• Cerca de 10 personas se sumergieron en la magia biodiversa y agroecológica de las huertas del Museo de la Independencia, el Apotecario del Cóndor y el Jardín de Chía.
  • La historia, los tejidos comunitarios, los alimentos saludables y los productos transformados de la agricultura urbana, fueron los protagonistas en este recorrido.
  • El Jardín Botánico de Bogotá invita a la ciudadanía a participar en las nuevas actividades por las huertas de la ruta agroecológica del centro y varios museos de La Candelaria.

Caminar por las 206 hectáreas de La Candelaria, la localidad más pequeña y antigua de Bogotá, es viajar al pasado. Sus recovecos y calles empinadas están llenas de historia, cultura y una arquitectura colonial que ha sobrevivido al paso del tiempo.

En este territorio ubicado en las faldas de los cerros orientales fue fundada la ciudad. Este hito ocurrió el 6 de agosto de 1538 cuando Gonzalo Jiménez de Quesada instauró un campamento militar en el sitio que hoy ocupa el Chorro de Quevedo. 

Según el Archivo de Bogotá, después de someter a los muiscas y tomar sus tesoros, Jiménez de Quesada decidió fundar la villa de Santafé de Bogotá. “Ese fue el día en que el reino de los muiscas fue ocupado en nombre del emperador Carlos V de España”.

La crónica histórica de la entidad revela que los españoles construyeron 12 bohíos, que simbolizaban los 12 apóstoles, y una iglesia que inauguraron el 6 de agosto cuando los católicos celebraban la Transfiguración del Redentor.

“Esto dio paso al trazado de una manzana entre los ríos San Agustín y San Francisco y varias cuadrículas en cuyo centro quedó la plaza mayor. En 1539, con la llegada de Sebastián de Belalcázar y Nicolás de Federmán, Jiménez de Quesada realizó el ritual formal de la fundación”.

El nombre de La Candelaria nació durante el siglo XVI. Una reseña de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte informa que la palabra vino por parte de los recoletos de San Agustín, conocidos como los padres de Candelaria.

“Aunque su convento fue demolido y reconstruido varias veces, el nombre de La Candelaria se mantuvo. Durante el siglo XX, la zona fue testigo de importantes eventos históricos, como El Bogotazo, y sufrió transformaciones urbanísticas”.

Sin embargo, la Secretaría de Cultura afirma que los intentos de modernización no lograron deteriorar su arquitectura colonial. “El sector logró preservar su esencia gracias a la promoción de su conservación como centro histórico cultural”.

Hoy en día, los miles de turistas nacionales e internacionales que recibe a diario La Candelaria se empanan con esta parte de la historia de Colombia en los recorridos por sus calles, sitios que llevan nombres peculiares como la “Calle del divorcio” y la “calle del perro”.

También se sumergen en el mundo de la cultura en sitios como el Museo Botero, la Casa de la Moneda, la Quinta de Bolívar, el Museo del Oro, el Museo de Arte Colonial, el Museo de Bogotá, el Teatro Colón y el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella. 

Recorridos huerteros

La agricultura urbana también es protagonista en el centro histórico de Bogotá. El interior de varias de sus casonas antiguas y museos esconden huertas comunitarias o institucionales donde las hortalizas, frutales y plantas medicinales se fusionan con la historia.

Ante este potencial, el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) escogió este sector de antaño para trabajar en un proyecto novedoso que mezcla la agricultura urbana con el turismo, el tejido comunitario y los emprendimientos locales: las rutas agroecológicas.

“Esta iniciativa consiste en recorridos interactivos por varias huertas donde los turistas disfrutan de talleres de educación ambiental, conocen la historia de los proyectos de agricultura urbana y compran alimentos saludables”, dijo la profesional Andrea Aragón.

‘De regreso a la tierra’, la ruta agroecológica del centro, está conformada por cinco huertas de La Candelaria y Santa Fe: Mestiza (en la Quinta de Bolívar), Apotecario del Cóndor, Botánico Hostel, Jardín de Chía y Santa Helena.

“Desde que fue lanzada esta ruta, una de las cinco que hemos consolidado en la ciudad, realizamos recorridos y actividades en sus cinco huertas donde participan cientos de turistas nacionales e internacionales”, informó la bióloga del JBB.

Estos recorridos huerteros van a incluir nuevas paradas agroecológicas. Según Andrea, varios museos de La Candelaria que cuentan con huertas, serán parte de estas experiencias agroecológicas y turísticas.

“Esta alianza inició con el Museo de Bogotá, que cuenta con dos huertas. En mayo, varios ciudadanos disfrutaron de un taller de bordados, tejidos y costuras brindado por Paula Sánchez, una de las líderes de la huerta Monterrey, de la ruta agroecológica de Kennedy”.

En junio, el turno fue para el Museo de la Independencia Casa del Florero, un sitio icónico en la historia del país ubicado al lado de la Plaza de Bolívar y que cuenta con una huerta en su jardín Nariño. 

“Organicé un recorrido huertero por tres terruños agroecológicos de La Candelaria: Apotecario del Cóndor, Jardín de Chía y Museo de la Independencia. Varias personas confirmaron su asistencia”, expresó la profesional.

Inmersión agroecológica

El primer recorrido de la alianza entre el JBB y los museos de La Candelaria fue realizado el viernes 12 de junio. A las dos de la tarde, 10 ciudadanos de diferentes sitios de la ciudad y una española amante de la naturaleza, llegaron al Museo de la Independencia Casa del Florero.

Laura Paola Herrera, mediadora educativa del museo que hace parte de varios procesos de agricultura urbana, y Andrea Aragón, les dieron la bienvenida y los llevaron a la zona más verde de la antigua casona esquinera, el jardín Nariño.

“Antes de recorrer nuestra huerta, quiero que conozcan la historia del lugar. Esta casa colonial de 400 años fue construida a finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII por parte de Gonzalo Jiménez de Quesada, es decir que se remonta a la fundación de Santafé”.

Luego, la casa de dos pisos se fue valorizando por su posición estratégica entre la Calle Real, la vía principal de la ciudad y la Plaza Central. Entre 1805 y 1810 su propietario fue el español José González Llorente.

“En esta joya histórica se produjo el Grito de Independencia del 20 de julio de 1810, un altercado entre González Llorente y los señores Morales. A lo largo de los siglos XIX y XX, varias de las casas antiguas empezaron a deteriorarse”.

Según el relato, para principios del siglo XX muchas casonas se encontraban en ruinas. El Bogotazo (9 de abril de 1948), un estallido social de protestas, disturbios y saqueos causado por el asesinato del candidato presidencial liberal Jorge Eliécer Gaitán, empeoró el panorama.

“Con los hechos del Bogotazo, la mayoría de casas coloniales de esta cuadra quedaron destruidas. Aunque la casa del Florero sobrevivió, sus alrededores no lo hicieron; por eso, en 1960 la antigua edificación esquinera fue remodelada y ampliada”.

Ese mismo año, luego de su remodelación y ampliación, se convirtió en el Museo del 20 de Julio. “El hotel Atlántico, que limitaba con la casa por el norte, pasó a ser parte de su nueva infraestructura y allí se construyó el jardín que tiene una fuente de agua”.

Laura informó que la recuperación del sector incluyó la creación de un jardín en su parte trasera que fue reverdecido con palmas de cera, nogales y árboles y arbustos de otras especies. El jardín fue nombrado Nariño, en honor al prócer de la Independencia Antonio Nariño.

“En este jardín también se construyó un obelisco con dibujos realizados por el prócer. Con el paso de los años, este sector se convirtió en un pulmón verde del centro histórico que rompe con el paisaje urbanístico y tradicional”.

En 2010, como parte de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de Colombia, la casona fue rebautizada como Museo de la Independencia Casa del Florero y volvió a ser renovada con nuevas salas.

Luego de la clase de historia patria, los 10 participantes recorrieron los senderos del jardín Nariño y conocieron las especies arbóreas y arbustivas del lugar. “Sus dos palmas de cera fueron exaltadas como patrimoniales. Además, alberga muchos nogales, el árbol insignia de Bogotá”.

La primera parada del recorrido terminó en la huerta, ubicada en una de las esquinas del jardín. Está conformada por varias camas o eras donde siembran lechuga, maíz, tomate, acelga, algunos frutales y varias plantas medicinales y aromáticas.

“También contamos con un pequeño banco de semillas y propagamos las semillas de los nogales, un árbol que fue sagrado para los muiscas. Todas las personas que visitan nuestro museo, terminan el recorrido en esta hermosa huerta que está en fase de fortalecimiento”.

Jardín de Chía y Del Cóndor

Con la mente repleta de nueva información histórica, los 10 ciudadanos caminaron por varias calles de La Candelaria hasta llegar a la Casa Cultural del Zipa, una casona con una fachada pintada de terracota.

“Acá vamos a conocer el Jardín de Chía, una huerta comunitaria creada hace más de 14 años por varios huerteros de La Candelaria y que hace parte de la ruta agroecológica del centro de la ciudad”, contó Andrea Aragón.

En el patio de la casa, una amplia zona verde con varios sietecueros, borracheros y jardines, los esperaba Fabián Arias, uno de los miembros de este tejido comunitario. “Bienvenidos a esta hermosa huerta de 300 metros cuadrados, una de las más antiguas de la localidad”.

El Jardín de Chía está conformado por varias camas elevadas en forma de serpiente que están protegidas por palos de guadua que no superan los 50 centímetros de alto, sitios donde los huerteros siembran hortalizas y plantas medicinales, aromáticas y ornamentales.

“También tenemos un invernadero para germinar y propagar el material vegetal de la huerta; un lombricultivo donde creamos suelo; y varios árboles que atraen a los polinizadores en sus alrededores”.

Los turistas conocieron el tesoro hídrico de la huerta: un nacimiento de agua subterránea que surte a la Casa del Zipa. “Somos privilegiados al contar con esta joya y por eso uno de nuestros grandes objetivos es proteger este nacimiento”.

Durante cerca de una hora, los asistentes se desconectaron de la rutina urbana en medio de las hortalizas, como apio, zanahoria, lechuga, acelga y cilantro; y con los olores de la caléndula, menta, ruda, poleo, romero, tomillo y hierbabuena.

“Esta huerta es un aula viva donde realizamos diferentes procesos de agricultura urbana, educación ambiental, salud mental y arte. Este proyecto comunitario ha sido liderado por Flor Ligia Gordon, quien hoy no nos pudo acompañar”.

Luego de disfrutar un guarapo elaborado con varias plantas de la huerta, el recorrido se dirigió hacia el Apotecario del Cóndor, un emprendimiento creado por Mateo de Valenzuela durante la pandemia del coronavirus.

“Somos un emprendimiento que se forma bajo la sombrilla de la profecía del cóndor y el águila, buscando compartir las plantas y sabiduría de los Andes y el Amazonas con la tecnología y conocimiento”.

Este negocio, ubicado en un amplio terreno de la calle 10 con carrera 3, hace parte del cabildo Muisca de Oriente y es una de las cinco huertas que conforman la ruta agroecológica ‘De regreso a la tierra’ del JBB.

“El Apotecario del Cóndor se rige bajo los conceptos de ordenanza y trabajo comunitario y es considerado un espacio agroecológico comunitario. La propiedad consta de tres predios y es una combinación de historia, espiritualidad y respeto por la naturaleza”, informó Andrea.

Dentro del jardín de la casona está ubicada una gran huerta que alberga una gran variedad de alimentos y un corral de gallinas. “También cuenta con una piedra sagrada que, según la sabiduría muisca, se conecta directamente con la laguna de Teusacá”.

Además de la huerta, los turistas nacionales e internacionales conocieron los alimentos, bebidas y medicinas ancestrales que hacen parte de este emprendimiento con enfoque holístico y que busca conectar energéticamente las culturas de las Américas.

“Tenemos acuerdos con los cabildos Murui, Arahuacos, Misak y Nasa y desde allí traemos las plantas milenarias al mercado moderno. Vendemos pastillas, tés, cacao, sacha inchi, tabaco, limpias energéticas, kits y accesorios”, informó uno de los trabajadores Del Cóndor.

El primer recorrido de la ruta agroecológica del centro de la ciudad con los museos de La Candelaria terminó hacia las seis de la tarde. “Fue una experiencia maravillosa y desde ya les informo que quiero conocer más huertas de la zona”, dijo la turista española.

“Vamos a seguir organizando estos recorridos que fusionan la agricultura urbana con la historia. Los invitamos a estar pendientes de nuestras redes sociales para que puedan participar”, concluyó la profesional del JBB.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá