Universidad Nacional. Además, tengo la oportunidad de enseñarles mis conocimientos a las compañeras, mujeres hermosas que aman sembrar”.
Yanet Donato, nacida en Caparrapí (Cundinamarca), es experta en sembrar café, plátano y yuca. En su pueblo natal estuvo hasta los 15 años, tiempo más que suficiente para aprender sobre el arte de trabajar la tierra.
“Todos esos conocimientos los apliqué en la terraza de mi casa, donde tengo muchas plantas ornamentales, y en una finca de tierra caliente que llené con matas de limón, aguacates y nonis. El verde siempre me ha gustado mucho”.
Asegura que decidió participar en el proyecto de agricultura urbana del centro día por varios factores: se sentía aburrida, su salud se estaba deteriorando por la quietud y además quería aprender a sembrar de una manera más adecuada a las condiciones de la ciudad.

“Estoy aprendiendo cosas nuevas, como la germinación, los abonos, los tiempos de siembra y las especies que se pueden cultivar en Bogotá. Ya le estoy dando forma a una huerta de plantas medicinales y a futuro sueño con tener mi negocio de plantas”.
María Luisa Tibamoso, una boyacense nacida en Duitama (Boyacá), mantiene vivo el legado de sus antepasados campesinos. Recuerda a la perfección cómo se deben sembrar el maíz, arveja, papa, cebada, haba y trigo.
“Cuando llegué a Bogotá, ya casada y con varios de mis hijos, no pude volver a sembrar esas delicias por la falta de un terreno grande. Sin embargo, llené mi casa con muchas plantas que dan unas flores hermosas”.
En el centro día, está volviendo a conectarse con esas raíces campesinas de su pasado. “La tierra me llena de una energía que no puedo describir. Cada vez que siembro regreso a Duitama y les cuento a mis nuevas amigas sobre ese arte que ya pocos mantenemos con vida”.

