• El Centro de Desarrollo Comunitario (CDC) Lourdes, ubicado en la localidad de Santa Fe, luce más verde por el trabajo, dedicación y esmero de 46 ‘Mujeres que reverdecen’ vinculadas voluntariamente al Jardín Botánico de Bogotá.
  • Estas ciudadanas luchadoras, la mayoría madres cabeza de familia, ayudaron a fortalecer tres huertas urbanas en este sitio del centro de la ciudad, donde también se encargaron del mantenimiento de sus jardines y árboles.
  • Las hortalizas y plantas son cultivadas de una manera agroecológica, es decir sin utilizar químicos. Cuando hay cosecha, estas mujeres llevan los productos saludables a varias ferias y eventos de la capital.
Mujeres que reverdecen

Algunas de las 46 ‘Mujeres que reverdecen’ que ayudaron a fortalecer varias huertas de la localidad de Santa Fe.

Santa Fe es una localidad de Bogotá con aroma a historia. Sus 4.510 hectáreas primero fueron habitadas por los muiscas, indígenas que cuidaban meticulosamente los ríos de aguas cristalinas que bajan por los Cerros Orientales y sus densos bosques.

Durante la Conquista de los españoles, varios de sus terrenos fueron ocupados por las tropas de Gonzalo Jiménez Quesada, nuevos moradores que sacaron a los muiscas de sus lugares sagrados y desangraron la biodiversidad nativa de la montaña y las zonas planas e hídricas.

Luego de la Colonia y la Independencia empezaron a consolidarse los primeros asentamientos en este territorio del centro capitalino, como Santa Bárbara, Las Cruces, Las Aguas, La Veracruz, La Capuchina, Las Nieves, Santa Inés, San Bernardo y La Perseverancia, el primer barrio obrero de la ciudad.

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Santa Fe es una de las localidades de Bogotá con mayor presencia de agricultura urbana.

La plaza de las hierbas, hoy conocida como Parque Santander, fue durante décadas el mayor escenario del campo en la antigua Santa Fe, un sitio que durante el siglo XX le dio la bienvenida a varios monumentos icónicos como el Parque de la Independencia y el Teatro Faenza.

En 1948 parte del territorio fue arrasado por el Bogotazo, el mismo año en que se inauguró el Museo Nacional de Colombia. Santa Fe fue erigida como alcaldía menor en 1972 y en 1991 se convirtió en la localidad número tres de la capital.

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Aunque con el paso de los años se consolidó como una de las zonas más comerciales de la ciudad, varios de sus 100.000 habitantes han mantenido viva la tradición de sembrar alimentos en sus casas, en sitios como terrazas, patios y espacios comunitarios.

El Jardín Botánico de Bogotá (JBB) tiene identificadas más de 100 huertas caseras, comunitarias, institucionales y escolares en esta localidad del centro de la ciudad, terrenos llenos de hortalizas, frutales y plantas medicinales y aromáticas liderados por los agricultores urbanos.

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Más de 100 huertas urbanas alberga la localidad de Santa Fe.

Huertas con corazón de mujer

Tres de estas huertas están dentro del Centro de Desarrollo Comunitario (CDC) de la UPZ Lourdes, un terreno ubicado en la carrera 2 con calle 4 y administrado por la Secretaría Distrital de Integración Social.

Estos terruños con manejo agroecológico, es decir sin la presencia de químicos, florecieron con las manos de 46 mujeres de las localidades de Santa Fe, La Candelaria y Los Mártires, ciudadanas que hacen parte del programa ‘Mujeres que reverdecen’.

Según Ricardo Rincón, formador del Jardín Botánico, estas mujeres luchadoras y madres cabeza de familia recibieron varias capacitaciones en agricultura urbana, clases donde conocieron temáticas como la composición de los suelos, los sustratos y las mejores técnicas para sembrar.

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El CDC Lourdes reverdeció con las manos de estas ‘Mujeres que reverdecen’.

“También aprendieron sobre el control biológico de las plagas, cómo elaborar eras o camas para las hortalizas, aromáticas y medicinales y varias técnicas como la asociación que tienen diferentes plantas”.

El trabajo de estas mujeres en el CDC Lourdes inició en la única huerta que tenía este lugar, un terreno pequeño donde se sembraban algunas hortalizas que eran destinadas para el consumo de las personas que visitan el comedor comunitario.

“En este sitio, las 46 mujeres aplicaron un nuevo sustrato, sembraron otras hortalizas y adecuaron las camas o eras, actividades que mejoraron el aspecto y la producción de la huerta”, afirmó Rincón.

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Tres huertas del CDC fueron obra de estas mujeres luchadoras.

Los profesionales del JBB evidenciaron que el predio contaba con el espacio ideal para montar dos huertas más, una propuesta que fue aceptada por las directivas del Centro de Desarrollo Comunitario Lourdes.

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“Primero trabajaron en un terreno que estaba lleno de pasto y maleza ubicado cerca del coliseo y parqueadero del CDC. Durante varios meses, las 46 mujeres retiraron ese material y luego aplicaron los nuevos sustratos”.

A punta de pala y azadón, las mujeres adecuaron el sitio y formaron varias eras. Luego dieron marcha al reverdecer de la huerta con la siembra de semillas y plántulas de especies como frijol, arveja, kale, lechuga crespa y romana, rábano, acelga y varias plantas aromáticas.

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Esta huerta del CDC Lourdes antes era un terreno gobernado por el pasto kikuyo.

“El cambio del terreno fue extremo. Pasó de un sitio gobernado por el pasto kikuyo a una huerta bastante próspera. Por ejemplo, el CDC le vendió toda la primera cosecha de lechugas al comedor comunitario”, apuntó Rincón.

Según el formador del JBB, las directivas del CDC destinan los recursos económicos obtenidos con las cosechas para el sostenimiento de la huerta. “Tienen pensado producir 4.000 lechugas e involucrar a las personas de la localidad para que ayuden con su cuidado”.

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Estas ‘Mujeres que reverdecen’ han sudado la gota gorda para fortalecer las coberturas del CDC.

Emprendimiento verde

Las 46 ‘Mujeres que reverdecen’, divididas en dos grupos (uno por la mañana y otro por la tarde), le dieron vida a la tercera huerta del CDC Lourdes, ubicada cerca de la oficina de la subdirección de este lugar.

“Es un terreno con algo de pendiente donde las mujeres retiraron varios residuos sólidos y escombros. Luego, con varias tablas de madera que consiguieron, conformaron las camas de esta nueva huerta”, indicó Rincón.

Además de fortalecer y crear estas tres huertas de la localidad de Santa Fe, las 46 ciudadanas también ayudaron a mejorar otras coberturas vegetales del Centro de Desarrollo Comunitario Lourdes.

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Debido a su gran labor, estas mujeres pueden cosechar en una de las tres huertas del CDC.

“Realizaron varias jornadas de mantenimiento en las zonas de jardín, ayudaron a aporcar y hacer el plateo de los árboles y construyeron cercas vivas con eugenias”.

Rincón asegura que estas mujeres están bastante satisfechas con su labor de agricultura urbana, jardinería y arbolado en esta zona de la localidad de Santa Fe, ubicada a pocos metros del centro histórico de La Candelaria.

“No se cansan de sacar pecho por el montaje y fortalecimiento de las tres huertas. Por ejemplo, cuando iniciamos labores en la huerta cerca del coliseo, ninguna pensaba que se pudiera hacer algo en ese sitio por la cantidad de maleza. Al ver los resultados, sus rostros se llenan de sonrisas”.

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Estas mujeres han vendido las hortalizas del CDC Lourdes en varias ferias y mercados campesinos.

Debido a los logros alcanzados en las huertas, el CDC tomó una decisión que llenó de alegría a estas 46 mujeres del centro de la capital: podían utilizar algunas de las hortalizas, verduras y plantas medicinales para comercializarlas.

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La primera prueba de fuego fue en una feria realizada en el Ministerio de Salud, donde las mujeres llevaron varios de los alimentos que siembran y cosechan en estas tres huertas de la localidad de Santa Fe.

“Nos fue muy bien, vendimos todo lo que llevamos y tuvimos una buena acogida por parte de los trabajadores del Ministerio”, dijo Reina Huyabán, una de las mujeres que reverdecen el CDC.

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Con varias de las hortalizas de las huertas, estas mujeres venden ensaladas saludables.

Sin embargo, el Mercado Campesino Agroecológico del Jardín Botánico fue el primer evento masivo donde estas ciudadanas mostraron su emprendimiento ambiental, un negocio verde conformado por los regalos que salen de las huertas.

Lo llamaron ‘Mi huerta en su casa’. Además de vender hortalizas frescas y sin químicos, estas mujeres preparan ensaladas saladas y dulces saludables y las comercializan en diversas ferias de la localidad y el centro de la ciudad.

“Cada vez que vamos a una feria, los ciudadanos nos comparan todos los productos al ver sus colores vivos y frescura. Las ganancias las repartimos entre las mujeres del grupo, quienes queremos seguir con nuestro emprendimiento ambiental”, apuntó Reina.

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Las plantas de esta huerta son la materia primera del emprendimiento ambiental de las 46 mujeres.

Una reina de la huertas

Reina Huyabán nació hace 63 años en Cachipay, un municipio de tierra cálida de Cundinamarca. Sin embargo, pasó toda la infancia y parte de la adolescencia en Puerto Lleras, territorio del Meta donde se enamoró del campo.

“Mi padre cultivaba mucho maíz, plátano y yuca con ayuda de los arrieros. Por la finca pasaba un río muy bonito y teníamos a la mano el pescado fresco. Allí aprendí a amar y cuidar la naturaleza, en especial a los árboles”.

Cuando su madre murió, en el despertar de su adolescencia, la familia de Reina comenzó a dispersarse. Sus hermanos cogieron nuevos rumbos y el padre quedó solo en la finca sumergido en una tristeza infinita por la pérdida de su esposa.

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Reina es una campesina que reverdeció en las huertas del CDC Lourdes.

“Mi papá decidió vender la finca, pero al poco tiempo no soportó la soledad y partió de este mundo a reunirse de nuevo con mi mamá. Eran muy unidos y no concebían estar separados ni un solo día”.

La joven con corazón llanero llegó a la casa de una conocida de la familia en un barrio del centro de Bogotá, donde todos los días extrañaba la belleza de la Orinoquia. “Mi vida cambió totalmente. Pasé de vivir libre en el campo a una ciudad fría y llena de carros”.

Mientras terminaba el bachillerato, Reina descubrió una nueva pasión: la cocina. “En el Meta jamás cociné, pero en Bogotá comencé a experimentar para lograr replicar la sazón de mi madre. Me volví experta y sé preparar arroz chino, espaguetis italianos, ajiaco, sancocho valluno y muchos platos más”.

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La agricultura y la cocina son dos de las grandes pasiones de Reina.

Toda su vida ha trabajado como cocinera, incluso en restaurantes muy reconocidos como La Hamburguesería. “El amor llegó a mi vida y me organicé con un señor en una pieza del centro. Luego nos fuimos a vivir a una casa en el barrio Belén y allí crie a mis dos hijos: Óscar e Iván”.

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Hace algunos años, Reina decidió separarse de su pareja porque él se dedicó a la bebida. “Eso puso fin al amor y me quedé sola con mi hijo menor; el primogénito ya se había organizado con una buena mujer muy trabajadora”.

El año pasado, cuando la llamaron del JBB para ser una de las ‘Mujeres que reverdecen’, Reina aceptó encantada la propuesta. “Iba a manipular la tierra, sembrar semillas y verlas convertirse en plantas, algo muy hermoso que hice de niña en el llano”.

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Reina es una de las mujeres que más participa en las ferias y mercados campesinos.

Aunque su principal sitio de trabajo fue el CDC de Lourdes, Reina y las otras 45 mujeres del grupo ayudaron a fortalecer otras huertas del centro de la ciudad, como Santa Elena, El Triunfo, una en la casa comunitaria de Egipto y el Botánico Hostel.

“Me encantan las tres actividades que hacemos: huertas, jardinería y arbolado. Cuando uno ama la tierra tanto como yo, todo esto gusta demasiado; así sean labores difíciles como el plateado de los árboles o la limpieza de los terrenos para las huertas”.

La nueva huerta que consolidaron en el CDC, es uno de los mayores orgullos de Reina. “Retirar todo ese pasto kikuyo fue una cosa dura. Pero logramos sacarla adelante y sembramos arveja, maíz, zanahoria, perejil, kale y lechugas como la china, romana, crespa, verde y morada”.

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En el programa ‘Mujeres que reverdecen’, Reina complementó sus conocimientos sobre los cultivos.

Esta campesina jamás pensó que podía realizar este tipo de actividades ambientales en una ciudad como Bogotá, donde el cemento manda la parada. “Es una experiencia que me conectó de nuevo con el campo y donde aprendí muchas cosas nuevas”.

Reina también forjó lazos de amistad con sus compañeras y por eso lograron crear el emprendimiento ambiental. “Nuestro profe Ricardo es una maravilla, una persona muy paciente que solo quiere ayudarnos”.

Cada vez que las invitan a un evento, feria o mercado campesino, Reina es una de las primeras en confirmar su asistencia. “Allí descubrí que también tengo talento para vender. Lo mejor es que comercializo productos de buena calidad que ayudan a mejorar la salud”.

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Reina está dedicada de lleno a vender las hortalizas de la huerta en varias ferias.

“Cultivar mejoró mi salud”

En Puerto Lleras, municipio del departamento del Meta, Aminta Buendía aprendió a caminar entre los cultivos de arroz, maíz, cacao, caña, plátano y yuca que sus padres sembraban y cosechaban en la finca.

“El campo corre por mis venas y es el motor de mi corazón. Llevo la agricultura en todo mi ser, una actividad que me inculcaron mis papás y la cual realicé hasta los 17 años en el pueblo. Todos los días, sin falta alguna, madrugaba a regar los cultivos y arar la tierra”.

Aunque nunca le faltó un plato de comida y era feliz en medio de los cultivos, Aminta no echó raíces en la finca llanera. “Yo no quería continuar con el sufrimiento que padecían mis padres cada vez que perdían una cosecha; además soñaba con poder estudiar”.

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Aminta dio sus primeros pasos en los cultivos que tenían sus padres en una finca llanera.

Con algunos amigos del pueblo, la joven llanera llegó al municipio de Cáqueza (Cundinamarca) y trabajó en varias casas de familia. “Al poco tiempo conocí una comunidad de monjas y con ellas me vine a Bogotá”.

Aminta quería ser monja para trabajar por la comunidad, pero una enfermedad evitó que cumpliera su sueño. “Los médicos me diagnosticaron apnea del sueño severa, un trastorno grave en el que la respiración se interrumpe. Esa enfermedad tampoco me dejó terminar el bachillerato y comprendí que no podía seguir sola; me tocaba hacer una familia”.

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En Bogotá se casó y tuvo a su único hijo, Eduard Leonel. “Con el dinero que ganaba mi esposo en metalmecánica y mantenimiento industrial de maquinaria, fuimos consolidando nuestro hogar en el barrio El Consuelo, en la localidad de Santa Fe”.

Aminta se dedicó al hogar y la crianza de su hijo. “Hice varios cursos relacionados con cosas sociales y de sistemas, pero por mi enfermedad no podía trabajar en algo formal”.

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Aminta asegura que su trabajo en las huertas del centro le ha ayudado con sus problemas de salud.

A mediados del año pasado, Aminta se enteró del programa ‘Mujeres que reverdecen’ y decidió inscribirse porque quería volver a cultivar y conectarse de nuevo con sus raíces campesinas de antaño.

“Además, este programa me iba a ayudar con mi estado de salud. La mejor receta para mi enfermedad es estar activa y hacer ejercicio, algo que iba a poder hacer en las huertas y jardines del centro de la ciudad”.

Y así sucedió. Según Aminta, debido a sus actividades en el programa no tuvo que utilizar tanto la máquina de oxígeno. “Eso se debe a que me mantengo activa y hago ejercicio. Valoro mucho esta iniciativa porque mi estado de salud ha mejorado”.

Además de sentirse mejor de salud, ‘Mujeres que reverdecen’ le permitió aplicar sus conocimientos campesinos. “Por primera vez pude trabajar en Bogotá en algo que sé hacer y llevo en las venas. Siento que volví a mis raíces al revivir todo lo que hacía de niña y joven”.

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La agricultura corre por las venas de esta llanera amante de la naturaleza.

“Volví a sonreír”

Yolanda Arroyo nunca ha cortado su cordón umbilical con El Consuelo, un barrio de la localidad de Santa Fe donde nació, pasó su infancia y adolescencia, se casó y conformó una numerosa familia de tres hijos y nueve nietos.

“Llevo 60 años en este hermoso lugar pegado a Los Laches, es decir toda mi vida. Cuando era niña mi mamá compró un lote grande donde con mis cinco hermanos aprendimos a sembrar cilantro, zanahoria y cebolla”.

Además de aprender a labrar la tierra, el verde de los Cerros Orientales le despertó una sensibilidad por los recursos naturales. “Era la persona más feliz del mundo en la montaña. Veía muchas aves y me sentaba a ver las quebradas de aguas cristalinas”.

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Yolanda se define como una eterna enamorada de la naturaleza.

Con el paso de los años, el paisaje biodiverso y agrícola que tanto amaba se fue desvaneciendo. “El barrio empezó a llenarse de cemento con las nuevas construcciones y no pudimos seguir sembrando. Nuestra casa familiar también creció y poco a poco se acabaron los cultivos”.

Yolanda consiguió trabajo en una floristería y luego fue contratada en una empresa de petróleos, donde estuvo durante décadas. “Mi trabajo llegó a su fin por la pandemia del coronavirus: a varios de los trabajadores nos sacaron por falta de plata”.

El covid-19 no solo le quitó su trabajo más estable. Al poco tiempo de salir de la empresa, su esposo se contagió y lamentablemente su salud se fue deteriorando a pasos agigantados.

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En las huertas de Santa Fe, Yolanda sanó un poco las heridas que le dejó la muerte de su esposo.

“Mi esposo, el amor de mi vida, falleció. Su pérdida me dejó desubicada, sin ganas de salir de la casa y borró la sonrisa de mi rostro. No podía ni pararme de la cama y solo pensaba en irme de este mundo”.

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Durante esa época de tristeza, Yolanda recibió una llamada para participar en el programa ‘Mujeres que reverdecen’. “Sabía que allí podía sanar un poco las heridas que me causó la pérdida de mi esposo. La naturaleza es el mejor remedio para las penas del corazón y el alma”.

En las huertas del CDC Lourdes y otras zonas de la localidad de Santa Fe, esta bogotana volvió a sonreír. “Fue una bendición porque me inyectó las ganas de volver a vivir. Aprendí mucho y soy la más feliz en las huertas y las ferias donde llevamos el emprendimiento”.

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Yolanda volvió a sonreír en el programa ‘Mujeres que reverdecen’.

Regreso al campo

Mariela Medina nació en la capital mundial de la esmeralda, un pueblo boyacense dedicado a la explotación de esta piedra preciosa de color verde desde la época de la Conquista.

“En Muzo tuve una crianza humilde pero feliz. Desde niños, con mis nueve hermanos aprendimos a cultivar café, yuca, plátano y cacao en la finca de mis padres, productos típicos del clima templado”.

A los 12 años, Mariela se dedicó de lleno a las labores campesinas. “No pude seguir con mis estudios porque me tocaba ayudarle a mis papás. Me puse a trabajar en los cultivos y aprendí a valorar la comida y querer el campo”.

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En Muzo, Mariela aprendió el arte de trabajar la tierra.

En los campos de Muzo conoció a su futuro esposo, otro agricultor. “Seguimos sembrando y cosechando durante muchos años, tiempo en el que tuvimos a nuestros dos hijos. Luego decidimos asentarnos en el casco urbano del pueblo, donde validé el bachillerato”.

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Mientras criaba a sus hijos y se encargaba del mantenimiento de la casa, Mariela decidió estudió una tecnología en salud ocupacional en el SENA. “Aunque ya tenía más de 40 años, yo quería estudiar para conseguir buenos trabajos”.

Cuando terminó la tecnología, Mariela, su esposo e hijos cogieron rumbo hacia Bogotá. La familia se ubicó en el barrio Santa Rosa de Lima, ubicado en la localidad de Santa Fe, donde empezaron a pagar una casa.

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Mariela pensaba que en Bogotá no iba a volver a sembrar hortalizas.

“Mi esposo manejaba una ruta escolar que tenía un sobrino. Yo pasé muchas hojas de vida para trabajar en algo de salud ocupacional, pero en todo lado me pedían experiencia y me hacían el feo por mis 45 años”.

Como era experta en manejar máquinas de coser, Mariela se puso a trabajar como costurera. “Me contrató una empresa donde duré más de ocho años. Por la crisis de la pandemia del coronavirus, el negocio entró en crisis y despidieron al personal”.

Al enterarse del programa ‘Mujeres que reverdecen’, esta boyacense encontró la opción ideal para volver al campo y ocupar su tiempo. “Iba a volver a sembrar y por eso pasé los papeles inmediatamente con ayuda de mi hija”.

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Volver a sembrar es uno de los regalos que le dejó el programa ‘Mujeres que reverdecen’.

En las coberturas vegetales de la localidad de Santa Fe, esta campesina nutrió los conocimientos agrícolas del pasado. “Nuestro profesor nos explicó muy bien todas las actividades de arbolado, jardines y huertas”.

Mariela asegura que la huerta del CDC Lourdes es el mayor logro de su grupo de 46 mujeres. “Empezamos de cero quitando el pasto y limpiando la zona. Luego arreglamos la tierra, sembramos semillas y plántulas de hortalizas, hicimos riego seguido y deshierbe”.

Con lo aprendido en el programa de ‘Mujeres que reverdecen”, esta madre luchadora se aventuró a montar una huerta pequeña en su casa. “Tengo lechuga, zanahoria, repollo y cilantro, productos que destino para el consumo de la familia”.

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Mariela prepara una torta con el kale que cultiva en las huertas del CDC Lourdes.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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