- El Centro Integrarte de la Secretaría de Integración Social en la localidad de Fontibón tiene una huerta que ha beneficiado a más de 60 personas con discapacidad cognitiva, psicosocial o física.
- Se trata de La Cabaña, un proyecto agroecológico creado hace seis años y medio por Tomás Ardila, un campesino del Huila que le brinda talleres de agricultura urbana a esta población con la asesoría del Jardín Botánico.
- Este terruño de 120 metros cuadrados conformado por 12 camas elevadas con miles de hortalizas y plantas medicinales y zonas de compostaje y lombricultivo, les sirve como terapia a estos ciudadanos.

El verde luce pálido en La Cabaña, un barrio del centro de la localidad de Fontibón donde el gris del asfalto predomina por todas sus transitadas calles y los andenes carecen de árboles imponentes y arbustos florecidos.
Las viviendas del sector no cuentan con antejardines, un panorama que obligó a las personas amantes de la naturaleza a sembrar sus plantas en pequeños recipientes y luego organizarlos al interior de sus hogares o en los patios y terrazas.
Así ocurrió en un predio ubicado en la calle 23h bis con carrera 104b, un sitio donde 80 personas con discapacidad cognitiva, psicosocial o física reciben alojamiento, alimentación y varias actividades para fortalecer sus competencias.
Este Centro Integrarte de Atención Interna de la Secretaría Distrital de Integración Social cuenta con una huerta de 120 metros cuadrados, un terruño agroecológico conformado por 12 camas elevadas llenas de miles de hortalizas y plantas medicinales y aromáticas.
Según Tomás Ardila Cubillos, un campesino de Pitalito (Huila) que trabaja como tallerista del centro, esta huerta nació hace seis años y medio con el objetivo de brindar nuevos conocimientos y reforzar las habilidades a las personas con discapacidad que allí habitan.

“Con el apoyo y asesoría técnica del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) hemos logrado consolidar un hermoso proyecto donde estas personas aprenden de agricultura urbana a través de diversos talleres; la huerta se ha convertido en una gran terapia para ellos”.
La huerta La Cabaña, ubicada en un antiguo garaje al aire libre que estaba carcomido por el pasto kikuyo, también cuenta con su zona de compostaje y lombricultivo. Además, Tomás ya le está dando vida a un vivero para propagar especies de jardín.
Este tallerista huilense, hoy con 67 años de vida, asegura que este proyecto ha logrado beneficiar física y mentalmente a más de 60 personas, entre los 18 y 60 años, con alguna discapacidad por medio del contacto directo con la naturaleza.
“El trabajo en la huerta les permite ejercitarse y relajar la mente. También mejoran su socialización y cuando hay cosecha, organizamos pequeñas ferias para que vendan las hortalizas y así puedan recibir algún ingreso económico”.

El origen
La huerta La Cabaña no ha sido el único proyecto de agricultura liderado por este tallerista del Centro Integrarte de Fontibón. Según Tomás, todo inició en Pitalito, municipio del Huila donde vivió hasta los 17 años.
En su pueblo natal, sus padres le enseñaron a trabajar la tierra y sembrar plátano, frijol, maíz, yuca y sobre todo café, el producto insignia de este territorio que le otorgó su gran título: la capital mundial del café.
“Me crie en el campo y trabajé desde muy pequeño en los cultivos, pastoreando el ganado y arriando las mulas. Gracias a mis padres tuve un contacto directo con la naturaleza y aprendí mucho sobre la siembra”.
En el pleno despertar de su adolescencia, Tomás llegó con su familia a Bogotá, ciudad donde terminó el bachillerato e hizo un técnico en gestión ambiental. Luego se casó y con el paso de los años llegaron sus tres hijos.

“Dejar el campo de Pitalito fue muy duro. Pensé que no iba a tener la oportunidad de sembrar de nuevo, pero la vida me tenía preparada una gran sorpresa; creo que estoy destinado a trabajar con la tierra”.
Hace 13 años, le salió una oferta laboral con el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (Idipron). El reto era grande: montar una huerta con varios niños y jóvenes que habitan en la calle o en condiciones de fragilidad social.
Aunque Tomás aún tenía vivos los aprendizajes del campo en Huila, necesitaba de una asesoría para aterrizarlos al entorno urbano de Bogotá. Por eso se comunicó con el Jardín Botánico, entidad que ya llevaba varios años con el programa de agricultura urbana y periurbana.
“Participé en varios cursos y capacitaciones del JBB y me dieron una certificación como agricultor urbano. Eso me sirvió para montar la huerta con los chicos del Idipron, un proyecto que lideré durante dos años y que siempre ocupará un lugar importante en mi corazón”.

Esta experiencia le permitió ingresar a trabajar en el Centro Crecer de la Secretaría de Integración Social en la localidad de Usme, un sitio donde son atendidos los niños y adolescentes con algún tipo de discapacidad.
Tomás tenía que darle vida a otra huerta. Volvió a tocar las puertas del JBB y en esta ocasión recibió la asesoría técnica de Carmenza Bautista, ingeniera agrónoma de la entidad que lo ayudó bastante con el montaje.
“En Usme estuve cinco años liderando el proyecto de la huerta. Carmenza fue una gran maestra y me ayudó bastante con insumos y capacitaciones. Todos los días aprendía algo distinto; la agricultura urbana no es estática”.
¡A huertear en Fontibón!
Tomás echó raíces en el sur de Bogotá. Sus dos primeros proyectos huerteros fueron en esta parte de la ciudad y su hogar, donde vive con su esposa y uno de sus hijos, está ubicado en Madelena, barrio de la localidad de Ciudad Bolívar.
Cuando no le renovaron el contrato que tenía con el Centro Crecer de Usme, uno de sus jefes le dijo que estaban buscando un tallerista con experiencia en agricultura urbana para trabajar en Fontibón.

“Así llegué al Centro Integrarte de la Secretaría de Integración Social en el barrio La Cabaña, un lugar donde llevo seis años y medio y el cual se convirtió en mi segundo hogar. Acá tenía que repetir la experiencia de Usme, es decir montar una huerta”.
Su oficina era un terreno de 120 metros cuadrados que estaba repleto de pasto kikuyo y maleza. El reto era convertirlo en una huerta próspera con la ayuda de 15 personas con discapacidad que habitaban en el centro.
“Cuando conformé el grupo de 15 personas, adultos que les gustaba el contacto con la tierra, empezamos a retirar la maleza. Pensé que iba a encontrar un suelo fértil como el de Usme, pero todo estaba lleno de escombros”.
Sembrar a ras del suelo era imposible. Para darle vida a la huerta, Tomás y su nuevo grupo de agricultores urbanos debían construir camas en madera y llenarlas de tierra abonada, material para el cual no había presupuesto.

El huilense volvió a tocar las puertas del Jardín Botánico, entidad que ha sido su mayor aliado en todos sus proyectos huerteros. Carmenza Bautista le pasó el contacto del profesional que tenía a su cargo las huertas de Fontibón.
“Alfonso Sandoval nos visitó y vio que ya habíamos construido seis camas en madera con recursos dados por el centro. Le comenté que no había presupuesto para comprar la tierra, ya que en ese entonces un solo viaje costaba como 450.000 pesos”.
Al poco tiempo de la visita, Tomás recuerda que Alfonso llegó al Centro Integrarte con 120 bultos de tierra abonada, material fruto del compostaje que ubicaron dentro de las camas, además de cientos de plántulas de diversas hortalizas.
“Con la asesoría del JBB y la participación de las personas en condición de discapacidad, empezamos a sembrar. Antes de eso los capacité durante varios días para que aprendieran las técnicas de siembra, riego, deshierbe, abonado y aporcado”.

Transformación
La maleza que agobiaba al predio quedó en el pasado y se convirtió en La Cabaña, una huerta que reverdeció con especies que se producen rápidamente, como lechuga, acelga, espinaca, cilantro, repollo, perejil, apio, caléndula, cebolla, brócoli y coliflor.
Según Tomás, todos los regalos que da la huerta, es decir la cosecha, empezaron a ser vendidos al interior del centro. “El objetivo es que las personas con discapacidad primero aprendan un nuevo oficio y luego puedan recibir algún ingreso económico con la venta”.
Hace tres años, profesionales de la Secretaría de Salud le recomendaron que debía elevar las camas de La Cabaña para facilitar el trabajo de los huerteros. Para el tallerista, esto representaba otro reto: “era empezar desde cero porque tocaba desbaratar todo”.
Con la ayuda de sus alumnos, Tomás desbarató las seis camas para ver si podía aprovechar la madera en el montaje de las nuevas estructuras. Como el material no era suficiente y además no había presupuesto para comprar insumos, volvió a acudir a su gran aliado.

“El Jardín Botánico me salvó de nuevo. Nos dio mucha madera y logramos construir 12 camas elevadas, es decir el doble de las que teníamos antes. También nos suministraron sustrato, plántulas y biopreparados para el control de las plagas y enfermedades”.
La huerta también necesitaba un área cubierta para que las personas con discapacidad pudieran participar en los talleres de agricultura urbana sin estar expuestos al sol o a la lluvia. Para esto, Tomás fue bastante recursivo.
“Reciclé varios materiales que había en el centro y en la calle, como plásticos y vigas de madera, para hacer el techo de la zona de los talleres. También construí una compostera y un lombricultivo”.
Según Tomás, en esta huerta del centro de Fontibón se aprovecha el 100% de los residuos orgánicos que salen de la cocina del centro. “Con los muchachos seleccionamos cuáles van al lombricultivo o la compostera y luego los picamos”.
Una de las actividades que más les gusta a sus alumnos es un proceso con las cáscaras de huevos, el cual se basa en deshidratarlas al sol durante varios días y luego molerlas. “Al final se las aplicamos a los cultivos como un abono”.

Más allá de sembrar
Las personas con discapacidad que participan en la huerta, cambian con frecuencia. Tomás asegura que algunas solo están en el centro durante un año y por eso el grupo recibe nuevos miembros a cada rato.
“La población del centro es muy dinámica: por ejemplo, actualmente tengo un grupo de 15 personas que llegaron hace menos de un mes. Sin embargo, la huerta siempre será de puertas abiertas para el que le guste la agricultura urbana”.
Para el tallerista, las más de 60 personas con discapacidad cognitiva, psicosocial o física que han participado en las actividades de la huerta La Cabaña, no solo aprendieron a sembrar, regar, deshierbar y cosechar.
“Este terreno verde lleno de naturaleza les ha servido mucho a las personas que tienen alguna enfermedad psicosocial. La huerta es una terapia para ellos, ya que se tranquilizan y se relajan mucho en medio de los cultivos”.
Como el trabajo en la huerta es grupal, aprenden a relacionarse mejor con sus compañeros. “Son tolerantes e interactúan coordinadamente entre ellos. También manejan los tiempos y horarios, una disciplina que todo ser humano requiere”.

Para Tomás, esta terapia hortícola es el nuevo rumbo que está tomando la agricultura urbana. “No es solo seguridad alimentaria y transitar hacia una alimentación más sana: es una terapia que se ve cada vez más en las huertas comunitarias e institucionales”.
Los huerteros del Centro Integrarte de Fontibón trabajan en La Cabaña de lunes a jueves en dos horarios de la mañana: de 9 a 10:30 y de 11 a 12 del mediodía. Siempre hay algo que hacer: sembrar, regar, deshierbar, abonar, aporcar o cosechar.
“La cosecha los entusiasma mucho porque saben que todas las hortalizas y plantas medicinales las van a vender al interior del centro o en las ferias trimestrales que hacemos: el 50% de las ganancias es para el sostenimiento de la huerta y el restante es para ellos”.
Con el dinero que reciben por su trabajo en la huerta, que no es mucho, las personas con discapacidad se dan pequeños gustos. “Es un reconocimiento a su gran labor, un incentivo que ellos valoran demasiado”.
Tomás y varios de sus alumnos han participado en cuatro de los Mercados Campesinos Agroecológicos del Jardín Botánico, un evento que se realiza todos los primeros fines de semana de cada mes en la plazoleta de la entidad.
“No tengo palabras suficientes para agradecerle al JBB por todo su apoyo. Personalmente, soy agricultor urbano gracias a los conocimientos que me han dado sus profesionales y mis proyectos de agricultura urbana han sido exitosos en gran parte por ellos”.

Futuro huertero
El corazón de la huerta La Cabaña ya tiene varios proyectos en el tintero para mejorar el proyecto agroecológico que beneficia a las personas con discapacidad del Centro Integrarte en Fontibón.
El más avanzado es un vivero para propagar plantas de jardín, iniciativa que se basa en talleres de jardinería con otros 15 alumnos del centro. “Ya tenemos muchas suculentas, plantas decorativas que también estamos vendiendo en nuestras ferias”.
Mauricio Mina, profesional de campo del Jardín Botánico en la localidad de Fontibón y quien lleva un año brindándole asesoría técnica y capacitaciones a Tomás, le va a ayudar a gestionar talleres de transformados y gastrobotánica.
“La Cabaña es una de las huertas más icónicas de esta localidad. Tomás y sus muchachos tienen un proyecto de agricultura urbana bastante avanzado y ahora quieren mejorarlo aprendiendo a transformar las plantas en productos novedosos”, dijo el ingeniero de la entidad.
El profesional ya está en conversaciones con los expertos en transformación y gastrobotánica para que realicen talleres en el centro. “Queremos aprender a hacer pomadas y ensaladas novedosas para venderlas en nuestras ferias”, expresó el tallerista.

Tomás también sueña con tener un pequeño reservorio de semillas y así dejar de comprar tantas plántulas en el vivero de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Para esto, Mauricio Mina va a organizar un taller sobre la estrategia de bancos de semillas del JBB.
“Bogotá cuenta con 10 bancos de semillas, uno madre en el Jardín Botánico y nueve comunitarios. Uno de ellos está en Fontibón y por eso vamos a invitar a Tomás a que lo conozca y aproveche sus servicios”.
Mina, que también ha realizado talleres de lombricultura en La Cabaña con Wilmer López, profesional de campo que asesoró a esta huerta hace un par de años, tiene pensado llevar a varias personas de Fontibón para que conozcan la experiencia.
“Tengo en la mira una actividad con la Manzana del Cuidado. El objetivo es llevar a varios grupos a la huerta de este Centro Integrarte para que vean cómo interactúan las personas con discapacidad y además les compren sus productos”.
Cada vez que termina su jornada en la huerta La Cabaña y coge rumbo hacia el barrio Madelena, donde lo esperan su esposa e hijo, Tomás le agradece a la vida por haberle permitido mantener vivas sus raíces campesinas.
“No todas las personas que salen del campo corren con la suerte de volver a sembrar y mucho menos en una ciudad como Bogotá. Mi contacto con la tierra sigue intacto gracias a esos proyectos de agricultura urbana que Dios me ha permitido liderar”.



Una gran bendición como puedo ayudar
Buen día excelente proyecto, me gustaría que me brindarán información de como hacer parte de este grupo.