- Varias custodias de semillas de diferentes partes del país recorrieron el bosque urbano más icónico de la ciudad: el Jardín Botánico de Bogotá.
- Además de conocer la huerta y el banco de semillas nativas, estas guardianas de la naturaleza intercambiaron sus conocimientos con los profesionales de la entidad.
- Las mujeres defensoras de la tierra están interesadas en realizar encuentros con sus comunidades en este pulmón verde que cumple 70 años de vida.

Entre el 21 y 26 de abril, las instalaciones del Museo de Arte Miguel Urrutia (MAMU), un recinto cultural ubicado en el centro histórico de Bogotá, se vistió con los colores, formas, tamaños y propiedades de los diminutos tesoros que guardan en su interior la vida misma.
Durante estos días, el Banco de la República, el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y el Instituto Humboldt realizaron “Semillas, memorias que llevan vida”, un encuentro de intercambio de saberes que contó con las voces de varios custodios y defensores de la naturaleza.
“Fue un espacio para comprender las interconexiones que tienen las semillas con los procesos alimentarios, medicina tradicional, autonomía alimentaria, cambio climático y aprendizajes de las comunidades”, dijo Ángela Pérez, subgerente cultural del Banco de la República
El primer día del encuentro, Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo del JBB que se encargó de inaugurar la actividad, fijó su mirada en un grupo de mujeres que visibilizan los saberes tradicionales indígenas, afro y de las comunidades campesinas.

Se trataba de Nimia Iris González, promotora de la cocina tradicional de Nuquí (Chocó); Deisi Elena Ortega, ingeniera agrónoma y campesina de Ciénaga (Magdalena); y María Josefina Jacanamejoy, lideresa indígena de la comunidad kamëntsa biyá de Sibundoy (Putumayo).
Estas mujeres, cada una con los vestidos típicos de sus regiones, iban a compartir el trabajo que hacen en sus territorios para preservar la biodiversidad y recuperar las semillas, alimentos y medicinas de sus culturas.
En “Defensoras de la tierra: saberes rurales”, charla que estuvo moderada por Fernando Barona, director de la Biblioteca Luis Ángel Arango, estas guardianas de la naturaleza y custodias de semillas contaron las experiencias que lideran en estas tres regiones del país.
Terminada la charla, el subdirector técnico operativo del Jardín Botánico se reunió con las sabedoras rurales y las invitó a conocer el bosque urbano más icónico de la ciudad, 20 hectáreas con 70 años de vida.
“Las invité a conocer las colecciones vivas del JBB, un sueño del padre Enrique Pérez Arbeláez inspirado en la Expedición Botánica de José Celestino Mutis creado en 1955 y que abrió sus puertas al público en 1971. Las defensoras de la tierra aceptaron con gusto visitarnos”.

Visita al JBB
El 25 de abril, en horas de la mañana, Nimia Iris González, Deisi Elena Ortega y María Josefina Jacanamejoy, acompañadas por una custodia de semillas de Bolivia, conocieron uno de los pulmones más biodiversos de la capital.
La vegetación de la emblemática cascada del bosque de helechos, la rosaleda y el robledal; las representaciones de los diferentes ecosistemas del país en el Tropicario; y el sendero lleno de orquídeas y bromelias; sorprendió a las visitantes.
Sin embargo, dos sitios del Jardín Botánico les puso a latir más el corazón: la huerta urbana, un sitio creado hace 21 años y que cuenta con 130 especies y 240 variedades de plantas; y el banco agroecológico de semillas nativas y criollas.
“Nosotras custodiamos las semillas de los territorios y las sembramos. Todas las hortalizas, frutales y plantas medicinales son parte de la alimentación y cultura de las comunidades y por eso estos dos sitios fueron los favoritos durante la visita”, dijeron las mujeres.

Álvarez les contó sobre el programa de agricultura urbana y periurbana que lidera la entidad desde 2004, una estrategia que les brinda asistencia técnica, capacitaciones e insumos a la comunidad huertera de la capital.
“El JBB también resguarda el conocimiento ancestral de las comunidades y el arraigo por los territorios a través del montaje de huertas urbanas, sitios que les permiten producir su propio alimento y trabajar de manera colectiva”.
A través de este programa, Bogotá ya suma cerca de 18.000 huertas urbanas en espacio público y privado. “Nuestra meta es superar las 25.000 huertas en todas las localidades de la ciudad y continuar formando a la ciudadanía en agricultura urbana”.
En una de las malocas de la entidad, sitio donde funciona el banco de semillas del JBB, Juan David Córdoba, ingeniero en agroecología que coordina este proyecto, se encargó de contarles a las guardianas de la naturaleza sobre esta estrategia que nació hace cuatro años.

“Hemos logrado consolidar 10 bancos comunitarios de semillas agroecológicas en las localidades de Rafael Uribe Uribe, Suba, Usme, Sumapaz, Bosa, Fontibón, San Cristóbal, Chapinero y Kennedy”.
Según Córdoba, el banco de semillas del JBB es la madre de los nueve bancos comunitarios. “De acá provienen las semillas que surten a los otros. Funcionan a través de préstamos: por cada semilla de alguno de los bancos, la comunidad debe devolver el doble”.
El banco institucional del Jardín Botánico cuenta con varias repisas elaboradas en madera reciclada y donde fueron organizados 150 frascos de vidrio que contienen más de 20 especies y 48 variedades de semillas criollas y nativas de Colombia.

Algunas de las variedades de papas y maíces de este banco son sembradas en las parcelas que fueron montadas en unas zonas de la huerta del JBB. “A futuro vamos a experimentar con otras especies”, informó Córdoba.
Las custodias de semillas del Pacífico, Caribe, Putumayo y Bolivia quedaron muy satisfechas por conocer estos sitios del Jardín Botánico y ahora están interesadas en realizar futuros encuentros con sus comunidades.
“Nos gustaría que nuestras comunidades también conocieran este tesoro verde que tiene Bogotá y además hacer intercambios de saberes. Estamos seguras que aprenderemos demasiado de cada una de las experiencias”.

Saberes de los territorios
Durante la visita al Jardín Botánico y el encuentro “Semillas, memorias que llevan vida”, estas mujeres sabedoras y defensoras de la vida compartieron sus testimonios de defensa de la naturaleza con las comunidades y cómo custodian las semillas en sus territorios.
Nimia Iris González Valdés, mujer afro oriunda del municipio chocoano de Nuquí y destacada promotora de la cocina tradicional del Pacífico colombiano, expresó que su amor por la tierra inició desde que abrió los ojos por primera vez en la playa Guacharito.
“En esa época, el corregimiento donde esta ubicada esa hermosa playa solo tenía una casa, la de mi papá. Mi madre tuvo 14 hijos y a todos los atendió una partera o comadrona, una mujer que con su sabiduría hacía los controles prenatales”.

Esta licenciada en básica primaria que hace parte de la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Nuquí, dejó atrás su vida política (fue concejala durante 12 años) y se metió de lleno a la cocina y el trabajo comunitario.
“Para mí la comunidad es la creación de un pueblo o una familia pequeña conformada por líderes y organizaciones que quieren un bien común en su lugar de origen. Esa construcción empieza por aprender de los conocimientos de los padres y abuelos”.
Para esta chocoana, los animales son la muestra perfecta del trabajo comunitario. “Las mulas arrieras, por ejemplo, no trabajan solas; siempre hay una reina que lidera y las demás llevan la carga. Las hormigas igual, todo lo hacen en conjunto”.
Nimia Iris destaca que las comunidades deben unirse para trabajar en beneficio de los pueblos. Recuerda que así lo hacían sus padres y vecinos durante su infancia, cuando trabajaban duro en el campo y luego hacían trueques con el maíz y el arroz.

“No se pagaba con dinero, sino con alimento y trabajo. Eso se ha perdido hoy por el comercio y por eso creo que todos debemos ayudarnos para que todo el pueblo colombiano salga adelante.Tenemos que seguir sembrando para sostenernos como familia”.
Deisi Elena Ortega Pérez, ingeniera agrónoma en proceso de grado en la Universidad del Magdalena y tecnóloga en producción agrícola egresada del SENA, es una campesina de nacimiento que desde niña aprendió a labrar la tierra.
“Nuestro contacto con la naturaleza es una raíz que no se pierde. Para los campesinos, la tierra es el eje que nos une, donde tejemos lazos de familiaridad, amistad, económicos y culturales. El sitio donde sembramos una semilla, es el núcleo del conocimiento y la experiencia”.
Esta mujer costeña aseguró que los campesinos son una especie en peligro de extinción debido a la pérdida de las semillas nativas y criollas. “Cuando nos introducen una semilla que no es nuestra, perdemos nuestros saberes ancestrales y la esencia misma”.

Este panorama la motivó a trabajar con las mujeres de su pueblo natal, Ciénaga, y el departamento del Magdalena, un camino de 18 años dedicado a la educación y a transmitir los conocimientos ancestrales utilizando las nuevas tecnologías.
“Así nació la Red de Mujeres Rurales del Magdalena, lideresas que buscamos incidir en las instancias administrativas y públicas para que se respeten nuestros conocimientos y derechos; uno de nuestros logros fue participar en la construcción de la política pública de la mujer”.
Deisi Elena recalca que el trabajo comunitario en los territorios no le puede dar la espalda al desarrollo y los cambios sociales. “Lo que debemos hacer es llegar a un equilibrio donde podamos recibir conocimiento y tecnología, pero siempre con la base de nuestros saberes”.
María Josefina Jacanamejoy, una lideresa indígena de la comunidad kamëntsa biyá de Sibundoy que ha aprendido desde la vivencia con sus abuelos a trabajar en los agroecosistemas, expresó que el trabajo colectivo es la clave para mantener con vida la ancestralidad.
“Desde nuestros orígenes hemos entendido que el trabajo comunitario y en colectivo es la única forma para que nuestros saberes sobrevivan. Sin embargo, nos enfrentamos a muchos factores que han cambiado nuestra forma de ver la vida, visión, lengua, vestidos y trabajo de la tierra”.

Según esta líder indígena del Putumayo, desde hace más de 60 años su territorio ha ido perdiendo su ancestralidad y legado cultural debido a las nuevas visiones, el enriquecimiento económico personal y la falta de sostenibilidad.
“Esto nos llevó a crear un grupo de semillas conformado por 21 personas, la mayoría mujeres, que nos dedicamos a defender la tierra y la vida. Estamos rescatando nuestra identidad a través de un trabajo colectivo, como nos enseñaron los mayores”.
María Josefina indicó que este rescate de la ancestralidad empieza en las familias. Luego trabajan en el resguardo y con las nuevas generaciones para que aprendan sobre la cultura, lengua, artesanías y las semillas que les permiten contar con soberanía alimentaria.
“Nuestro territorio es muy generoso y por eso tenemos en los espacios sagrados muchas semillas de plantas medicinales, comestibles y las que nos permiten elaborar las artesanías. Gracias a eso no sufrimos de hambre durante la pandemia”.

Guardianas de semillas
Las tres defensoras de la tierra también hablaron sobre su trabajo como custodias y guardianas de las semillas nativas y criollas que hay en sus territorios, un legado ancestral que aprendieron desde niñas y el cual le transmiten a las comunidades.
“Nuestra comunidad siempre ha cuidado las semillas. Este trabajo lo han liderado las mujeres mayores en sus espacios sagrados y nosotros lo estamos retomando con la casa comunitaria de semillas que creamos”, dijo María Josefina.
En este proyecto, las mujeres mezclan los saberes ancestrales con los nuevos conocimientos científicos, una alianza que busca rescatar y conservar las semillas nativas y criollas y así mantener la biodiversidad del territorio.

“Contamos con un banco in situ de semillas de maíz, frijol, tubérculos, plantas medicinales y comestibles. Seguimos aprendieron del conocimiento de las mayoras, pero ahora estamos trabajando con los científicos para adaptarnos al cambio climático”.
Deisi Elena manifestó que los habitantes del Magdalena tienen una gran responsabilidad sobre sus hombros: conservar las semillas que hacen de este territorio uno de los sitios más biodiversos del planeta y que tiene todos los climas y pisos térmicos.
“Ese privilegio es una responsabilidad enorme. Con la Red de Mujeres Rurales del Magdalena le estamos dando frente al desarrollo, pero sin perder nuestras prácticas ancestrales. Le abrimos la puerta a las nuevas tecnologías con organizaciones de todo tipo”.
Según esta mujer caribeña, cada territorio tiene un custodio o promotor que se encarga de velar porque el conocimiento ancestral no se pierda o tergiverse. “Las organizaciones nos capacitan y al mismo tiempo aprenden de nuestro legado”.

El espíritu de este trabajo es la educación, palabra que Deisi Elena define como la única capaz de transformar un territorio. “Educando es que podemos cambiar, formar o transformar. He hecho de la educación mi principal herramienta de vida”.
Nimia Iris narró parte de su experiencia en la cocina tradicional del Pacifico, un arte que en su territorio ha sobrevivido de generación en generación y que ella aprendió empíricamente viendo cómo cocinaban sus familiares y vecinas.
“El mejor maestro es el ojo: lo que uno ve, lo calca y lo replica. Viendo a las mujeres mayoras aprendí a cocinar y también a conservar y custodiar las semillas, los tesoros de donde vienen todos los alimentos”.
Según esta chocoana, la persona que visita Nuquí siempre llega a su cocina. “El voz a voz es el espíritu de mi cocina. No tengo redes sociales y por eso mis clientes son las personas que mis vecinos y amigos me envían”.

En su casa, Nimia Iris prepara los platos tradicionales de la región Pacífica, manjares que ha ido mezclando con otros sabores. “La cocina no puede perder la cultura, pero sí tenemos que innovar, cambiar, aprender e inventar nuevas recetas”.
Todos los productos que utiliza en la cocina son naturales y libres de químicos. Las hierbas con las que sazona, como orégano, poleo, cilantro, albahaca negra y jengibre, las siembra en la huerta de su terraza.
“La siembra es el corazón de la cocina tradicional. Por eso también custodio las semillas del territorio y aprendo cada día más. En mi casa está prohibido el plástico y los desechables; reciclo todo y el que llega a comer, le sirvo en mis platos”.
Ya está pensando en darle vida a una escuela comunitaria para que los niños y jóvenes aprendan de los platos de la región y así rescatar la cocina tradicional del Pacifico colombiano, un sitio que considera el pulmón del mundo.
“Hace cuatro años creamos el Festival Ancestral de Saberes y Sabores del Pacifico. Mi pueblo es una inspiración divina hecha para disfrutar. Las gigantescas ballenas llegan a parir sus ballenatos en las aguas de Nuquí, un paraíso natural planetario”.


