- Carlos David Rodríguez, licenciado en educación básica con énfasis en ciencias sociales, lleva una década liderando proyectos educativos de agricultura urbana en la localidad de Suba.
- Los colegios distritales Jaime Niño Díez y Veintiún Ángeles han sido sus grandes laboratorios. A través de prácticas de cuidado con la comunidad educativa, consolidó varias huertas escolares.
- Este docente que quiere convertirse en un líder transformador de espacios, ha sembrado la semilla de la conservación ambiental en cientos de niños y jóvenes.

En diciembre de 2023, luego de superar serios inconvenientes como la pandemia del covid-19, el incumplimiento del primer contratista de la obra e incluso actos de vandalismo, el Distrito inauguró una moderna institución educativa en Lombardía, un barrio de la localidad de Suba.
Se trata de un colegio distrital que honra el legado académico de Jaime Niño Díez, un educador que fue director del ICFES y el ICETEX, secretario de Educación de Bogotá, viceministro de Educación y rector de las Universidades Piloto y Autónoma de Colombia.
El predio de 5.745 metros cuadrados, ubicado en la carrera 109b con calle 145, fue dotado con decenas de aulas de primera infancia, primaria, secundaria y de tecnología e informática, además de varios laboratorios, una cancha deportiva múltiple y un parque infantil.
Desde que abrió sus puertas, los docentes de esta edificación de dos pisos y un sótano que contó con una inversión de más de 26.000 millones de pesos, empezó a educar a 580 niños y adolescentes en una jornada única.

“Nuestra misión es responder a los desafíos que plantea la globalización y formar a nuestros estudiantes a partir del fortalecimiento de competencias con énfasis en gestión empresarial, marketing digital e inglés como segunda lengua”, revela la página web del colegio Jaime Niño Díez.
Sin embargo, la modernidad de sus instalaciones contrastaba con la ausencia de la magia de la naturaleza. En su interior, carente de plantas, árboles o arbustos, el color sobresaliente era el terracota de su fachada enladrillada.
Hoy en día, el panorama ambiental de este plantel educativo de Suba es otro. Miles de plantas medicinales, aromáticas, ornamentales y suculentas fueron sembradas por los estudiantes en pequeñas materas, nuevas coberturas vegetales que organizaron a lo largo de los pasillos.
La parte trasera del colegio, un área que colinda con un futuro parque del barrio Lombardía, se convirtió en una amplia huerta escolar donde la comunidad educativa siembra hortalizas y frutales de una manera agroecológica.

Dos zonas duras ubicadas bajo las escaleras fueron renaturalizadas con cientos de plantas aromáticas y medicinales. En los alrededores del colegio fueron plantados decenas de árboles y arbustos, algunos nativos como yarumos, sietecueros, nogales y cedros.
El reverdecer del Jaime Niño Díez tiene como protagonista a Carlos David Rodríguez Mancera, un licenciado en educación básica con énfasis en ciencias sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas que lleva una década liderando proyectos de agricultura urbana.
Con la luz verde de la rectora de la institución, el especialista en gerencia de proyectos educativos y futuro magíster le dio vida a una estrategia huertera y ambiental que ha sembrado la semilla de la conservación en sus alumnos.
“Desde niño sentí un gran interés por los temas ambientales, rurales y sociales, tres pilares que están presentes en la agricultura urbana y los cuales he podido desarrollar como docente del Distrito. Los invito a conocer mi historia”.

El inicio
Carlos, un hijo del barrio Suba Rincón, recuerda que su pasión por las temáticas ambientales y sociales nació mientras estudiaba la licenciatura en educación básica en la Universidad Distrital, específicamente en las salidas de campo.
“Me enamoré del campo colombiano y me propuse una meta para mi futura vida como docente de sociales: trabajar en la educación rural y así desarrollar una nueva escuela en algún municipio del país”.
Al percatarse que cerca del 75% de Bogotá está conformada por tierras rurales, su enfoque cambió. Ahora quería trabajar en la ciudad para que los niños y jóvenes reconocieran las raíces campesinas del territorio.
En 2017, al poco tiempo de recibir su diploma como licenciado, Carlos ingresó al colegio distrital Veintiún Ángeles, ubicado en Suba, como docente de ciencias sociales, ética y religión. Inmediatamente, su mente empezó a maquinar su primer proyecto ambiental.

“Quería ir más allá del discurso y la teoría, es decir trabajar con cosas prácticas para construir una ciudadanía ambiental en la comunidad educativa. Durante el periodo de prueba en el colegio, estudié varias temáticas ambientales”.
La primera acción ambiental en la que participó, un proyecto de arborización liderado por el Jardín Botánico de Bogotá (JBB), fue la plantación de cientos de árboles y arbustos de 60 especies en las zonas verdes internas del Veintiún Ángeles.
“Fue un proyecto muy especial de ciudadanía activa y gobernanza estudiantil donde los niños y jóvenes, desde jardín hasta 11° de bachillerato, además de los docentes y directivos, apadrinaron los árboles”.
El siguiente paso fue revivir la huerta escolar de este colegio ubicado en una zona montañosa. Carlos, que durante sus años universitarios aprendió de manera autodidacta varias técnicas de la agricultura urbana, desempolvó los conocimientos.

Antes de recuperar el terruño de una forma agroecológica, es decir sin aplicar químicos, el docente y varios de sus alumnos tomaron el curso básico de agricultura urbana y periurbana del Jardín Botánico, conformado por cinco módulos.
“Luego, Germán Herrera, profesional del JBB que brindó el curso, nos asesoró técnicamente para crear la huerta desde cero y además nos regaló plántulas, chipeado y tierra abonada. La huerta fue montada por los estudiantes entre 2018 y 2019”.
Como el colegio Veintiún Ángeles tiene una alta presencia de niños y jóvenes muiscas, una etnia indígena que sobrevive en la localidad de Suba, Carlos comenzó a trabajar en la educación intercultural, uno de los componentes más fuertes de la relación con la tierra.
“Le dimos vida a un proyecto social, ambiental e intercultural transversal que le enseña a los estudiantes sobre el cuidado de los recursos naturales desde lo social y temáticas como las técnicas de cultivo de las antiguas civilizaciones”.
La renovada huerta, que reverdeció con miles de hortalizas, frutales y plantas medicinales, se fue fortaleciendo. Por ejemplo, el licenciado presentó un proyecto a la Alcaldía Local de Suba y le entregaron cerca de 10 millones de pesos en insumos y materiales.

En marzo de 2020, cuando inició la pandemia del covid-19, la huerta escolar del Veintiún Ángeles quedó a la deriva. Debido a las medidas de confinamiento, Carlos y los pequeños huerteros no podían visitarla para hacer las actividades de mantenimiento.
“Una huerta necesita de muchos cuidados, como riego, deshierbe, siembra y cosecha. Como nadie podía ingresar al colegio, todos los cultivos llegaron a su fin, al igual que el proyecto de lombricultura que apenas estaba naciendo”.
Cuando regresó al plantel educativo, Carlos casi no encuentra la huerta: toda estaba cubierta por un mar de arvenses, las mal llamadas malezas. Para revivirla de nuevo era necesario empezar desde cero y el colegio no contaba con los recursos necesarios.
“Fue muy triste ver el fin de la huerta. Sin embargo, nos quedamos con todos los aprendizajes que nos dio este proyecto social, ambiental e intercultural, tanto a la comunidad estudiantil como a mí en lo personal y laboral”.

Segundo proyecto
A finales de 2023, Carlos se despidió del Veintiún Ángeles, un colegio que honra la memoria de los 21 niños del Agustiniano Norte que fallecieron en un accidente y el cual le permitió educar a sus alumnos a través de la historia, la cultura, la conservación ambiental y la agricultura urbana.
No lo hizo por algún inconveniente con los docentes o directivos o por la frustración que le causaba no poder revivir la huerta. La razón era asumir un nuevo reto laboral en el colegio distrital Jaime Niño Díez, recién inaugurado.
“En 2024 pedí el trasladó al nuevo colegio para iniciar un nuevo camino social y ambiental. Siempre estaré agradecido con René Gerardo Andrade, el rector de Veintiún Ángeles, un ser humano muy especial que cree en los sueños de los maestros”.
En su primer recorrido por los recovecos del Jaime Niño Díez, Carlos evidenció que la creación de una huerta sería mucho más apoteósica que en el primer plantel donde trabajó; el cemento era el común denominador.

La única zona verde que tenía para trabajar era un terreno ubicado en la parte de atrás del colegio, un área creada sobre toneladas de residuos de la construcción que fue cubierta por cespedón.
“Los ingenieros que diseñaron y construyeron el colegio no pensaron en una zona de huerta que fuera complementaria a lo educativo. Teníamos instalaciones modernas y excepcionales, pero muy poco espacio para un proyecto ambiental”.
Aunque la jungla de asfalto y ladrillo gobierna la institución educativa, Carlos también evidenció potencial para convertir algunos sitios en oasis de biodiversidad. “Los lugares ubicados bajo las escaleras, cuadrados de cemento, los podíamos llenar con tierra abonada y luego sembrar”.
Se reunió con Nubia Torres, rectora del colegio, y le comentó que su proyecto de vida era consolidar varias zonas huerteras con la participación activa de los estudiantes. Sin embargo, se generó una tensión con los maestros de ciencias naturales.

“No veían con buenos ojos que el profesor de ciencias sociales liderara una iniciativa ambiental. La rectora me ayudó a convencerlos al mostrarles los frutos del trabajo en la huerta de Veintiún Ángeles y poco a poco fueron cediendo; creo que vieron mi pasión por la agricultura”.
2024 fue un año de transición, evolución, negociación e identificación de los lugares que iban a reverdecer con los regalos de la agricultura urbana. Mientras tanto, Carlos creó un proyecto pequeño relacionado con prácticas de cuidado.
Les dijo a los estudiantes de grado décimo que trajeran una planta de sus casas, tesoros botánicos que debían cuidar durante todo el año escolar. “Como las teníamos en los salones, la mayoría no se desarrolló; pero fue el inicio de una gran estrategia”.
Huerta Semilla de Vida
En febrero de 2025 inició en forma el nuevo proyecto social, ambiental, agroecológico e intercultural de este docente de 40 años. La primera meta era cubrir de hortalizas, frutales y plantas medicinales tres zonas del colegio Jaime Niño Díez.
“La más extensa está ubicada en la parte trasera de la institución (toda cubierta por el cespedón) y las otras dos son áreas duras bajo escaleras. Para que se convirtieran en huertas, debíamos contar con mucha tierra”.

Carlos fijó su mirada en un lote contiguo al colegio donde se estaba construyendo un parque, una zona de cesión entregada por la cadena de supermercados Éxito para construir un nuevo centro comercial. “Hablé con los ingenieros de la obra y me dieron permiso para sacar mucha tierra”.
Durante varios meses, el profesor y varios de sus estudiantes transportaron el material en varias carretillas, retiraron el césped y adecuaron el terreno para poder darle vida a la primera huerta. La rectora de la institución gestionó recursos para comprar bultos de tierra abonada.
“Las señoras de servicios generales y el todero de la institución nos ayudaron mucho con el montaje de esta zona. Son personas que tienen sangre campesina y compartieron muchas experiencias con los estudiantes”.
Las zonas duras bajo las escaleras fueron impermeabilizadas y luego cubiertas con tierra negra. Para reverdecer los tres sitios, Carlos se comunicó con conocidos de la Red de Agricultores de Suba, quienes le regalaron algunas plántulas y semillas.

“El colegio también nos ayudó con material vegetal, al igual que varios profesionales del Jardín Botánico. Yo puse dinero para comprar varias de las plántulas y algunos muchachos trajeron plantas de sus casas”.
La comunidad estudiantil nombró la huerta como Semilla de Vida, un terruño agroecológico dividido en tres zonas: la más grande es la comestible, donde se sembraron hortalizas y frutales; y las otras dos son exclusivas para las medicinales y algunas ornamentales.
Mientras trabajaban largas jornadas bajo el sol o la lluvia para darle forma a la huerta estudiantil, Carlos retomó el proyecto de prácticas de cuidado que inició en 2024 con los estudiantes de grado 10°.
“Perfeccioné el proyecto. Los estudiantes, ahora de grado 11, volvieron a traer una planta (medicinal, aromática, ornamental o suculenta) sembrada en una matera y las ubicaron en uno de los pasillos del colegio. Además de cuidarlas, ahora debían llenar una matriz de cuidado”.
Luego, Carlos amplió el número de participantes a todos los alumnos de bachillerato que reciben sus clases de ciencias sociales. “Los pasillos del primer y segundo piso se convirtieron en jardines con cientos de plantas que ellos cuidan y monitorean”.

La matriz de cuidado, llamada 2.0, cuenta con varios elementos. El primero, de recurso y equidad, mide la frecuencia de riego que necesitan las plantas en mililitros; y la cantidad de abono natural que necesitan, un insumo que los alumnos preparan en sus casas.
“El segundo es de soberanía y salud y consiste en conocer las propiedades de las plantas y los usos naturales y culturales que tienen; y el tercero evalúa el clima, es decir cómo se comportan ante las épocas de verano y lluvia”.
Los estudiantes también analizan el impacto que produce la contaminación en cada una de sus plantas. “Estamos al lado de la avenida Suba, un corredor vial bastante afectado por la polución y la contaminación auditiva”.
Con las prácticas de cuidado, los estudiantes entienden que cuidar la naturaleza va mucho más allá del riego y una que otra mirada. “Es darle amor y mucho tiempo de calidad. Con este proyecto ellos también pueden contar sus historias a través de las plantas”.

Fotos: cortesía Carlos Rodríguez.
El docente recuerda a un estudiante de noveno que se retiró del colegio porque no le quedaba tiempo para sus prácticas deportivas. “Yo me hice cargo de su planta y cada vez que le brindo amor y cuidado, recuerdo a este joven y deportista de alto rendimiento”.
Otro caso que se aferró a su memoria es el de una niña que, cuando cursaba séptimo, trajo un cactus diminuto. “Ella se esforzó bastante por cuidarlo y hoy en día está bastante grande, al igual que ella. Las plantas van a crecer al mismo tiempo que sus cuidadores”.
Otras coberturas
La huerta comestible, las dos huertas medicinales y las plantas que cuidan y evalúan los estudiantes, sembradas en más de un centenar de materas que engalanan los pasillos, le dieron vida al colegio y ahora son el hogar de muchos polinizadores.
Carlos no se conformó con esta transformación y le propuso a la rectora crear una barrera natural en las zonas verdes que rodean las instalaciones del plantel educativo, sitios donde el Jardín Botánico plantó decenas de árboles y arbustos nativos.
Compraron más de 1.500 eugenias, plantas bastante utilizadas para hacer cerramientos vivos. Toda la comunidad educativa, entre alumnos, docentes, directivos y padres de familia, participaron en la jornada de plantación.

Fotos: cortesía Carlos Rodríguez.
“También se sumaron algunos habitantes del sector. Muchas personas de la ciudad nunca han plantado una sola planta y piensan que se hace con la bolsa plástica; caso similar a los que creen que las vacas siempre dan leche o que el agua nace en la llave”.
Una zona esquinera del segundo piso que solo contaba con unas mesas pintadas por los cuadrados blancos y negros del ajedrez, se convirtió en un pequeño bosque de orquídeas, los tesoros botánicos favoritos de Carlos.
“Traje varias partes de troncos de árboles de Suba que fueron talados y con los estudiantes montamos una pared para las orquídeas. Esta área también hace parte de la huerta Semilla de Vida y del proyecto de prácticas de cuidado 2.0”.
La entrada del colegio Jaime Niño Díez cuenta con una antigua carretilla con varias plantas medicinales y ornamentales que representa su construcción y el inicio de su transformación en un edén verde.
Según el docente, la carretilla fue utilizada durante la obra del colegio y la encontraron abandonada y desmantelada en el sótano. Los niños y jóvenes la restauraron, embellecieron y renaturalizaron con un nuevo tapete biodiverso que atrae a las abejas y mariposas.

Fotos: cortesía Carlos Rodríguez.
“Una señora de la zona nos regaló un helecho que no le dejaban tener en su casa. Acá le dimos mucho amor y hoy está grande y hermoso; el objetivo es empezar a propagar esta especie para que sea parte de las coberturas del colegio”.
El Jardín Botánico ha sido testigo y partícipe del reverdecer de este nuevo colegio de Suba. Por ejemplo, Nubia Cifuentes, profesional en campo del equipo de agricultura urbana, los asesora constantemente para mejorar la producción de la huerta.
“Es una profesional que pone todo su cuerpo y alma para ayudar a los huerteros. Cada vez que visita el colegio, nos da muchas recomendaciones técnicas para que la huerta sea más próspera y ha sido fundamental en el proyecto de compostaje y el lombricultivo”, expresó el docente.
Otros grupos del JBB también hacen parte de la historia verde del colegio. Por ejemplo, el equipo de arbolado joven fue el que renaturalizó los alrededores del plantel con árboles nativos y la Subdirección Educativa ha realizado cursos de formación de vigías ambientales.
“El mayor activo que tiene esta entidad es su gente. He conocido profesionales maravillosos que hacen hasta lo imposible por ayudar a la comunidad y no se limitan en compartir todos sus conocimientos”.

Fotos: cortesía Carlos Rodríguez.
Futuro huertero
Aunque los estudiantes de bachillerato son los que interactúan de forma directa en las tres zonas de la huerta, las plantas de los pasillos y el pequeño bosque de las orquídeas, Carlos asegura que toda la comunidad se ha visto beneficiada.
“Los 580 estudiantes, desde primera infancia hasta bachillerato, han sido sensibilizados con las prácticas de cuidado. Una de las experiencias más bonitas fue una jornada de embellecimiento de las materas donde participaron niños de jardín y jóvenes de grado 11”.
Todas las cosechas de la huerta comestible son repartidas en la comunidad educativa. Los alumnos, docentes, directivos y personal de servicios generales reciben hortalizas y frutales que fueron cultivados de una forma agroecológica.
“No estamos interesados en darle vida a una iniciativa productiva o comercial: nuestro proyecto siempre será ambiental y pedagógico. Sin embargo, la profesora Elizabeth hace encurtidos con algunas plantas y yo preparo aceites y aguas floridas”.
Carlos asegura que su estrategia ambiental, agroecológica y pedagógica basada en las prácticas de cuidado y la cual hace parte del Proyecto Ambiental Escolar (PRAE), le apunta a varios de los objetivos del Proyecto Educativo Institucional (PEI) del colegio.

Fotos: cortesía Carlos Rodríguez.
“Queremos impactar en la vida de los estudiantes y sus familias a través de una educación ambiental y crítica, la ciudadanía ambiental y la interculturalidad. La educación que les brindamos no es para la escuela sino para la vida”.
En las actividades ambientales, los niños y jóvenes han comprendido que el proceso de una huerta es el mismo de la tierra. “No podemos acelerarnos sino aprender a respirar al ritmo de las plantas; tenemos un proyecto holístico y transformador”.
En 2026, Carlos y sus huerteros ‘patojos’ tienen proyectadas varias acciones. La primera será construir un pequeño invernadero al lado de la huerta comestible para así poder germinar y propagar su propio material vegetal.
“También queremos montar un mariposario, un banco de semillas estudiantil y una huerta comunitaria con varios vecinos del sector. Mi ideal es que el colegio cuente con un corredor ecológico en el que participen otros docentes”.

En agosto, el colegio Jaime Niño Díez será el epicentro del primer encuentro de huertas educativas y escolares de la localidad de Suba, una actividad donde los docentes y alumnos realizarán un intercambio de conocimientos y saberes.
“Más de 20 colegios de Suba cuentan con proyectos de agricultura urbana. Sin embargo, no nos conocemos y trabajamos de manera independiente. En el encuentro de huertas queremos empezar a consolidar un proceso mancomunado para trascender juntos”.
Personalmente, Carlos trabaja a diario para convertirse en un líder transformador de espacios en la localidad de Suba. Por eso, participa en reuniones y encuentros con la comunidad muisca y otros huerteros y ambientalistas de la zona.
“Quiero tejer muchas cosas en mi localidad. Los huerteros icónicos de Suba se están muriendo y por eso pongo una semilla en los estudiantes para que se formen como jóvenes transformadores del territorio a través de conocimientos ambientales”.


Buena Profe Carlos. A pesar de todas las dificultades vividas para consolidar una idea en la localidad, poco a poco ha generado espacios de reflexión y práctica pedagógica con sentido ecológicosocial.