• Rodrigo Carrión vio en la agricultura urbana un gran potencial para fusionar tres de sus grandes pasiones: la arquitectura, la naturaleza y el arte.
  • Con Oasis Urbano Bogotá, su emprendimiento ubicado en Suba y que hace parte de un grupo empresarial familiar, ha liderado proyectos de acuaponía y cursos de jardinería y huertas urbanas.
  • Quinta entrega del especial de crónicas de los huerteros que hacen parte del clúster de agricultura urbana del Jardín Botánico José Celestino Mutis.

Si la vida de Rodrigo Carrión Rivas fuera una novela, la protagonista indiscutible sería la naturaleza. Desde que tiene uso de razón, los páramos, montañas, ríos, flora y fauna de Colombia han estado presentes en la vida de este bogotano de 39 años graduado como arquitecto.

El amor por los recursos naturales nació con sus abuelos, en especial en la finca que su abuela paterna tenía en Sopó, un municipio de la sabana de Bogotá que alberga unos de los suelos más fértiles de todo el país.

“Según mi abuela y mis padres, desde los dos años me la pasaba corriendo por las zonas verdes de la finca y jugando con los animales. También me sentaba durante varias horas a escuchar el canto de las aves y contemplar el paisaje”.

En los primeros años de su infancia, Rodrigo también visitaba casi todos los fines de semana la finca de sus padres en Chinauta. “Aunque no tengo recuerdos de esa época, ellos me aseguran que mi actividad favorita era jugar con las gallinas y las codornices”.

Debido a las vacunas que cobraban los grupos armados ilegales, su papá se vio obligado a vender el predio. En esos años, la cabeza de la familia le dio vida a una galería de arte con espíritu de fundación.

“Mi papá no solo quería exponer cuadros: su sueño era consolidar una casa cultural para divulgar el trabajo de artistas emergentes. La galería, ubicada en la avenida 19 con calle 108, se convirtió en mi segundo hogar”.

Rodrigo era un niño introvertido. No tenía muchos amigos y por eso los artistas y las obras de arte de la galería fueron su mayor compañía. “Me enamoré de los cuadros que tenían como protagonista a la naturaleza, como la niebla de los páramos, los cafetales y los bosques”.

Su mamá, que se encargaba de liderar una escuela de arte, lo llevaba seguido a visitar a los artistas. “A los siete años comprendí que mis grandes pasiones serían la naturaleza, el arte y la cultura”.

El negocio familiar arrojó buenas ganancias económicas. Por eso, en 1993 su papá compró un predio en Sopó, ubicado al lado de la finca de la abuela, para reconstruir lo que había hecho en Chinauta. El dueño del terreno, de cuatro hectáreas, se lo dejó pagar en varias cuotas.

“Allí me acerqué mucho a mi padre. En el terreno de Sopó, donde me la pasaba corriendo por los campos y recogiendo semillas para las aves, él empezó a trabajar en un nuevo proyecto inmobiliario, una idea que nació cuando conoció varias constructoras; ya no sería una finca”.

Con las ganancias del nuevo proyecto, la familia compró una nueva casa en Suba y un terreno en el barrio Spring para convertirlo en bodega. “Eran cuatro casas unidas donde había un inquilinato; el patio era enorme y estaba abandonado”.

Arquitecto verde

Antes de graduarse del colegio, Rodrigo no sabía cuál sería su carrera universitaria. Tenía muchas pasiones, como la naturaleza, la biología, el piano, el arte, la cultura y las matemáticas. “Era bueno en casi todas las materias”.

Decidió hacer varios cursos antes de presentar el Icfes, un examen que le podía indicar cuál sería su rama laboral. Sin embargo, siempre sacaba la peor nota y los compañeros del colegio le decían que iba a bajar el promedio del plantel educativo.

“Para sorpresa de todos, yo incluido, me fue muy bien y saqué el mejor puntaje del colegio en filosofía. Aunque me gusta mucho leer y reflexionar, sabía que mi futuro no sería ser filósofo”.

Debido a los buenos resultados en el examen nacional, a Rodrigo le dieron una beca para estudiar en la Universidad del Rosario y escogió derecho como carrera. Sin embargo, no soportó más de dos meses. “Me dormía en las clases y no ponía atención”.

Sus padres le dijeron que renunciara a la beca y escogiera algo que sí le gustara. Cómo seguía indeciso, hizo varios cursos libres, es decir extensiones, de diseño e ingeniería. Pero con ninguna se sentía pleno.

“Mi papá me aconsejó estudiar arquitectura, una carrera que no estaba en mi radar. Le hice caso y me gustó bastante; lo malo fue que tuve problemas con varios docentes y el decano porque mis proyectos se enfocaban en la naturaleza, algo que en esa época era algo descabellado”.

En los últimos años de la carrera, Rodrigo se involucró en el negocio familiar de sus padres, es decir la galería y los proyectos inmobiliarios. “Mi mamá tenía un local comercial donde ofrecía cosas de diseño y tarjetas para eventos; yo hacía las agendas y los portavasos con paisajes de la ciudad”.

Al poco tiempo de recibir su diploma como arquitecto, le salió la primera oferta laboral en una futura construcción de viviendas en Anapoima, municipio de Cundinamarca que, en esa época, es decir finales de 2013, no estaba tan desarrollado como ahora.

“Empecé como arquitecto auxiliar y luego pasé a ser residente. Me asignaron la tarea de entregar las casas, algo que no me gustó porque la jerga de los maestros de construcción era demasiado grosera, machista y homofóbica”.

La gerente del proyecto no lo dejó renunciar y le propuso trabajar como arquitecto administrativo para atender los trámites ante las entidades públicas. Su inconformidad no desapareció, debido a temas de corrupción.

“También me molestaba que las casas eran entregadas con sus alrededores llenos de escombros. Por eso propuse hacer jardines en las zonas aledañas y de esta manera el objeto de mi contrato cambió a arquitecto urbanista y paisajista”.

Rodrigo por fin se sentía conforme con su labor. Se hizo amigo del topógrafo y la persona que manejaba la retroexcavadora para reverdecer las zonas de las viviendas, un trabajo que define como volver a ser niño donde jugó con la tierra y el lodo, pero ahora con una maquinaria.

“Hice cosas muy lindas y me enamoré del paisajismo, los modelos 3D y el movimiento de masas. Pero la constructora, debido a problemas estructurales en las entregas de las casas, se fue a la quiebra. Antes de eso, renuncié”.

Empresa familiar

El paisajismo se adueñó de todo su ser. En Bogotá, Rodrigo empezó a buscar proveedores de plantas, viveristas y arquitectos que trabajaban en un tema novedoso llamado biofilia, es decir la conexión del ser humano con la naturaleza.

“Encontré trabajo en una empresa de paisajismo que había liderado proyectos muy importantes, como los jardines verticales de la Fiscalía General de la Nación y la Universidad Javeriana; allí aprendí muchísimo, pero quería algo de libertad”.

Como había ahorrado un buen dinero en sus experiencias laborales, en 2016 Rodrigo decidió crear una empresa familiar; esta idea lo perseguía desde sus años universitarios y tendría como protagonistas al paisajismo y la biofilia.

“Así nació el grupo Vivarc S.A.S., un homenaje al apellido familiar Vivar: ‘i’ es ingeniería, ‘ar’ es arquitectura y ‘c’ es construcción. Inició para prestar un servicio de mantenimiento de jardines y diseño de paisajismo; varias personas de Anapoima fueron los primeros clientes”.

La bodega familiar en Spring, ubicada en la carrera 49 con calle 134a, se convirtió en la sede del grupo. Uno de los primeros proyectos fue en el centro comercial Hacienda Santa Bárbara para hacer jardines verticales.

“La bodega se convirtió en el sitio de los experimentos. Luego del proyecto de jardines verticales en este centro comercial de Usaquén, en 2016 me salió un trabajo con el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) que me permitió hacer volar el grupo empresarial”.

Debido a las demoras con los pagos por su trabajo como arquitecto paisajista, Rodrigo aceptó como parte de la remuneración recibir 15.000 plantas de jardinería. Para este material vegetal, construyó dos invernaderos en la bodega familiar.

“Empecé a reproducir el material vegetal por medio de esquejes. En 2018 ya tenía más de 70.000 plantas de diversas especies que comencé a comercializar; aunque las vendí todas, la competencia de varios viveros en la zona complicó el negocio”.

Entre 2018 y 2019, Rodrigo se propuso una meta: que el grupo empresarial familiar debía tener como principal línea al paisajismo y que no fuera un servicio de última necesidad, sino que estuviera de primero o segundo en los proyectos.

“Tomé varios cursos de agricultura urbana y agroecológica. Uno de los mejores fue el de una empresa llamada Rizomas Paisajes Sostenibles en Subachoque, que tenía un predio lleno de cultivos agroecológicos y un bosque comestible que me encantó”.

Los dueños de este emprendimiento le comentaron de un proyecto en Francia que utilizaba un sistema acuapónico, es decir una iniciativa que mezcla la cría de peces y el cultivo de plantas sin suelo en un entorno simbiótico. 

“Me puse a investigar sobre tecnologías agroacuícolas. Por ejemplo, encontré que la hidroponía lleva más de 80 años, es decir que no es algo nuevo, pero la acuaponía empezó en la década de los 70 y hay muchas investigaciones de comercialización desde el 2008”.

Con el dinero que ganó en varios proyectos liderados por el grupo Vivarc, Rodrigo pudo viajar a Estados Unidos, México y Alemania para nutrir sus conocimientos acuapónicos, hasta ahora bastante inmaduros.

“Fueron experiencias muy enriquecedoras donde conocí prácticas agroacuícolas en ecosistemas extremos; sistemas de producción de peces, tomates y ajíes e invernaderos robotizados en vidrio; y la instalación de paneles solares”.

En Berlín (Alemania), conoció un proyecto de renovación urbana con sistemas agroecológicos que consistía en recuperar una zona crítica con la construcción de edificios, comercios y restaurantes, además del montaje de huertas en las terrazas para producir alimentos.

“En una universidad de Texas (Estados Unidos) conocí al director de sistemas experimentales en acuaponía y tuve el privilegio de ver cómo estaban trabajando para financiar un programa del gobierno relacionado con el tema aeroespacial”.

En su investigación, Rodrigo entendió que la acuaponía es la tecnología más nueva en la producción sostenible de alimentos, ya que mezcla la animal y la vegetal. “Conocí proyectos fascinantes como domos tecnológicos en medio del desierto para producir alimentos”.

En 2020, cuando regresó al país, su mente le decía que tenía los aprendizajes necesarios para demostrar que el desarrollo paisajístico es un tema de primera necesidad. Lo primero que hizo fue sacar varios préstamos con los bancos para darle vida a su nuevo sueño.

“Durante la pandemia del covid-19, desmonté los invernaderos de la antigua bodega familiar que teníamos en el barrio Spring y empecé a construir las bases para mi futuro proyecto agroecológico”.

Peces y hortalizas

El patio de la bodega del barrio Spring, un terreno que contaba con varias áreas divididas en muros de cemento, se convirtió en su laboratorio. Primero montó varias huertas pequeñas donde sembró rúgulas, lechugas y espinacas. 

A finales de 2020, Rodrigo empezó a darle vida a su gran sueño: construir una zona para criar peces y cultivar hortalizas. Con la asesoría de un ingeniero belga que vivía en Barcelona, adecuó una de las áreas para montar un sistema agroacuícola.

“Le instalamos paneles fotovoltaicos y un sistema de recolección de agua lluvia; en noviembre de 2021 empezó a operar con cientos de truchas. A los tres meses, la mayoría de peces murieron y a los seis meses pasó lo mismo; fue por fallas en los paneles solares de energía ambiental”.

 El experto belga lo tranquilizó al asegurarle que era algo normal en estos proyectos novedosos. “Empecé a criar especies ornamentales, como la carpa Koi, Goldfish y cuchas. A los tres meses, las truchas murieron, pero sobrevivieron todas las carpas”.

Con las carpas, el proyecto de Rodrigo despegó y salieron miles de hortalizas como lechugas, acelgas, albahacas y rúgulas. “De esta manera, empecé a brindar cursos o talleres de acuicultura, una práctica que disminuye en un 90% el consumo del agua”.

En 2024, la Fundación Suiza para el Desminado se enteró del proyecto del arquitecto verde y visitó las instalaciones del Grupo Vivac en Suba para conocer el sitio de la iniciativa agroacuícola.

“La fundación vino con cerca de 15 personas víctimas del conflicto armado en el Tolima y La Guajira y vieron cómo funcionaba este sistema acuícola de recolección de agua lluvia, paneles solares, agricultura urbana y producción de peces”.

Según Rodrigo, la fundación suiza quería desarrollar un sistema de acuaponía en sitios afectados por la violencia en Soacha, Tolima y la costa Atlántica. De esta manera buscaba beneficiar a las comunidades vulnerables de una manera social y ambiental. 

“El objetivo era crear proyectos de acuaponía, hidroponía, agricultura o cultivos de curíes y codornices en zonas de 140 metros cuadrados. Estas ecogranjas contarían con paneles solares, biodigestores, sistemas de agua lluvia e iniciativas de recuperación de suelos”.

El nuevo proyecto iba a iniciar en el Armero-Guayabal, una zona del Tolima afectada desde 1985 por la avalancha del nevado del Ruiz y que luego fue víctima de otras personas, en especial los grupos armados, que se adueñaron de las tierras.

Rodrigo les presentó todas las líneas de su proyecto de agricultura urbana 2.0 y les propuso iniciar con una serie de capacitaciones virtuales para los beneficiados durante seis meses. “Lo más importante era capacitar a la comunidad”

“En 2025, la fundación aprobó el proyecto y estamos a la espera de iniciar con las capacitaciones. Será todo un reto porque en Armero-Guayabal las condiciones son demasiado distintas a las de Bogotá”.

“Oasis Urbano”

El grupo Vivarc, también llamado Casa Vivarc, una empresa familiar en la que participan sus padres, ofrece diversos productos y servicios ecológicos para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

“Somos una empresa que implementa prácticas sostenibles y el uso de recursos agroacuícolas. Realizamos talleres en donde la creatividad se fusiona con la naturaleza; transformamos la naturaleza en arte; y tenemos cultivos en nuestro centro agroacuícola”.

Rodrigo bautizó la parte del proyecto acuícola y de agricultura urbana como Oasis Urbano Bogotá, un emprendimiento personal que, además de criar peces y producir hortalizas, ha reverdecido varias zonas del predio con plantas medicinales y aromáticas.

“Nuestras cosechas son productos naturales y saludables que aportan vitalidad al diario vivir. Las hortalizas cultivadas en agua son libres de aditivos químicos e insecticidas; son cosechadas con amor, respeto y dedicación que garantizan la mayor calidad y frescura”.

Según Rodrigo, el sistema agroacuícola tiene una capacidad para producir más de 300 hortalizas mensualmente, como albahaca verde y morada, varias especies de lechugas, hojas asiáticas y aromáticas.

“No usamos agua del acueducto. En su lugar empleamos agua lluvia filtrada y desinfectada con rayos UV y de esta manera reducimos el consumo de recursos naturales. Nuestros sistemas de cultivo funcionan con energía solar y reciclamos desechos del jardín para producir compostaje”.

Para el arquitecto verde, la acuaponía es un sistema donde se unifican las técnicas de acuicultura con el cultivo hidropónico de plantas y genera un sistema en el que los desechos orgánicos o metabólicos de los peces son transformados en materia orgánica vegetal.

“Son nutrientes vitales para las plantas, un proceso que es realizado por una amplia gama de bacterias y microorganismos que responden a sus requerimientos; el agua ya filtrada crea el ambiente idóneo para el crecimiento de la fauna acuícola”.

Este emprendimiento de agricultura urbana 2.0 también transforma alimentos en jaleas, mieles e infusiones para la salud. “La materia prima la obtenemos de las zonas donde sembramos las plantas aromáticas o medicinales”.

La zona acuícola del emprendimiento está en fase de fortalecimiento. Rodrigo aseguró que ha tenido algunos inconvenientes con los sistemas de aireación y reciclaje del agua lluvia para mantener los peces y las hortalizas.

“Necesitamos una bomba que cuesta tres millones y más de cinco millones en ser instalada. Es muy costoso y estamos pensando qué hacer, ya que aún tenemos muchos préstamos con los bancos de las deudas pasadas”.

Mientras tanto, Rodrigo y sus familiares siguen prestando los demás servicios ambientales de Oasis Urbano y el grupo Vivarc, como charlas de agricultura urbana, acuaponía y procesos para transformar alimentos en productos saludables.

Clúster

En 2024, Rodrigo, que lidera la huerta Oasis Urbano Bogotá con Felipe, su pareja, se enteró que el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) podía fortalecer su emprendimiento a través del proyecto de agricultura urbana y periurbana. 

“El líder de la huerta Uchuva, un amigo de la localidad de Suba, me comentó sobre esta estrategia e inmediatamente me comuniqué con esa entidad que tanto conozco y llevo en el corazón; las profesionales Nubia Cifuentes y Claudia Veloza me visitaron”.

Además de fortalecer su proceso de agricultura urbana, las expertas le comentaron sobre un nuevo proyecto que busca impulsar la economía de los huerteros urbanos de la ciudad a través de alianzas comerciales con algunos restaurantes y hoteles.

Se trata del clúster de agricultura urbana, una estrategia liderada por Johanna Aristizábal Galvis, ingeniera química de la Universidad Nacional de Colombia y magíster en desarrollo e innovación de alimentos y agricultura internacional sostenible.

“Con cuatro profesionales empezamos a crear esta estrategia que le apunta a que algunos de los huerteros que tienen excedentes de productos en sus huertas, puedan venderlos de manera más efectiva”, dijo Johanna.

Lo primero fue seleccionar algunas de las 40 especies útiles y promisorias de la agricultura urbana que fueron estudiadas por la Subdirección Científica del JBB, algunas de ellas nativas y ancestrales.

Como el clúster también busca evaluar el impacto de la agricultura urbana en el contexto local, Johanna y su equipo seleccionaron varios indicadores para medir en ciertas huerta urbanas de la capital.

“Escogimos indicadores de sostenibilidad ambiental (biodiversidad, resiliencia ambiental y uso eficiente de recursos); social (seguridad y soberanía alimentaria y bienestar humano) y económicos (productividad y eficiencia, y economía local)”.

Según Johanna, estos indicadores no solo son para las huertas que iban a ser parte del clúster. “Forman parte de la célula de producción inicial y también trabajamos en una muestra representativa de huertas en las diferentes localidades de Bogotá”.

El clúster inició en las localidades de Suba y Usaquén. Decenas de huerteros fueron llamados a conocer este proyecto de investigación que contaría con Oda, un restaurante de cocina de autor que celebra los sabores colombianos.

“Seis agricultores urbanos aceptaron la propuesta y en diciembre de 2024 fortalecimos sus huertas con más de 10 de las 40 especies priorizadas, como mostaza roja, guaca, canelón y ruibarbo”, informó la ingeniera.

Tunta Chavela, Uchuva, Los Helechos, Jacana, Oasis Urbano Bogotá y ‘Cobá: el hogar de las abejas’, fueron visitadas por los chefs de Oda y realizaron varios talleres de cocreación para escoger las especies con las que iban a elaborar cocteles y postres.

Los seis huerteros sembraron especies como mostaza roja, guaca, canelón, ruibarbo y otros tesoros ancestrales. Cuando salieron las primeras cosechas, Oda empezó a comprarles los productos.

“También recibieron talleres en habilidades financieras y estrategias de ventas para que pudieran darle un buen valor económico a sus productos agroecológicos. Algunos ofrecieron servicios como recibir visitas de los clientes del restaurante”.

Rodrigo decidió participar por dos razones: lo novedoso del proyecto y conocer y hacer vínculos con los otros cinco huerteros para así fortalecer sus conocimientos de agricultura urbana a través de sus experiencias.

“Nunca he pensado en comercializar los peces, ya que para eso se necesita del permiso de la autoridad ambiental pesquera. Mi objetivo siempre ha sido producir alimentos saludables a través de la acuicultura y aprender de otros huerteros expertos en la materia”.

El huertero 2.0 y su pareja destinaron varias zonas de este predio familiar del barrio Spring para sembrar las especies priorizadas por el JBB. Cuando salieron las cosechas, el restaurante Oda les empezó a hacer algunos pedidos.

“Los pedidos no son tan constantes y creo que hay varias cosas para perfeccionar. Sin embargo, este Oasis Urbano, que quiero replicar en otras zonas de la ciudad y del país, seguirá con vida a pesar de todos los inconvenientes que hemos tenido”.

Por ejemplo, ya tiene pensado empezar a sembrar orellanas, hongos que están catalogados como un reemplazo de la carne. “Mientras veo que hago con la zona de los peces, seguiré liderando otras iniciativas con las orellanas y plantas medicinales, las cuales consumo a diario”.

También quiere fortalecer sus conocimientos para compartirlos con la comunidad. “Tengo mucho por compartir. Siempre he querido enseñar, un sueño que espero empezar en Armero-Guayabal y luego en Bogotá”.

Mientras su vida laboral empieza a coger un nuevo rumbo, Rodrigo no se ha quedado de brazos cruzados. Por ejemplo, con su pareja empezaron a liderar un proyecto de cenas ocultas, algo que inició en España durante la pandemia.

“En este predio contamos con un amplio salón para hacer reuniones y otras actividades. Un día, una señora que nos compraba plantas nos dijo que trabajaba en una empresa y que estaba buscando sitios para hacer eventos empresariales”.

A la pareja le sonó el nuevo proyecto. “Conocimos al chef de la empresa y después de negociar los costos y demás cosas logísticas, hicimos su evento en nuestro espacio. Luego, con Felipe hablamos con otras personas interesadas y así nació la estrategia de cenas ocultas”.

Además de las cenas donde las personas también podían visitar las zonas de las huerta de aromáticas y medicinales, Rodrigo y Felipe abrieron el espacio para actividades de salud mental. “Yo sufro de depresión y ansiedad y por eso sé que es necesario ayudar en esos procesos”.

El arquitecto también revivió un proyecto cultural de la familia. “Mi papá tenía muchas obras guardadas de artistas con sus respectivos derechos en el tercer piso del sitio. Las empezamos a vender en el local de mi mamá en Hacienda Santa Bárbara y nos ha ido bien”.

Sin embargo, Rodrigo asegura que esto es temporal. “Aunque el arte me gusta, mi verdadera pasión es fusionar lo ambiental con la arquitectura. Espero que podamos pasar las vacas flacas pronto y empezar a trabajar en nuevas iniciativas de agricultura urbana”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá