• 10 ciudadanos que perdieron la vista o tienen baja visión, reciben los conocimientos básicos de agricultura urbana en el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (CRAC).
  • En este sitio de la localidad de Puente Aranda, varios voluntarios de una asociación les brindan talleres sobre semilleros, propiedades de las plantas, biopreparados y abonos orgánicos.
  • Los alumnos quieren aplicar estos conocimientos en las huertas comunitarias de sus barrios o en el montaje de sus propias huertas caseras.

Aunque por sus venas corre sangre tolimense, Delsa Darleny Chávez Castro se considera hija de la selva húmeda tropical de la Amazonia, un tesoro planetario donde el enigmático jaguar nada y caza en ríos carmelitos y negros.

En su mente no sobreviven muchos recuerdos del municipio que la vio nacer. De Vistahermosa solo sabe que hace parte del Parque Nacional Natural Los Nevados y que durante su infancia temprana estaba bastante azotado por la violencia.

“Cuando cumplí los cuatro años, mis papás tomaron la decisión de salir del pueblo y buscar una mejor vida lejos de las balas. Por ese entonces, el rumor era que en el Caquetá se vivía bien de las bondades que daba la tierra”, recuerda Delsa.

La familia Chávez Castro llegó a Solita, municipio ubicado en el sur del departamento de Caquetá y que limita con el Putumayo. El nombre de su nuevo hogar es un homenaje a una quebrada que fue bautizada así por los indígenas macaguajes.

Sus padres construyeron una finca en medio de la selva. Corrían los primeros años de la década de 1970 y según Delsa, la población sobrevivía de los cultivos. “En ese entonces no había coca ni grupos armados; era un territorio de paz”.

Durante su niñez y adolescencia, la tolimense con alma amazónica aprendió a sembrar arroz, maíz, yuca, plátano y caña. Sin embargo, lo que más le gustaba eran las largas caminatas que hacía con sus hermanos en medio del bosque para ir a la escuela.

“Nos íbamos por un camino selvático donde conocimos muchos tesoros de la naturaleza y me enamoré profundamente de las plantas, los animales y las flores. Mi papá, a través de préstamos con el Incora y la Caja Agraria, empezó a trabajar en la ganadería y las maderas”.

En los años 80 aparecieron los cultivos de coca y los enfrentamientos entre la guerrilla de las FARC y el Ejército, flagelos que cambiaron las dinámicas del territorio. La familia empezó a vivir con zozobra y miedo por los constantes bombardeos y las minas antipersona.

Como no quisieron ser parte de la cadena del narcotráfico, el dinero no llegaba a la casa. Nadie les compraba los frutos de los cultivos que sembraban en la finca y Delsa y sus hermanos tuvieron que dejar de estudiar por los problemas de orden público.

“Las vías siempre estaban cerradas por los enfrentamientos entre ambos bandos. Cansado de la situación, mi papá vendió las 300 hectáreas de la finca por un precio irrisorio y repartió el dinero entre los hijos”.

Falla la vista

Luego de vivir durante 22 años en Solita, Delsa y su familia le dijeron adiós a la selva amazónica para radicarse del todo en Bogotá. Con la plata de la venta de la finca se pagó los estudios de bachillerato. 

“Llegamos sin nada y no recibimos ninguna ayuda del gobierno. Me puse a trabajar como interna en casas de familia y luego me casé y conformé mi familia; el bosque del Caquetá me hacía una falta enorme”.

Con el paso del tiempo, Delsa se volvió vendedora independiente de productos de belleza y limpieza por catálogo. Para que su negocio creciera, se endeudó con varios bancos, dinero que aún está pagando.

A los 38 años, la ahora comerciante empezó a sentir que la vista le fallaba. En las calles se caía frecuentemente al no ver los obstáculos, como andenes o bolardos, y en varias ocasiones la atropellaron motos y bicicletas.

Un oftalmólogo de su EPS la diagnosticó con miopía y le formuló unas gafas, pero la pérdida de la vista seguía. Un especialista le dijo que tenía toxoplasmosis, una enfermedad infecciosa causada por un parásito que puede afectar los ojos.

“Ya no veía los precios de los catálogos. A los 50 años me quedé casi ciega y otro especialista me informó que tenía daño de retina. No me han podido operar porque los trámites ante la EPS son muy demorados”.

Hace dos años y medio, Delsa conoció el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (CRAC), un sitio ubicado en el barrio Santa Matilde de la localidad de Puente Aranda que brinda rehabilitación integral a las personas con discapacidad visual.

En esta edificación le han brindado actividades para mejorar la orientación y movilidad, técnicas para poder valerse por sí sola en la casa y la calle y elementos de comunicación que facilitan el acceso a la información.

“Me enamoré del lugar y hasta le escribí una poesía. Es un sitio donde nadie es egoísta y los profesionales ayudan a todas las personas sin importar su raza, estrato social o educación. El que llega acá se vuelve parte de una hermosa familia”.

El CRAC fue fundado en 1961 por un grupo de voluntarios encabezados por Hernando Pradilla Cobos y Héctor Cadavid Álvarez, dos pedagogos con limitación visual que buscaron alianzas para brindar programas, contenidos y metodologías a esta población.

“Para mí es todo un honor ser parte de esta hermosa familia que ayuda a las personas ciegas o con baja visión. Acá no nos discriminan y aprendemos que, a pesar de nuestra discapacidad, podemos hacer muchas cosas”.

Agricultura urbana

Los ojos de Delsa se llenaron de lágrimas cuando conoció una zona verde ubicada en la parte trasera del CRAC. Se trataba de una huerta con tres camas amplias llenas de hortalizas y plantas medicinales.

El terruño agroecológico creado hace cerca de siete años y que ha contado con la asesoría del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), la transportó de inmediato a su infancia y adolescencia en Solita, la tierra caqueteña donde aprendió a sembrar.

“Nunca pensé que iba a tener la oportunidad de volver a sembrar. He participado en varias de las actividades que hacen los profesionales del CRAC en la huerta, pero últimamente la zona ha estado un poco abandonada”.

Según Roxanne Murillo, terapeuta ocupacional y tiflóloga que trabaja en la unidad de inclusión del CRAC, la huerta nació con el fin de brindarles una actividad terapéutica a las personas que son atendidas en el centro, en especial a las que vienen del campo.

“Aunque hemos hecho varios procesos en este espacio, la huerta ha estado un poco descuidada porque debemos atender las demás actividades que se hacen en el centro. Por ejemplo, no todos están interesados en sembrar y prefieren talleres de manualidades o música”.

El CRAC está interesado en recuperar la huerta para que personas como Delsa la utilicen y realicen diversas actividades. Para esto, Roxanne se va a volver a contactar con el Jardín Botánico para que le brinde asesoría técnica.

“Necesitamos orientaciones específicas para mejorar los cultivos. Por ejemplo, queremos saber si las camas cumplen con la altura y que nos asesoren para abonar mejor la tierra y escoger las especies más adecuadas”.

Talleres huerteros

La huerta es tan solo uno de los proyectos de agricultura urbana que actualmente tiene este centro de rehabilitación, un sitio que nació como un colegio y luego se convirtió en una Institución Prestadora de Servicios de Salud (IPS).

Este año, 10 personas que perdieron la vista o tienen baja visión fueron seleccionadas para participar en una serie de talleres sobre semilleros, propiedades de las plantas, biopreparados y abonos orgánicos.

La Asociación Nacional de Voluntarios pro Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (ANVCRAC), la cual trabaja con el centro desde sus inicios gestionando recursos para ayudar a la población más vulnerable, es la encargada de dictar los talleres.

Según Alejandro Celis, administrador ambiental y uno de los voluntarios de la asociación, este proyecto empezó a gestarse en 2024 cuando le propusieron al centro realizar algunas actividades de agricultura urbana en la huerta.

“El proyecto inicial no se pudo realizar por temas administrativos. Entonces les presentamos la propuesta de un piloto de cuatro talleres básicos de agricultura urbana para incentivar el tema de la productividad”.

Alejandro, que lleva dos años como voluntario de la asociación y quien ha hecho varios cursos de agroecología, escogió las temáticas de los talleres: abonos orgánicos y paca digestora; germinación y semilleros; bolas de arcilla con semillas (nendo dangos); y biopreparados.

“El primer paso fue aprender a comunicarse bien con esta población. Normalmente, en los talleres nos apoyamos con cosas visuales como videos, pero acá teníamos que utilizar los otros sentidos y cambiar el lenguaje”.

Estos talleres iniciaron en marzo y son realizados una vez a la semana en el salón de manualidades del CRAC. Según Alejandro, uno de los objetivos es que las 10 personas con discapacidad visual puedan montar sus propias huertas caseras.

“Con los semilleros que aprendieron a hacer ya pueden dar el primer paso para montar sus huertas. En uno de los talleres conocieron otro tipo de recipientes para sembrar hortalizas o plantas medicinales”.

Además, con todos los conocimientos adquiridos también pueden empezar a trabajar en un emprendimiento, ya sea de transformados de la agricultura urbana o de las plántulas que siembran.

“Todos están muy motivados y quieren seguir aprendiendo nuevas cosas. Personalmente quedé muy asombrado porque su discapacidad visual no los limita para hacer muchas cosas, como cortar. En los talleres asisten varias personas con ceguera total”

Nuevos huerteros

Delsa, la hija de la selva caqueteña, no se ha perdido ninguno de los talleres de Alejandro, quien además de ser voluntario trabaja en su propio proyecto de turismo agroecológico en el municipio de Villeta, Cundinamarca.

Aunque ya sabía sembrar, en estas capacitaciones ha perfeccionado varias técnicas y conocido nuevas actividades de la agricultura urbana. La que más le llamó la atención fue la de las bolas de arcilla con semillas.

“Desconocía totalmente que en una bolita de arcilla podíamos meter semillas y luego dejarlas en un suelo abonado para que germinen. El profe nos dijo que era una técnica japonesa que tiene una alta probabilidad de germinación”.

En uno de los talleres, Alejandro les enseñó el paso a paso de esta técnica que solo necesita de arcilla, tierra abonada o humus y alguna semilla. “Fue muy fácil hacer las bolitas, las cuales no deben ser muy grandes para que la semilla germine bien”, dijo Delsa.

Según el administrador ambiental de la Universidad Distrital, la arcilla sirve como una barrera de protección para las semillas y evita que las aves se las coman. “Quedan resguardadas mientras llegan las lluvias y luego germinan”.

Las 10 personas con discapacidad visual aprendieron que estas bolas necesitan de un buen sustrato y abono y de semillas que sean limpias. “Es una buena opción para las huertas. Hicimos énfasis en no sembrar las bolas en el espacio público de la ciudad”.

Otro tema que le apasionó a Delsa en los talleres fue el de los biopreparados, es decir las sustancia o mezclas que se obtienen de restos de origen vegetal, animal o mineral para controlar plagas y enfermedades, mejorar la fertilidad del suelo o nutrir las plantas.

“Aprendimos que con el ají, ortiga o ajo se pueden elaborar productos naturales para que los insectos no afecten los cultivos. También conocimos sobre las plantas aromáticas que sirven como barreras de las plagas en las huertas”.

El objetivo es que los 10 nuevos huerteros puedan aplicar los conocimientos en alguna huerta comunitaria ubicada cerca de sus casas. La mayoría de ellos viven en localidades como Bosa, Puente Aranda y Kennedy.

“Queremos que puedan participar en las huertas comunitarias de sus territorios y que también se animen a montar sus huertas caseras. Vamos a comunicarnos con las redes de agricultores urbanos de las localidades para hacer estas alianzas”, mencionó Alejandro.

Delsa asegura que estos talleres la convirtieron en una nueva huertera. Como en su casa no tiene un espacio óptimo para una huerta casera, quiere aportar sus conocimientos en algunos proyectos comunitarios.

“El conocimiento es para compartirlo. Espero que muy pronto nos lleven a alguna huerta comunitaria para sembrar, cosechar y hacer tejidos con otras comunidades. Quiero demostrar que mi limitación visual no es un impedimento”.

Huerta de puertas abiertas

Roxanne, la terapeuta ocupacional del CRAC, quiere que las personas que participan en los talleres de la asociación de voluntarios ayuden en la futura recuperación de la huerta, un trabajo que contará con la asesoría del Jardín Botánico. 

“Nuestra huerta es de puertas abiertas para todas las personas que participan en las actividades del centro. Les vamos a brindar las herramientas para que se empoderen del espacio y cojan la huerta como un sitio de actividades”.

Por su parte, Alejandro espera que el proyecto piloto de talleres de agricultura urbana se convierta en una nueva estrategia del CRAC. “Creo que hay mucho interés por parte de las personas y quieren seguir aprendiendo”

La Asociación Nacional de Voluntarios pro Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos seguirá gestionando recursos y proyectos para apoyar a las personas con limitación visual más vulnerables, un trabajo que hace desde hace 62 años.

“Nuestra labor es gestionar recursos para darles apoyo alimentario; ayudas ópticas como bastones, regletas, punzones, microscopios y telescopios; y asesorías para que puedan acceder a vivienda o préstamos en los bancos”, dijo Martha Cecilia Ramos, voluntaria de la asociación.

Además de los talleres de agricultura urbana, los 24 voluntarios de la asociación trabajan en un proyecto para que las personas con discapacidad visual tengan un ingreso económico fijo a través de la venta de frascos de miel.

“Esta línea la trabajamos con las personas que ya se rehabilitaron en el centro y necesitan de recursos económicos. Si son juiciosos, pueden generar hasta 100.000 pesos mensuales, un ingreso que ayuda bastante”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá