• Durante seis meses, 34 mujeres de los barrios Paraíso-Mirador, Bella Flor y Los Alpes reverdecieron varias zonas de la localidad de Ciudad Bolívar.
  • Uno de sus mayores logros fue recuperar un predio que estaba repleto de maleza y escombros, donde le dieron vida a la huerta comunitaria Bella Flor.
  • En su paso por el programa ‘Mujeres que reverdecen’, estas madres cabeza de familia sanaron las heridas causadas por largos años de tristezas, obstáculos y maltratos.
Mujeres que reverdecen

Más de 30 mujeres de Ciudad Bolívar reverdecieron huertas, jardines y parques de la localidad.

Llegar a Bella Flor, un barrio construido a mediados de la década de los 80 sobre una antigua cantera de la localidad de Ciudad Bolívar, es toda una odisea. El viaje, de aproximadamente una hora, inicia en el Portal del Tunal de TransMilenio, donde funciona el sistema de transporte teleférico y cable aéreo TransMiCable.

En este lugar, 163 cabinas aéreas pintadas de rojo y negro se encargan de transportar durante todo el día a los ciudadanos hacia lo más alto de una montaña, todas impulsadas por la electricidad que fluye en dos robustos cables que están suspendidos sobre 24 torres.

En el recorrido lineal de 3,3 kilómetros, las canastas aéreas nunca detienen su velocidad pasmada. Los pasajeros pueden ingresar o descender del sistema en tres estaciones, ubicadas en los barrios Juan Pablo II, Las Manitas y Paraíso-Mirador.

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El TransMiCable puso fin a las carencias de movilidad de los habitantes de Ciudad Bolívar.

Durante los 13 minutos de viaje aparecen varios de los impactos ambientales de Ciudad Bolívar, como el contaminado río Tunjuelo, los mordiscos de la minería ilegal en las montañas y cientos de montículos de basura desparramados por las zonas más empinadas.

La hecatombe ambiental contrasta con la explosión de colores de las fachadas de las casas y los murales con mensajes sociales pintados por los jóvenes artistas de la localidad. Esta belleza que llega a su fin en los últimos minutos del viaje, cuando aparecen tugurios con latas oxidadas.

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Algunos de los pasajeros sacan sus celulares para fotografiar el panorama. Los que llegan a la última estación, la de Paraíso-Mirador, salen del sistema y empiezan a caminar por varios recovecos empinados rodeados por casas coloridas y grafitis sociales.

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Las cicatrices de la minería aparecen en el recorrido aéreo por Ciudad Bolívar.

Luego de 15 minutos de caminata por las calles con altas pendientes del barrio Paraíso-Mirador, donde las barberías son el común denominador, aparece el parque zonal Illimaní con su amplia cancha de fútbol.

En una de las esquinas del parque, un sitio bastante bullicioso por el ruido del comercio y los buses del SITP, un carro viejo, blanco y amplio tiene abierta su puerta corrediza y aguarda por los habitantes del barrio Bella Flor.

20 niños, jóvenes, adultos y abuelos, la mayoría con cajas, canastos y bolsas con mercado, llenan el cupo del antiguo vehículo Ford. Luego, el conductor pisa con fuerza el acelerador y el destartalado carro comienza a subir por la empinada y habitada montaña.

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Estos vehículos son los encargados de transportar a los habitantes del barrio Bella Flor.

Los pasajeros conversan entre ellos y algunos cantan vallenatos y rancheras durante los 20 minutos de viaje, un trayecto que culmina en lo más alto del barrio Bella Flor.

Aquellos ciudadanos que no cuentan con los 1.500 pesos que cuesta este servicio de transporte, suben a pie por la montaña a través de una escalera de cemento con miles de escalones, un hilo delgado rodeado por casas humildes de un solo piso.

Primero sanar

Entre octubre de 2021 y abril de este año, 34 ciudadanas de Ciudad Bolívar realizaron varias veces este largo recorrido para participar en las actividades ambientales del programa ‘Mujeres que reverdecen’ con el Jardín Botánico de Bogotá (JBB).

Según Jennifer Torres, ingeniera ambiental del JBB y encargada de liderar a este grupo de mujeres de los barrios Bella Flor, Paraíso y Los Alpes, entre las acciones del programa estaba el montaje de huertas y el fortalecimiento de jardines y el arbolado de los parques.

“El comedor comunitario de Bella Flor, un proyecto de la Secretaría de Integración Social, contaba con un predio amplio que estaba abandonado y donde querían elaborar una huerta para darles alimentos saludables a los ciudadanos que comen en este lugar”.

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El comedor comunitario de Bella Flor contaba con un predio para montar una huerta comunitaria.

El predio, con una dirección que ni la mejor aplicación tecnológica puede descifrar (calle 73 D bis sur # 26F-05), está ubicado en lo más alto del barrio Bella Flor y al frente de una calle sin pavimentar, desde donde se ven miles de casas ubicadas en zonas de alto riesgo de derrumbe.

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“La zona estaba llena de escombros, basuras y maleza. Aunque hay una puerta de ingreso que siempre está cerrada, los habitantes ingresaban por los alrededores y algunos depositaban los residuos sólidos; era como el botadero del barrio”, asegura la formadora del JBB.

Antes de reverdecer este espacio de Bella Flor, barrio que en los años 80 era conocido como Lomalinda, Torres tuvo que realizar varias jornadas de sensibilización con las 34 mujeres y buscar la ayuda de otros profesionales.

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En varias jornadas de sensibilización. estas mujeres abrieron su corazón.

“El proceso con estas mujeres fue muy difícil porque eran bastante conflictivas. Cuando comenzamos con las clases teóricas sobre huertas, arbolado y jardinería, no me hacían caso y me respondían con tres piedras en la mano; yo lloraba todos los días y no sabía qué hacer”.

Cuando estaba a punto de botar la toalla, Jennifer conoció al gestor social del comedor comunitario de Bella Flor y le propuso hacer ciclos de escucha con las mujeres, un proceso para que dejaran salir todo lo que guardaban en lo más profundo de su ser.

“En esos encuentros las mujeres soltaron todo su dolor y comprendí las razones de su comportamiento conflictivo: muchas fueron violadas por sus padrastros, a otras sus padres las abandonaron siendo muy niñas en el ICBF y la mayoría vivía bajo el yugo y maltrato de sus esposos”.

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La formadora del JBB realizó varias charlas y talleres con las 34 mujeres de Ciudad Bolívar.

Al abrir sus corazones, estas mujeres fueron dejando atrás su agresividad y los conflictos entre ellas mismas. Por ejemplo, las habitantes de Paraíso poco interactuaban con las de Bella Flor, debido a que este último barrio está estigmatizado por sus problemas sociales.

“En Bella Flor hay varias ollas de vicios y mucha delincuencia, por lo cual es conocido como un sitio caliente; las habitantes del barrio no quieren que sus hijos crezcan allí. Luego de los ciclos de escucha, poco a poco las 34 mujeres se unieron y muchas ahora son amigas”.

Jennifer hizo contactos con expertos de entidades como la Secretaría de la Mujer para que sus alumnas florecieran. “Les hicimos varios talleres y charlas sobre violencia de género y el valor de las mujeres; el objetivo era que pensaran en ellas mismas y mejorar su autoestima”.

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Las 34 mujeres de Ciudad Bolívar ayudaron a pintar los murales de la huerta.

Una nueva huerta

Al sanar un poco las heridas del pasado, las 34 mujeres de Ciudad Bolívar comenzaron a darle forma a la huerta Bella Flor, un trabajo que inició con el retiro de la basura y escombros, el deshierbe y guadañar la zona.

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Con tablas de madera y estibas, las ‘Mujeres que reverdecen’, divididas en turnos de cuatro horas por la mañana y por la tarde, elaboraron cajones para sembrar plantas medicinales e hicieron los semilleros de las hortalizas en vasos plásticos.

En el predio libre de basuras y maleza hicieron varias eras y sembraron lechuga, repollo, acelga, caléndula, maíz, zanahoria, cebolla larga, rábano, kale, perejil, cilantro, coliflor y ahuyama.

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La siembra en la huerta Bella Flor las unió como grupo y les permitió florecer como mujeres.

“El formador del JBB en Lucero Bajo nos regaló tierra y abono. Las mujeres cercaron la zona por donde los vecinos se metían a arrojar basura, y así evitaron que ingresaran a robar las hortalizas y plantas medicinales”.

Con la asesoría de otros profesionales del Distrito, estas nuevas huerteras pintaron un colorido mural en la pared que colinda con el comedor comunitario, que tiene a una mujer vestida con un uniforme verde, plantas de maíz, flores, mariposas y escarabajos.

“Otras entidades les enseñaron a hacer pacas y jabones artesanales. El Día de la Mujer, las ciudadanas sembraron varias plantas con flores en una zona de la huerta, las cuales bautizaron con sus propios nombres”.

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En el programa ‘Mujeres que reverdecen’, estas ciudadanas hicieron grandes amistades.

Durante los tres meses que duró el montaje de la huerta Bella Flor, la siembra les sirvió como terapia a estas aguerridas mujeres de Ciudad Bolívar. “Ellas sacaron toda su energía negativa y cambiaron en su interior. La huerta me dejó hacer mi trabajo y ellas florecieron como mujeres”.

Algunas ciudadanas crearon sus propios emprendimientos ambientales, como terrarios, kits de siembra, materas elaboradas con tapas de plástico, CDs y trapitos viejos, extractos de las plantas para jabones y floreros con cáscaras de huevo.

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“Además de la huerta Bella Flor, mis alumnas ayudaron a fortalecer la huerta de la fundación El Oasis, ubicada en el barrio Paraíso-Mirador, donde sembraron en zonas duras y montaron un lombricultivo y una compostera”.

Torres asegura que nunca se había enfrentado a un reto tan grande como liderar a estas mujeres. “Sin embargo, todo el sufrimiento que viví al comienzo se borró con los resultados que obtuvimos. Estoy muy contenta porque hoy son otras mujeres y todas están enamoradas de las plantas”.

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Algunas de las mujeres se siguen reuniendo en la huerta para sembrar y cosechar.

Cambio extremo

Mabel Rocío Vargas, una morena de 27 años nacida en el municipio boyacense de Santa Sofía, fue una de las ‘Mujeres que reverdecen’ de Ciudad Bolívar que significó todo un reto para la formadora del Jardín Botánico.

“Era una de las más conflictivas del grupo. No me hacía caso y cada vez que alguna de sus compañeras le decía algo, se ponía agresiva. El cambio de Mabel durante los seis meses del programa fue extremo”, afirma Jennifer.

Las razones de la agresividad de esta joven son múltiples. Por ejemplo, quedó huérfana a muy temprana edad, ya que no conoció a su padre y su mamá no quiso criarla.

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Aunque no para de sonreír, la vida de Mabel Vargas ha estado llena de obstáculos y tristezas.

“Con María Camila, mi hermana gemela, quedamos a cargo de mi abuela, primero en Santa Sofía y luego en el barrio El Tesoro de Ciudad Bolívar; fue una época muy dura y llena de maltratos”, comenta Mabel.

Desde muy pequeñas, su abuela las obligaba a trabajar en las calles vendiendo mecato en las plazas y semáforos, cuidando carros o pidiendo monedas. “Nos pegaba a diario y nos humillaba por cada plato de comida”.

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A los 13 años, el ICBF les quitó a las gemelas a la maltratadora abuela y ambas fueron ubicadas en los hogares de la entidad. “Yo no me aguanté y decidí vivir en las calles del barrio Galán, donde dormía en los zorros de los recicladores. Aprendí a reciclar y de eso tenía para comer”.

La espigada morena se convirtió en recicladora, mientras que su hermana se quedó en los hogares del ICBF por más tiempo. “A los 17 años, cuando trabajaba como recicladora en el barrio María Paz en Kennedy, conocí a un joven y en una noche de pasión quedé embarazada”.

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En ‘Mujeres que reverdecen’, Mabel se enamoró de las plantas.

Al muchacho no le gustó saber que sería padre. “Cuando me dijo que abortara me puse como una fiera. Le dije que iba a sacar adelante a mi hija Charol y haría todo lo posible para que no repitiera mi historia. Seguí trabajando como recicladora y vendía uvas y bolsas en Corabastos”.

Cuando su hija cumplió los cuatro años, el ICBF se la quitó y el corazón se le partió en mil pedazos. Al poco tiempo conoció al amor de su vida y se organizó con él en una casa del barrio Paraíso-Mirador, donde tuvo a su hijo menor, Kevin Julián.

“Mi esposo es un buen hombre y muy trabajador. Como ya tenía una casa digna y me convertí en recicladora de oficio con la UAESP, el ICBF me devolvió a mi hija, una morenaza hermosa, bien hablada y educada”.

Mabel admite que cuando ingresó al programa ‘Mujeres que reverdecen’ era una mujer rencorosa y orgullosa. “Solo pensaba en hacer sufrir a todas las personas que me hicieron daño. Mi comportamiento era demasiado agresivo y temperamental”.

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Mabel asegura que su casa está llena de plantas de todos los tamaños.

Luego de las charlas y talleres que lideró la formadora del JBB, Mabel se quitó la coraza que le evitaba florecer. “Jennifer es una mujer muy noble que me ayudó mucho en mi proceso. Me contó algunas experiencias que tuvo donde le hicieron mucho bullying, y las cuales sacó adelante sin ser agresiva”.

El contacto directo con la naturaleza le sirvió como bálsamo para perdonar. “Como buena boyacense me encanta untarme de tierra. La siembra en las huertas me ayudó a perdonar a las personas que me hicieron daño y ya no siento rabia”.

Mabel, que ahora se define como una enamorada de las plantas, va a montar un supermercado con su esposo. “Ya tenemos el local y pronto vamos a empezar a surtir. Mi casa está llena de verde porque me la paso comprando plantas de todas las formas y colores”.

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Mabel hizo grandes amigas y dejó atrás su agresividad.

Regreso a la niñez

Marisol Lavao Aldana, una huilense de 44 años, tiene una personalidad calmada y pacífica. No le gustan los conflictos o altercados y por eso fue de las pocas ‘Mujeres que reverdecen’ que no le dio dolores de cabeza a Jennifer.

“Desde que ingresé al programa, mi objetivo fue ayudar a reverdecer la localidad de una forma mancomunada y respetuosa con las compañeras. Pero al comienzo fue muy difícil por los conflictos de algunas de ellas”.

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En varias huertas de Ciudad Bolívar, como El Oasis y Bella Flor, esta madre de siete hijos y abuela de dos nietos revivió sus años de infancia en el municipio huilense de Santa María, donde sus padres le enseñaron a sembrar y cosechar.

“Pompilio y Dina del Carmen, mis padres, tuvieron 21 hijos. Yo soy la menor y a todos nos enseñaron las labores del campo en una finca muy grande, como cultivar café, caña y plátano, ordeñar las vacas y criar los marranos”.

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En las huertas de Ciudad Bolívar, Marisol se volvió a conectar con sus raíces campesinas.

A los 11 años, la pequeña campesina abandonó las tierras fértiles del Huila para comenzar una nueva vida en Bogotá. “Mi mamá se enfermó de diabetes y por eso mis padres decidieron vender la finca y llevar a sus tres hijos menores al barrio Santa Lucía; me partió el alma no volver a sembrar”.

Cuando llegó a la adolescencia, Marisol se enamoró de Alexander Torres y salió de su casa paterna. “Yo tenía 17 años y él 19. En una casa en Santa Lucía criamos a nuestros primeros cuatro hijos y por mi nuevo rol de mamá no seguí con mis estudios”.

La huilense trabajó como aseadora en obras y preparando alimentos en algunos colegios. “El amor no duró mucho y nos separamos. Me fui a vivir al barrio Bella Flor en Ciudad Bolívar con mis cuatro hijos, donde compré un lote cerca de la casa de una hermana”.

La pareja trató de revivir la relación y así llegaron tres hijos más. “Pero las cosas no funcionaron y me convertí en madre cabeza de familia: mi hijo mayor tiene 26 años y el menor seis. Los más grandes ya se organizaron y vivo solo con los cuatro menores; todos me ayudan con los gastos de la casa”.

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Marisol asegura que el mayor regalo de ‘Mujeres que reverdecen’ fue volver a sembrar.

En octubre del año pasado, a Marisol le cambió la vida cuando ingresó al programa ‘Mujeres que reverdecen’. “Lo que más me llamó la atención es que iba a sembrar de nuevo, una actividad que no realizaba desde hace más de 30 años; eso me llenó de felicidad”.

Uno de sus mayores orgullos es la huerta Bella Flor, ubicada cerca a su casa. “Transformar un predio lleno de escombros en una hermosa huerta, fue un trabajo muy duro que las 34 mujeres sacamos adelante luego de los talleres y charlas de la profe Jennifer”.

Marisol asegura que jamás olvidará su paso por ‘Mujeres que reverdecen’. “Es una experiencia maravillosa que me permitió volver a coger un azadón, sembrar y revivir mi hermosa infancia en el Huila. Con algunas compañeras hicimos un emprendimiento de materas con tela reciclable y nos ha ido muy bien”.

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Marisol espera seguir sembrando hortalizas y plantas medicinales en las huertas de Ciudad Bolívar.

Medicina para el sufrimiento

La violencia, tristeza y sufrimiento han sido constantes en los 42 años de vida de Adriana Vega, una tolimense de voz suave que casi siempre oculta sus ojos con unas gafas grandes de color negro.

La mayoría de sus recuerdos felices están en Chaparral, municipio del Tolima donde pasó su niñez y parte de la adolescencia. “Mis papás, campesinos expertos en labrar la tierra, tenían una finca llena de café, arracacha, mora y ganado; allí criaron a sus cinco hijos”.

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Aunque vivía en el campo, Adriana nunca aprendió a sembrar y tampoco quiso estudiar. “Me casé a los 14 años y tuve a mi primera hija, Jenny Katherine, pero el matrimonio no funcionó. Luego conocí a otra persona y así llegó mi segundo retoño, Yeison, pero la historia se repitió”.

Durante esa época de madre soltera, la violencia de los grupos armados ilegales pululaba en Chaparral. “Mataron a mi hermano Ángel Alberto y nos amenazaron de muerte. Yo tenía 16 años y salimos desplazados del pueblo”.

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Unas gafas negras ocultan la tristeza que lleva Adriana Vega por la pérdida de una de sus hijas.

Con sus dos hijos, su mamá y dos hermanos, Adriana llegó al barrio Paraíso-Mirador de Ciudad Bolívar. «Primero estuvimos en la casa de un familiar lejano y luego sacamos una casa en arriendo en el mismo barrio; comencé a trabajar como interna en el norte de la ciudad”.

Adriana intentó darse otra oportunidad en el amor con un señor mayor y muy trabajador. “Con él tuve a mi tercer hijo, una niña llamada Giselle Andrea. Lamentablemente, mi pareja falleció por un derrame cerebral y volví a convertirme en madre soltera”.

Luego de ochos años como interna, la tolimense encontró trabajo en varios restaurantes de la terminal de transportes del Salitre. “Allí estuve como cinco años, hasta que me organicé con otro señor y tuve a mi último hijo, Dylan Yair”.

La nueva pareja puso una fama, un negocio bastante próspero que duró 13 años. “Pero a mi compañero le gustaba mucho el trago y eso nos llevó a la ruina. Me separé e intenté sacar a flote la fama, pero las deudas me devoraron”.

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En el programa ‘Mujeres que reverdecen’, varias ciudadanas abrieron sus corazones para comenzar a sanar las heridas.

Adriana consiguió trabajo por turnos en otras famas y restaurantes para llevar comida a casa y mantener a sus hijos. “Jenny Katherine y Yeison, mis hijos mayores, ya se habían organizado y yo me encargaba de la crianza de los dos menores”.

Hace dos años, el mundo se le derrumbó cuando recibió la noticia que ninguna madre quiere escuchar. “La pareja de Jenny Katherine la mató, un crimen que quedó impune. Jamás podré recuperarme de su partida, ya que la muerte de un hijo es lo peor que le puede pasar a una madre”.

La tolimense quedó sumida en la tristeza, pero debía seguir trabajando en los restaurantes para sacar adelante a sus dos hijos menores. “Mi vida comenzó a cambiar a finales del año pasado, cuando ingresé al programa ‘Mujeres que reverdecen’”.

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La siembra en las huertas y el fortalecimiento de los árboles de los parques de Ciudad Bolívar, le sirvieron como medicina para su sufrimiento. “Al escuchar todos los problemas de las demás mujeres, no me sentí tan sola. Además, aprendí a sembrar, como le debí hacer de pequeña en el Tolima”.

En abril, Adriana recibió su diploma como ‘Mujer que reverdece’. “Como no estudié, jamás había recibido un diploma. Me sentí como una niña y ahora estoy muy comprometida con las actividades ambientales; por ejemplo, fui voluntaria en el reverdecer del Parque Nacional”.

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Adriana estuvo como voluntaria en el reverdecer del Parque Nacional.

La edad no es un impedimento

María Verónica Toca, una bogotana de 54 años y madre de cuatro hijos, demostró que las mujeres que llegan a cierta edad aún tienen mucho que aportar a la sociedad y son las más comprometidas con los nuevos retos.

“En ‘Mujeres que reverdecen’ las ciudadanas mayores de 50 años fuimos las más comprometidas con el fortalecimiento de las huertas, jardines y arbolado. Aunque el trabajo fue muy duro, no desfallecimos y demostramos que aún servimos para mucho”.

Aunque la primera fase del programa terminó en abril, María Verónica decidió participar como voluntaria en las actividades de recuperación del Parque Nacional que hizo el Jardín Botánico de Bogotá la primera semana de junio.

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María Verónica está muy comprometida con seguir reverdeciendo Bogotá.

“Lo hice porque en los seis meses de esta experiencia aprendí que lo más importante es cuidar nuestros recursos naturales. En el Parque Nacional apliqué varias de las enseñanzas de la profe Jennifer Torres, como el ahoyado para los árboles”.

En sus cinco décadas de vida, María Verónica no ha hecho más que trabajar fuertemente para sacar adelante a sus cuatro hijos: Yeison, Luz Adriana, Luis Alejandro y John; su única hija también fue una de las ‘Mujeres que reverdecen’ del JBB.

“Trabajé más de 10 años como interna en casas de familia, tuve una tienda y hasta vendí condimentos y esponjillas en las calles. En una época que viví en Mariquita, hacía el cebo para los jabones y trituraba los huesos para las purinas de los pollos”.

En su casa del barrio Paraíso, esta madre cabeza de familia quiere montar su propia huerta. “Estoy esperando a que mi hijo menor termine de hacer unos arreglos en la casa para luego sembrar papas, lechugas y zanahorias en pequeños contenedores. Quiero aprender más de las plantas y seguir reverdeciendo Bogotá”.

Mujeres que reverdecen

Luz Adriana, una de las hijas de María Victoria, también es una ‘Mujer que reverdece’.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá