• Ruth Vargas lleva más de una década trabajando con varias huerteras de las localidades de San Cristóbal y Usaquén.
  • A través de la Fundación Mujeres Empresarias Marie Poussepin, organización que fundó con una tía, una hermana de la Presentación, desarrolla sus capacidades y las convierte en emprendedoras de la agricultura urbana.
  • Con la gestión de esta nortesantandereana, 17 adultas mayores ofrecen talleres agroecológicos, venden hortalizas a domicilio y organizan recorridos turísticos por sus huertas caseras y comunitarias.

Aunque nació en Chinácota, municipio conocido como la casa bonita de Norte de Santander y donde el bosque nativo se mezcla con cultivos como café, plátano, caña y maíz, Ruth Georgina Vargas García solo lo conoció a través de los libros.

Debido a la profesión de su papá, policía, la familia no permanecía más de un año en un solo pueblo de los Santanderes. “Nos mudamos mucho y bromeamos diciendo que en cada municipio mis papás tuvieron un hijo”.

Esa vida de nómada evitó que Ruth desarrollara un arraigo profundo por la tierra que la vio nacer. Siempre vivieron en los cascos urbanos y sus padres no sobrevivían de la agricultura. “Nunca supe lo que fue sembrar una hortaliza”.

Cuando cumplió los ocho años, la familia Vargas García se radicó del todo en Bogotá, específicamente en la localidad de Kennedy. Estuvieron un tiempo en Castilla y luego echaron raíces en el barrio Carvajal.

“Los temas ambientales o agropecuarios nunca me llamaron la atención. Lo que me apasionaba eran los números y el mundo empresarial, razón por la cual decidí estudiar ingeniería industrial, una rama que se encarga de optimizar los procesos de una empresa”.

Ruth se refugió en las matemáticas, física y ciencias sociales y se convirtió en una ingeniera industrial experta en diseñar sistemas de producción, reducir costos y aumentar la productividad de una organización.

“Me dediqué de lleno al trabajo como ingeniera y a cuidar a mis dos padres en la casa del barrio Carvajal. Con el paso de los años me convertí en docente universitaria; no me casé ni tuve hijos”, asegura esta nortesantandereana de 52 años.

Labor social y espiritual

La religión católica y el trabajo social siempre han estado presentes en la vida de Ruth, una mujer que heredó el acento golpeado de sus progenitores. Alicia Vargas, una de sus tías, es su guía espiritual.

“Mi tía es una de las Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación de la Santísima Virgen. Casi toda su vida ha vivido en una casa del barrio Altamira, en la localidad de San Cristóbal, donde las monjas hacen varias actividades sociales”.

En 2004, la hermana Alicia le dijo a su sobrina que quería enseñarles algo a las mujeres de la zona que visitaban la casa para que así pudieran generar ingresos económicos. Debido a su experiencia como ingeniera industrial, le pidió formular un proyecto.

“En la casa de las Hermanas de la Presentación siempre se han dictado diversos cursos dirigidos a mujeres, pero todo se quedaba en conocimiento y no se hacía nada con los productos que elaboraban”.

Este panorama las motivó a crear la Fundación Mujeres Empresarias Marie Poussepin, una organización sin ánimo de lucro dedicada a promover el desarrollo de las capacidades y potenciales de las mujeres y sus familias.

“La nombramos así en honor a Marie Poussepin, una religiosa francesa que fundó la congregación de las Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación. Ella falleció en 1744 y fue beatificada por el papa Juan Pablo II en noviembre de 1994”.

A través de la fundación, la cual quedó oficialmente constituida en 2006, Ruth y Alicia empezaron a fortalecer los cursos que brindaban las hermanas, como macramé, porcelanicrón, tejido y crochet.

“Cerca de 70 mujeres de la localidad de San Cristóbal tomaron los cursos. Para vender sus productos, comenzamos a consolidar un plan de mercadeo y estructurar los procesos, algo bastante difícil que va mucho más allá de venderles a los amigos y conocidos”.

Agricultura urbana

En 2011, Ruth se percató que la fundación debía cambiar un poco su enfoque. Recuerda que en ese año se empezó a trabajar el tema de la agricultura urbana en San Cristóbal, una actividad que hasta ahora desconocía.

“Nos llegaron varias invitaciones a participar en cursos que enseñaban a sembrar en espacios pequeños, algo que me llamó mucho la atención porque varias de las mujeres que elaboraban sus productos artísticos y artesanías con la fundación ya lo hacían”.

La nortesantandereana vio un potencial de negocio luego de conversar con la gerente de una empresa que asesoraba en temas de calidad, una mujer que compraba material vegetal para elaborar extractos y luego venderlos a laboratorios farmacéuticos y cosméticos.

“Me dijo que las mujeres de la fundación podrían encargarse de producir las tres variedades de plantas que necesitaba, como diente de león y cardo mariano. La gerente de la empresa necesitaba 300 kilos”.

Luego de tomar algunos cursos de agricultura urbana, varias de las mujeres de San Cristóbal que se beneficiaban con la Fundación Mujeres Empresarias Marie Poussepin comenzaron a sembrar estas especies en sus terrazas.

En ese proyecto, Ruth evidenció que las señoras, la mayoría campesinas, tenían muchos conocimientos sobre el arte de sembrar. “Así fue que cambiamos el enfoque de la fundación hacia la producción de hortalizas para luego generar ingresos económicos”.

La nueva misión de la fundación fue promover el desarrollo y bienestar de mujeres, familias y comunidades de escasos recursos, a través de una formación integral para generar emprendimientos en agricultura urbana y arte ecológico.

La meta es propiciar una mejora en su calidad de vida y entorno social, económico y ambiental, con valores de responsabilidad, honestidad y amor al trabajo según el carisma de servicio de Marie Poussepin.

Según Ruth, la fundación se trazó objetivos como promover, a través de la capacitación en diferentes áreas productivas, el desarrollo de las capacidades y potencialidades de las mujeres cabeza de familia que deseen crear sus propias microempresas.

También apoyar la iniciación de microempresas comunitarias, productivas y de servicios;  asesorar la gestión de producción y comercialización de productos; desarrollar actividades que promuevan el bienestar de la mujer emprendedora; y comercializar productos saludables.

El primer paso para cumplirlos fue conocer a fondo la agricultura urbana a través de cursos con entidades como el Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y voluntarios profesionales en ingeniería ambiental y agroecología que compartieron su conocimiento.

Huerteras empresarias

Ruth y su tía Alicia se enfocaron en trabajar con 14 huerteras de la localidad de San Cristóbal, todas adultas mayores y cuidadoras que, debido a su edad o problemas de salud, no cuentan con ningún tipo de ingreso económico propio.

En cuanto a agricultura urbana, estas mujeres se trazaron varias líneas de trabajo: capacitación y talleres de formación; montaje y mantenimiento de huertas; venta a domicilio de hortalizas saludables; y formulación de proyectos sociales.

“Capacitamos a las huerteras en temáticas de la agricultura urbana como la elaboración de una huerta, la preparación de abonos orgánicos y el control de plagas y enfermedades. También les enseñamos a organizar un emprendimiento”.

Según Ruth, el ideal es que estas huerteras del sur de la ciudad sean contratadas para dictar cursos de estas temáticas o hacer el montaje y mantenimiento de huertas, además de comercializar las hortalizas, frutales y plantas medicinales que siembran en sus casas.

“El 80% de las ganancias son para estas maravillosas mujeres y el 20% restante es para la fundación. Cada una de ellas tienen un plus: por ejemplo, unas son expertas en compostaje y otras en transformar los regalos de la huerta en diferentes productos”.

Como no todas las 14 huerteras cuentan con el espacio suficiente en sus casas para tener una huerta, Ruth tocó las puertas del Parque Ecológico Distrital de Montaña Entrenubes, aula ambiental de la Secretaría de Ambiente que cuenta con varios procesos de agricultura urbana.

“En 2017, el Parque Entrenubes nos abrió sus puertas y nos dio luz verde para montar una huerta comunitaria donde siembran las mujeres que no lo pueden hacer en sus casas. Su apoyo ha sido incondicional”.

Un año después, un colegio de El Codito, barrio ubicado en la localidad de Usaquén, contrató los servicios de agricultura urbana de la fundación para que montara una huerta comunitaria que beneficiara a la comunidad estudiantil.

“Trabajamos con 18 familias de El Codito y logramos consolidar una huerta bastante próspera. Sin embargo, luego de la pandemia no nos dejaron seguir sembrando en la zona; tres mujeres del barrio siguen vinculadas a la fundación, es decir que trabajamos con un total de 17”.

Recorridos agroturísticos 

Una de las líneas más llamativas de la Fundación Mujeres Empresarias Marie Poussepin es una serie de recorridos o paseos agroturísticos por la red de huertas caseras y comunitarias de las mujeres de San Cristóbal.

“Llevamos varios años haciendo estos recorridos, una estrategia que nació para darnos a conocer. Las huerteras abren las puertas de sus casas, preparan refrigerios o almuerzos con los productos de la huerta y entregan un kit de siembra como recordatorio”.

Sin embargo, esta línea está siendo fortalecida para que les genere ingresos económicos a las huerteras. Según Ruth, el ideal es que la comunidad visite varios de los terruños agroecológicos durante un día y cancele un valor por el servicio.

“Nosotras nos encargamos de la logística, refrigerios y talleres de agricultura urbana durante el recorrido. Si logramos potencializar esta línea, nuestras huerteras van a ser conocidas y contarán con ingresos más significativos”.

Las paradas fijas de estos recorridos son las huertas Renacer de Omaira Fonseca, San Isidro de Aura Castillo, De Mi Casa de Ana Elvia Neira y Santa Ana de Ana Librada Calderón, además de la huerta comunitaria del Parque Entrenubes donde siembra Margarita Roa.

“Cada huerta tiene algo especial que mostrar, como procesos de compostaje y lombricultivos, transformación de los productos de las huertas en platos saludables o elaboración de suelo. Las historias de las huerteras son de admirar”.

En estos recorridos, Ruth y sus amigas huerteras hacen énfasis en los valores que tiene la fundación, como amor por el trabajo, vocación de servicio, responsabilidad, honestidad e innovación.

“También les contamos que nuestra filosofía organizacional se basa en no dar el pescado, sino enseñar a pescar; aprender lo que practicamos y enseñarles a los demás; y vivir del carisma de Marie Poussepin”.

Tecnología y mercados campesinos

La ingeniera industrial con espíritu huertero está metida de cabeza en divulgar y promocionar el trabajo de la Fundación Mujeres Empresarias Marie Poussepin para que las 17 huerteras puedan recibir más ingresos económicos.

Para darse a conocer, Ruth le dio vida a una página web (https://fundacionmujeresempresarias.org/), un sitio donde está toda la historia de la fundación y fotografías de todas las mujeres que se han visto beneficiadas.

“Allí pueden encontrar la tienda virtual de los productos que las mujeres siembran en sus huertas con sus respectivos precios, como acelga, apio, aromáticas, brócoli, cebolla cabezona, coles, cubios, espinaca, kale, lechuga, entre otros”.

Ruth también es la encargada de manejar las dos redes sociales que tiene la fundación en Instagram y Facebook, ventanas en el ciberespacio que buscan mejorar a través de cursos y la ayuda de jóvenes voluntarios.

“Creo que la generación de contenidos para divulgar en nuestras redes sociales es uno de los retos que tenemos como fundación. Quiero que la gente conozca a nuestras hermosas huerteras a través de estos canales”.

Para esta aguerrida nortesantandereana, el Jardín Botánico ha sido uno de los grandes aliados y amigos de la fundación. Además de capacitarlas a través de los cursos básicos de agricultura urbana, las invita frecuentemente a sus Mercados Campesinos Agroecológicos.

“Estar en estos mercados nos ha permitido darnos a conocer y comercializar más los productos de las huertas. El JBB es un gran aliado que nos forma y capacita por medio de varios de sus profesionales”.

La fundación, conformada por 10 voluntarios, quiere que cada una de las huerteras tenga por lo menos tres o cuatro clientes fijos que les compren sus hortalizas, frutales y plantas medicinales cada mes, un modelo sencillo que les generaría una mejor ganancia económica.

“Creemos que así les entrarían por lo menos 200.000 pesos al mes a cada una. Las huerteras más jóvenes o familiares de las adultas mayores, son las que hacen los domicilios. Es un modelo sencillo porque las huertas son pequeñas y no se puede producir a gran escala”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá