• Hace 18 años, Luis Alberto Tovar, Marina Caballero, Juan Avendaño y Euclides Rojas, habitantes del barrio Fábrica de Loza, le dieron vida a una huerta contigua a los 32 lavaderos de ropa fundados por Jorge Eliécer Gaitán en 1936.
  • Este proceso ambiental y comunitario del centro de Bogotá ahora cuenta con nuevas manos amigas: Joaquín Ramírez y cerca de 20 mujeres de la tercera edad que participan en su grupo cultural.
  • Conozca la historia de este tradicional sector de la capital que hace parte de la segunda ruta turística de huertas agroecológicas del Jardín Botánico, conformada por cinco iniciativas de las localidades de Santa Fe y La Candelaria.
Huertas del centro

Algunos de los ciudadanos que siembran y cosechan en la huerta Fábrica de Loza.

Luis Alberto Tovar Mora, un hombre de 71 años de estatura baja y cabello totalmente platinado, siempre se levanta temprano. Todos los días, sin falta alguna, despierta antes de escuchar el ‘quiquiriquí’ de los gallos en medio de la penumbra y la espesa neblina de la madrugada.

A las seis de la mañana ya está bañado, vestido y perfumado. Luego de desayunar coge un bastón que fusiona el hierro con la madera y sale de su casa del barrio Fábrica de Loza, un sitio ubicado en la localidad de Santa Fe que aún conserva varias de las huellas del pasado.

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A paso lento pero firme, Lucho, como le dicen sus amigos y familiares, se mete por varios de los recovecos del barrio, caminos estrechos, empedrados y rodeados en su mayoría por viviendas de un solo piso con tejas de ladrillo y fachadas viejas que exhiben el paso del tiempo.

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Luis Alberto Tovar es uno de los líderes comunitarios más queridos y conocidos del barrio Fábrica de Loza.

Los habitantes del sector lo saludan respetuosamente. Algunos incluso hacen venias cuando lo ven pasar, como si se tratara de un ícono capitalino. Luis Alberto detiene su caminata en un predio ubicado en la Avenida Los Comuneros con carrera 2A, al lado de un parqueadero; saca del bolsillo de su chaqueta una moneda para golpear una antigua reja.

Tres perros criollos salen de sus pequeñas casas de madera y comienzan a ladrar. Arturo Moreno aparece al final de un largo recoveco y calma a los canes, quienes lo acompañan hasta la puerta enrejada para abrir un candado y dejar entrar a su amigo de antaño.

Decenas de personas del barrio lo esperan en una zona cubierta donde hay 34 lavaderos de ropa, todos pintados de amarillo y rojo, que fueron fundados por Jorge Eliécer Gaitán en 1936 para las mujeres de la antigua Fábrica de Loza.

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Estos lavaderos fueron fundados por Jorge Eliécer Gaitán en 1936.

Albertico, otro de los apodos que lo acompaña desde niño, organiza a la comunidad en un pequeño invernadero situado al frente de un estanque redondo de aguas cristalinas, desde donde se divisa una huerta escalonada repleta de lechugas, acelgas, arvejas, caléndulas, tomates de árbol, lulos y espinacas.

Solo hay una silla plástica en el recinto, la cual le es cedida de inmediato a Luis Alberto. Las personas se ubican a su alrededor, lo observan con una admiración extrema y no dicen una sola palabra. El veterano coge su bastón, da unos pocos pasos y fija sus ojos azules en los cultivos cubiertos por la sombra de un pino centenario.

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“Esta huerta nació hace 18 años y es fruto del trabajo comunitario de Marina Caballero, Juan Avendaño, Euclides Rojas y mi persona. Por eso, hoy los cité en este espacio histórico para que el proceso continúe como una familia y sin intrigas, roscas y conflictos. El objetivo de este terruño siempre ha sido ayudar a las personas que lo necesiten”.

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La huerta Fábrica de Loza nació hace 18 años por el trabajo comunitario de varios vecinos del sector.

Por cuestiones de salud y las restricciones de la pandemia del coronavirus, Lucho, que lleva décadas como presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Fábrica de Loza, tuvo que ausentarse de este lugar durante algún un tiempo, una ausencia que acaba de llegar a su fin.

El líder comunitario apunta con uno de los dedos de su mano derecha, algo temblorosa por el paso de los años, hacia una zona ubicada en lo más alto de la huerta que colinda con el Centro de Desarrollo Comunitario (CDC) Lourdes.

“Allí voy a sembrar acelga, apio, perejil, cilantro y lechuga en cuatro camas. Además, estoy pensando en revivir el fondo para la comunidad con la venta de los productos de los cultivos, por lo cual necesitamos estar bien articulados”.

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Durante muchos años, las ventas de las hortalizas de esta huerta fueron destinadas a las personas más necesitas de la zona.

Joaquín Ramírez y cerca de 20 mujeres de la tercera edad que hacen parte de su grupo cultural, fueron las personas que se encargaron del cuidado de la huerta durante la ausencia de Lucho, un trabajo que contó con la asesoría técnica del Jardín Botánico de Bogotá (JBB).

“El trabajo que ustedes hicieron durante esos meses de la pandemia fue muy valioso y espero que lo sigan realizando. El futuro de esta huerta que muestra las huellas del pasado del centro de Bogotá está en la unión de la comunidad, el respeto y la disciplina. Hoy les quiero contar parte de mi historia en este barrio tradicional e histórico”, les dice Lucho a sus vecinos.

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Luis Alberto Tovar y Joaquín Ramírez son los líderes que se encargan del cuidado de la huerta Fábrica de Loza.

Líder del centro

Fábrica de Loza es un barrio que respira historia. Su origen se remonta a finales del siglo XIX, en 1832, cuando la Sociedad de la Industria Bogotana montó una fábrica de loza fina en este terreno rodeado por los barrios Belén, Lourdes, Las Cruces y Girardot.

En 1845, la fábrica donde se elaboraban platos, tazas y vajillas fue comprada por Nicolás Leyva, un empresario antioqueño que la tuvo a su cargo hasta 1887, año en el que falleció y la empresa quedó abandonada.

Según las historias que sobreviven en la comunidad, los terrenos aledaños a la fábrica que estuvo en pie hasta la construcción de la avenida Los Comuneros, fueron ocupados por los antiguos operarios. La gente del barrio también asegura que bajo el suelo hay túneles que conectan varias zonas.

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La familia de Luis Alberto fue pionera del barrio Fábrica de Loza.

La familia de Luis Alberto fue testigo de esta parte de la historia del centro de Bogotá. Por ejemplo, sus abuelos trabajaron en la fábrica luego de vivir en Soacha, y su madre, Blanca Lilia, nació en la zona cuando ya no funcionaba la empresa y los trabajadores ocuparon la zona.

“Yo nací en este barrio hace 71 años, una época en la que éramos conocidos como la escoria del centro porque robaban, mataban y vendían droga. La policía hacía operativos todos los días y nos sacaban de las casas como si todos fuéramos malandros; pagábamos por los platos que otros rompían”.

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Las reminiscencias de su niñez son agridulces. Recuerda que cuando jugaba con sus amigos, encontraba piezas de loza enterradas en las calles aún sin pavimentar, hallazgos que lo sorprendían. “Pero mi infancia fue muy dura. Me tocaba salir a las calles a buscar la plata para llevarles comida a mis hermanos. En la casa, mi padrastro me daba palo todos los días en la cabeza; no estoy loco de puro milagro”.

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Lucho tiene varios álbumes repletos con las fotografías de antaño del barrio Fábrica de Loza.

Cuando tenía 12 años, la escasez de dinero lo llevó a robar. “Iba a los almacenes a robar ropa y zapatos para mis hermanos, pero también les llevaba cosas a los niños más pobres y necesitados del barrio. En esa época despertó en mí una pasión por ayudar a la gente”.

Ya entrado en la adolescencia, Lucho comenzó a ser reconocido como uno de los líderes comunitarios de la Fábrica de Loza. Lideraba protestas contra los policías, quienes seguían maltratando a sus vecinos porque pensaban que todos eran delincuentes.

“En esa época varias personas se creían los dueños del barrio y comenzaron a cobrar arriendos a los habitantes. Reuní a la gente para decirles que no pagaran nada y que con esa plata podíamos pintar las fachadas de las casas y mandar a hacer el alcantarillado”.

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Lucho es todo un ícono del centro de Bogotá. Cada vez que habla, los vecinos lo escuchan con atención.

Rescate de los lavaderos

En 1936, cuando el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán era alcalde de la ciudad, fundó unos lavaderos comunitarios en la carrera 2 con calle 3 para que las mujeres del sector pudieran lavar la ropa, actividad que hacían en la quebrada San Juanito.

“Gaitán le propuso al dueño de esas tierras que se las vendiera, pero decidió regalárselas. Mi madre Blanca Lilia fue la primera mujer que se encargó de cuidar los 32 lavaderos, un sitio donde se construyó un estanque redondo para captar el agua cristalina que venía de los cerros”, recuerda Tovar.

Lucho conoció los lavaderos desde que nació: su madre lo llevaba seguido para que la acompañara en su trabajo como celadora. Sin embargo, no fue sino hasta 1976, cuando tenía 25 años, que se metió de pies y cabeza para evitar que desaparecieran.

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El agua cristalina que nace en los cerros orientales es utilizada para el funcionamiento de los lavaderos.

“Los lavaderos se convirtieron en un fumadero, violadero y lugar de venta de drogas. Como yo andaba armado y tenía el apoyo de la comunidad, saqué corriendo a esos malandros y comenzamos a recuperar la zona”.

Varias mujeres del barrio fueron seleccionadas para cuidar los lavaderos, incluidas la mamá y esposa de Luis Alberto. “También estaban Trina, una señora muy alta, Aura Moreno, Lilia y Verónica, quienes limpiaron toda la basura. Fundé la primera junta de mejoras y decidimos cobrar 50 pesos por lavar la ropa”.

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Pero Lucho tuvo algunos altercados con su señora madre, cuando se enteró que ella les estaba cobrando 1.000 pesos a las mujeres por lavar. “Me puse muy bravo y le dije que era una injusticia cobrar todo eso porque mucha gente no tenía ni qué comer. El reclamo la molestó bastante, al igual que a mis hermanos”.

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Los lavaderos fundados por Jorge Eliécer Gaitán tienen 86 años de vida.

Con ayuda de los curas Miguel y Osvaldo Jaramillo, Luis Alberto carnetizó a las mujeres lavadoras y llegaron al acuerdo de cobrar 2.000 pesos al mes. “Podían ir cualquier día y demorarse todo el tiempo que quisieran. A mi mamá no le gustó esa idea y se puso más brava conmigo, pero con el paso del tiempo se le pasó el mal genio”.

Luego de lavar la ropa en los lavaderos, las mujeres colgaban las prendas en los tendederos que había en el predio, todo cubierto por pastizales. “Eso era muy bonito porque todas conversaban y fortalecían sus lazos de amistad. Pero con el paso de los años y la llegada de las lavadoras, la mayoría de mujeres dejó de venir”.

Los habitantes de calle y personas de El Cartucho ingresaban constantemente a los lavaderos, una presencia que no le gustó para nada a Lucho. “Venían a robar las cosas de la casa que hay en los lavaderos y hacían sus necesidades. A todos los sacaba corriendo mostrando el revólver que ocultaba en la chaqueta”.

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Varias mujeres del centro de la ciudad siguen lavando su ropa en los lavaderos de Gaitán.

Mejoras en el barrio

La delincuencia y la drogadicción gobernaban el barrio Fábrica de Loza. Según Luis Alberto, era conocido como El Túnel debido a los recovecos que hay entre las casas, por donde se movían con agilidad los ladrones y vendedores de droga.

“Me propuse sanear el barrio de todas las ollas de droga y obtener la personería jurídica para que la comunidad tuviera los servicios básicos. El alcalde local de entonces me dijo que debía conformar una junta de acción comunal, por lo que me reuní con más de 80 personas del barrio y enviamos papeles por todo lado”.

Su trabajo comunitario no gustó en varios sectores del centro de Bogotá, como las juntas de los barrios Lourdes, Santa Bárbara, Girardot y La Concordia, vecinos que según Lucho lo demandaron ante el Ministerio del Interior.

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Luis Alberto Tovar asegura que seguirá como líder comunitario hasta que el cuerpo se lo permita.

“Ellos se creían los dueños de Fábrica de Loza. Cuando me los encontraba en la calle me gritaban ladrón, marihuanero y vendedor de droga del túnel. La policía seguía maltratando a la gente del barrio, a pesar que la mayoría éramos personas buenas”.

En una reunión con las otras juntas de acción, Luis Alberto salió victorioso por ser la única persona que conocía los linderos del barrio. “La carrera 1 al oriente, la carrera 4 al occidente, la calle 3 al sur y la calle 5 al norte. Luego de muchas luchas, por fin logré la personería jurídica”.

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El líder continuó tocando puertas para pavimentar las calles y poner los servicios de luz, agua, alcantarillado y teléfono. “Pero los vendedores de droga seguían en el barrio. Sin rastro de miedo los reuní y les dije que tenían que responder económicamente por cada persona que asesinaran. Fue una batalla larga que al final llegó a un buen término”.

Como presidente de la junta de acción comunal, Luis Alberto siguió con su lucha por mejorar la calidad de vida de sus vecinos. “Luego de un proceso extenso, en el que hicimos los planos de cada una de las viviendas y fuimos muchas veces a la Notaría, logramos sacar las escrituras; y poco a poco la policía disminuyó sus acciones contra la comunidad”.

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Las plantas medicinales son protagonistas en la huerta Fábrica de Loza.

Llega la huerta

Hace 18 años, Luis Alberto dio marcha a un nuevo proyecto comunitario en la zona donde las mujeres colgaban la ropa que enjabonaban en los lavaderos, un predio con una alta pendiente que estaba todo cubierto de pasto.

“Con Marina Caballero, Juan Avendaño y Euclides Rojas, otros líderes sociales del barrio y grandes amigos, nos propusimos montar una huerta para sembrar hortalizas, frutales y plantas medicinales. Andrea Navia, quien venía de la asociación Manos Amigos, nos ayudó bastante”.

Los cuatro futuros huerteros, que en esa época ya superaban los 50 años de vida, primero recibieron cursos de agricultura urbana por parte de la asociación, conocimientos que fueron aplicando en el terreno gobernado por un imponente pino.

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La huerta Fabrica de Loza fue creada hace 18 años por cuatro líderes comunitarios.

“Por tratarse de una zona con pendiente, primero se adecuó el terreno a punta de azadón, pico y pala. Hicimos más de ocho camas para los cultivos con tablas y maderas que la gente dejaba en la calle, y poco a poco fuimos sembrando semillas e incorporando plántulas que compramos con nuestros propios recursos”.

La huerta, bastante amplia y próspera, fue llamada Fábrica de Loza como un homenaje al barrio que los vio nacer. Luis Alberto recuerda que lo primero que sembraron fueron lechuga, perejil, tomate cherry, acelga, calabacín, fresa y cilantro.

“Al comienzo, todo lo que salía de la huerta era para el consumo de nuestras familias y las personas más necesitadas del barrio. Pero luego empezamos a vender los productos y con ese dinero creamos un fondo para comprar las plántulas y semillas. También recibimos apoyo del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) y la Alcaldía Local de Santa Fe”.

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La comunidad del centro de Bogotá es la protagonista de la huerta Fábrica de Loza.

Algunas mujeres del barrio también sembraban en la huerta, pero al poco tiempo abandonaron el predio porque no querían participar en el fondo. “Su única intención era lucrarse económicamente, algo que no hace parte de este proyecto. Por eso solo seguimos Marina, Euclides, Luis y mi persona”.

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Durante 16 años, la huerta Fábrica de Loza funcionó a la perfección por la dedicación de sus cuatro guardianes, tanto así que fue uno de los sitios más reconocidos en Bogotá por el manejo agroecológico de los cultivos, es decir sin aplicar ningún tipo de químico.

“Mucha gente de otras localidades de la ciudad venía a conocer nuestro proyecto, personas que también quedaban sorprendidos con los lavaderos. Este terreno es un regalo que nos dejó Jorge Eliecer Gaitán y el cual seguiremos cuidando meticulosamente”.

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Fábrica de Loza hace parte de la segunda ruta de huertas agroecológicas de Bogotá.

Renacer

El coronavirus causó profundas cicatrices en la huerta Fábrica de Loza y sus cuatro custodios. Debido a las restricciones de la pandemia, como las cuarentenas, la zona quedó sin quien la cuidara y estuviera pendiente de sus requerimientos diarios.

“Como somos personas de edad, nuestros hijos no nos dejaban salir de las casas para trabajar en la agricultura urbana. La huerta estaba cubierta por un tipo de invernadero, un techo de plástico que se cayó durante la pandemia y afectó todos los cultivos”.

Luis Alberto y sus compañeros también sufrieron varios problemas de salud, circunstancias que les evitaron meterle la mano a la deteriorada huerta. “Todos los cultivos se murieron y la huerta quedó invadida por la maleza. No poder estar allí nos enfermó más el alma y Marina sigue muy malita”.

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Más del 20 abuelas del centro de la ciudad han ayudado con el renacer dela huerta.

Hace un año, el Jardín Botánico de Bogotá decidió reverdecer esta huerta comunitaria e icónica del centro de la ciudad, una mano amiga que Lucho y sus compañeros trataron de liderar desde sus casas.

“Como no podíamos estar en la huerta por nuestras enfermedades, llamamos a Joaquín Sánchez, un líder social que lleva muchos años con su grupo cultural de mujeres de la tercera edad. Con la asesoría del JBB, Joaquín y sus más de 20 abuelas fueron las personas que le inyectaron vida al terreno y dejaron la huerta muy hermosa”.

Con el renacer de Fábrica de Loza, hoy repleta de hortalizas, frutales y plantas aromáticas de colores vivos, el JBB resolvió incluirla en la ruta agroecológica ‘De huerta en huerta’ del centro de la ciudad, la segunda conformada en la capital después de la de Suba.

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El lanzamiento de la ruta agroecológica del centro de la ciudad estuvo lleno de bailes y música.

‘De vuelta a la tierra’, nombre de la ruta agroecológica del centro, está conformada por cinco huertas de Santa Fe y La Candelaria: Fábrica de Loza, Santa Elena, Casa Museo Quinta de Bolívar, Del Cóndor y Botánico Hostel.

Esta iniciativa le apunta al posicionamiento de la actividad agroecológica urbana desde una perspectiva turística, generando valores agregados a la actividad de siembra y cosecha y reivindicando la labor de sus propietarios como guardianes de saberes y protectores del entorno.

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“Es muy importante que la ciudadanía conozca este sitio histórico de la ciudad. Las personas que nos visiten por medio de esta ruta turística ambiental, podrán conocer el proceso de la huerta, la historia del barrio y los lavaderos de Jorge Eliécer Gaitán”, asegura Lucho.

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Los ciudadanos pueden conocer este sitio histórico de Bogotá a través de la ruta agroecológica.

Heredero cultural

Al caminar por los senderos de la huerta, Luis Alberto no puede evitar mostrar señales de nostalgia. No lo hace con su característica voz gruesa sino con sus ojos azules que advierten la llegada de alguna que otra lágrima.

Luego de tocarse el rostro con sus manos temblorosas, el líder comunitario asegura que se siente tranquilo por el futuro de este terruño. “Mis cuatro hijos y nueve nietos me dijeron que van a seguir con mi legado, algo que a mi esposa Gilma Cárdenas nunca le ha llamado la atención”.

También está Joaquín Ramírez y sus mujeres de la tercera edad, quienes han demostrado que la huerta habita en sus corazones. “Este sitio histórico no puede quedar a la deriva. Por eso volveré a montar el fondo para ayudar a la comunidad y estaré en este sitio hasta que la vida me lo permita”.

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Joaquín Ramírez fue el encargado de liderar el renacer de la huerta luego de los estragos de la pandemia.

Joaquín nació en Facatativá, municipio cundinamarqués donde se crio en medio de huertas llenas de cebada, trigo, maíz y papa. Sus abuelos tenían un solar en la casa y allí sembraban plantas aromáticas, tallos, lechugas y cilantro.

“En el colegio industrial donde estudié despertó mi amor por el trabajo comunitario. A los 19 años me fui para el barrio Los Laches en Bogotá, donde estaban mis papás, y allí explotó en mí una pasión desbordada por la cultura”.

En Los Laches, Joaquín se fue metiendo poco a poco en algunos grupos comunitarios, como un programa cultural y deportivo donde participaba su padre, y la asociación cristiana femenina presidida por su madre.

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Joaquín es venerado por las mujeres de la tercera edad del centro de Bogotá.

“Le dije a mi mamá que los hombres debían tener cabida en su asociación y monté un grupo a nivel teatral y de coro con niños. Me encarreté mucho con la parte social de la localidad de Santa Fe al ver la pobreza, detrimento y las situaciones económicas muy difíciles”.

En sus primeros años como promotor cultural, Joaquín hizo varias obras de teatro con niños, jóvenes y monjas, además de una escuela deportiva con los habitantes de Egipto, Lourdes, Los Laches, El Dorado y Consuelo.

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Un programa de alfabetización con niños en la vereda Verjón Alto de Chapinero, lo marcó profundamente. “Conocí a Alcides Garzón, un niño ciego que no quería aprender. Con el permiso de su mamá lo llevé al Instituto Nacional de Ciegos y logró hacer la primaria y bachillerato; eso fue lo que más me marcó e inyectó muchas ganas de hacer trabajo social”.

Joaquín se casó a los 25 años, tuvo tres hijos y trabajó durante dos décadas con la población infantil, hasta que en 2005 cambió de grupo poblacional por un programa de la Alcaldía Local de Santa Fe y la Universidad Distrital.

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Lucho se ha encargado de inyectarle sus conocimientos de agricultura urbana a Joaquín.

“El objetivo del programa era crear escuelas deportivas con adultos mayores, una población con la que nunca había trabajado. El IDRD y la Universidad Distrital me capacitaron para aprender a manejar a la gente y crear procesos de actividad física”.

Joaquín se metió de lleno a trabajar con las mujeres de la tercera edad. “Cuando las mujeres se convierten en abuelas solo se encargan de cuidar a los nietos y pierden su esencia como personas. Por eso monté una casa cultural para que ellas entendieran los cambios sociales que iban pasando a través del teatro y la danza”.

Este profesor empírico también realiza actividades lúdicas con sus mujeres mayores, como salto de lazo, trompo, yermis, tejo, rana e incluso fiestas y paseos. “En esas actividades ellas satisfacen los deseos que no pudieron cumplir de sardinas porque se casaron muy niñas”.

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Las mujeres de la tercera edad están contentas con las actividades culturales que lidera Joaquín.

Hace 12 años, Joaquín creó varias comparsas con los mitos, leyendas y personajes más representativos del centro de Bogotá, como la loca Margarita’, Pomponio, el bobo del tranvía, la mula herrada, el cura sin cabeza, los Reyes Magos y el diablo que queman en el barrio Egipto.

“Uno de los personajes más icónicos de las comparsas es Estelita Monsalve, una de las primeras mujeres que pudo votar en el país y quien luchó por los derechos de las mujeres; tuve el privilegio de conocer a esta heroína”.

Sus danzas también les rinden un homenaje a las antiguas actividades de las mujeres del centro, como las chicharroneras, chicheras y lavanderas. “Muchas de las mujeres se dedicaron de jóvenes a estas actividades. No hay nada más bonito que las personas mayores cuenten esas historias a través de la danza”.

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Magolita es una de las mujeres que más se divierte en las comparsas de Joaquín.

Con 20 de las mujeres de la tercera edad que participan en su grupo cultural, Joaquín lideró el reverdecimiento de la huerta Fábrica de Loza después de los estragos de la pandemia. “Ellas fueron las encargadas de sembrar, trabajar la tierra y poner esta huerta así de hermosa como luce hoy”.

Según el profesor, la huerta también les da salud mental a sus amadas mujeres, ya que fue su primer contacto con la naturaleza después de los meses de encierro. “Me da mucha satisfacción ver cómo siembran, producen y ayudan a la comunidad. Cuando alguien entrega el esfuerzo de su trabajo sin ningún compromiso, la patria está salvada”.

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Aunque Joaquín y sus mujeres son los que lideran actualmente la huerta, en ningún momento desconocen que todo nació en las manos de Luis Alberto, Marina, Juan y Euclides. “Los conozco desde hace años e incluso llevé a muchos estudiantes a la huerta cuando ellos sembraban. Todo lo que hacemos es un homenaje a estos líderes comunitarios emblemáticos”.

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Las chicheras y chicharroneras son algunos de los personajes de las comparsas de Joaquín.

Niños de tres colegios de la localidad de Santa Fe han sembrado en la huerta, un proyecto que Joaquín quiere escalar a los estudiantes de bachillerato. “El ideal es que conozcan el proceso de este sitio y luego ayuden a montar huertas en cada uno de los colegios”.

Cuando estuvo enfermo por cálculos en la vesícula, las abuelas fueron las que le inyectaron ganas de salir adelante. “Todos los días me llevaban calditos y me llenaban de palabras cariñosas. En los 16 años que llevo trabajando con las personas mayores, más de 600 mujeres han participado en mis grupos culturales”.

Su legado cultural ya está asegurado. Juan Pablo, su hijo menor, es artista y maestro de artes escénicas. “Él me ha ayudado con el montaje de las comparsas y la elaboración de los trajes de las mujeres. Mi hijo actúa desde los dos años, cuando lo disfracé para una obra; por eso dice que yo fui el culpable de su gusto por la cultura”.

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La cultura, el baile y la danza han mejorado mucho la salud de las abuelas del centro de Bogotá.

Testigos de la historia

Aunque ya supera las ocho décadas de vida, Magdalena Pinzón de Pinzón, más conocida como Magolita, tiene más energía, vitalidad y alegría que muchos jóvenes. No se está quieta por más de un minuto, le encanta poner rojos a los hombres con piropos picantes y su lengua parece no tener freno.

No para de sonreír y su cuerpo pequeño parece más un torbellino porque camina bailando. Es una de las mujeres que volvió a la vida por el trabajo cultural de Joaquín Sánchez, a quien conoció hace 22 años cuando quedó viuda.

“La vida está llena de gozosos y dolorosos. Cuando perdí a mi esposo quedé sumergida en una tristeza infinita, pero las amigas que conozco desde joven me convencieron de participar en los grupos de danza, teatro, gimnasia, comparsas y coros del profe Joaquín, actividades que me llenaron de amor el corazón”.

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Magolita lleva más de 20 años en las comparsas y grupos culturales del profe Joaquín.

Magolita fue testigo de la construcción de los lavaderos comunitarios de Jorge Eliécer Gaitán, donde lavó ropa durante décadas. “Antes de los lavaderos, cuando era muy niña, iba a lavar en las quebradas de la localidad de Santa Fe. En esa época había mucho verde, eucaliptos por montones y un camino que conducía hacia los cerros orientales”.

Desde hace 16 años no lava ropa en los lavaderos, ya que sus hijos le regalaron una lavadora eléctrica. “Sin embargo, vengo seguido a recordar esa etapa linda de la niñez, cuando en el barrio Belén celebrábamos muy tranquilamente la Semana Santa y las Navidades y nos regalaban cuadernos y tizas”.

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Esta abuelita risueña es una de las 20 mujeres que ayudaron a arreglar la huerta Fábrica de Loza, trabajo que la llenó de vitalidad al tener un contacto directo con la tierra. “No hay mejor terapia que sembrar y cosechar alimentos sanos. En la huerta aprendo, me divierto y estoy activa”.
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Cuando baila. Magolita olvida los dolores del cuerpo y las tristezas del pasado.

Su alegría y dicharachería contagian a todas las compañeras del grupo y por eso es conocida como el alma de la fiesta. “Cuando estoy en la casa me duelen mucho las rodillas, pero para bailar se me olvidan todos los dolores. Con mis amigas y el profe me divierto mucho”.

En las comparsas, Magolita interpreta varios personajes, como la chicharronera, lavandera o chichera. “Me pongo un vestido naranja y verde con una falda larga. El personaje que más me gusta es la chichera porque soy una experta en preparar esa bebida deliciosa”.

Además de bailar y sembrar en la huerta, esta tierna abuelita asegura que el grupo cultural le ha permitido crear una bonita hermandad con todas las señoras, a las cuales conoce desde hace muchos años. “La vida es un ratico y por eso tenemos que ser felices”.

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Irma Vega es la mano derecha de Joaquín y la encargada de coordinar las actividades culturales del grupo.

Irma Vega Cantor, una mujer de 70 años y madre de tres hijos, es una de las mejores amigas de Magolita. También nació en el barrio Belén, un terruño histórico en el que pretende estar hasta que Dios la llame para subir al cielo.

“Toda mi familia nació y se crio en Belén. Tuve una infancia hermosa y recuerdo mucho los diciembres, cuando los vecinos hacían buñuelos, dulces de mora, natillas y ajiacos para compartir con la comunidad. Se hacían fiestas durante tres días”.

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Solo ha lavado ropa dos veces en los lavadores, cuando era muy sardina. “En esa época no estaba la huerta y toda la ropa se colgaba en cuerdas o se extendía en el pasto. En los lavaderos lavé cobijas cuatro tigres que, por lo pesadas, consumían mucha agua en la casa”.

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Irma interpreta a varios mitos y leyendas del centro de la ciudad en las comparsas.

Desde hace 15 años hace parte del grupo de mujeres mayores de Joaquín y se convirtió en una líder. “Me fascina informarle a la comunidad sobre nuestras actividades culturales, algo que se me facilita porque soy muy habladora, alegre y chistosa. Me encanta contar cuentos y mi misión en la vida es que la gente se contagie con mi buena energía y sonría”.

En las comparsas, Irma representa a una madre que perdió a su hijo, por lo cual sostiene en sus brazos el esqueleto de un niño. “A pesar de los problemas nunca he sido una persona triste. Con mi personaje dejo el mensaje de no dejarnos abatir por las dificultades o las pérdidas”.

En la huerta, esta bogotana sembró por primera vez. “Aunque tengo muchas plantas ornamentales en la casa, jamás había sembrado una lechuga. En la huerta conocemos la naturaleza, nos sentimos relajadas, descansamos las mentes y olvidamos los problemas”.

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Arturo Moreno es el guardián de los lavaderos de Gaitán.

Arturo Moreno Méndez es el guardián de los lavaderos comunitarios que fundó Jorge Eliécer Gaitán, trabajo que realiza desde hace 32 años. “Este sitio histórico ha tenido muchos cuidadores, como las mujeres que se encargaron de su vigilancia desde finales de los años 30”.

Vivió muchos años en la casa de un piso contigua a los 32 lavaderos, cuando estaba casado con Lucía Buitrago. “La mamá de ella era la que cuidaba los lavaderos, una actividad que heredó Lucía y por eso vive en la casa con los tres perros criollos”.

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Todos los días, sin falta alguna, Arturo llega a los lavaderos a las ocho de la mañana para atender a la gente que viene a lavar. “Aunque el servicio principal es el lavado de la ropa, también viene gente a bañarse o llevar agua en baldes para sus casas”.

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Arturo es un gran amigo de Luis Alberto y Joaquín.

Este hombre risueño y amable ha sido testigo de la historia de los lavaderos. “En una época, una gente quiso montar una olla de droga, algo que frenó Luis Alberto. Antes eran grises, el color tradicional de un lavadero de cemento, pero luego la Alcaldía los pintó de amarillo y las columnas de rojo, como la bandera de la ciudad”.

A todas las personas que visitan este símbolo bogotano con 86 años de vida, Arturo les cuenta la historia. “Cuando Jorge Eliécer Gaitán vio a las señoras lavar la ropa en la quebrada San Juanito, habló con el señor Ronderos, el dueño del predio, y este se lo regaló”.

Afirma que la mayoría de bogotanos ignora que la ciudad cuenta con este patrimonio histórico. “Acá vienen muy pocos turistas. Solo llegan las personas que necesitan lavar o bañarse, incluso los venezolanos que tienen a su cargo las llamas de la Plaza de Bolívar”.

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Arturo les hace un llamado a todos los habitantes de la ciudad para que visiten los lavaderos de Gaitán.

El agua que nutre a los lavadores, la cual queda empozada en una piscina que fue construida por las órdenes de Gaitán, la califica como un tesoro natural. “El agua viene de lo más alto de la montaña y es helada y cristalina. Es un manantial que lamentablemente va a parar al alcantarillado”.

Arturo también presenció la creación de la huerta Fábrica de Loza por parte de Luis Alberto Tovar, Marina Caballero, Juan Avendaño y Euclides Rojas, cuando comenzaron a sembrar hortalizas y verduras en la parte alta del predio.

“Desde ahí nos volvimos amigos del alma y ahora ese proceso cuenta con la ayuda del profe Joaquín, quien con sus mujeres mayores revivieron la huerta luego de la crisis de la pandemia. Invito a toda la ciudadanía a que conozca este lugar tan emblemático de la ciudad, el único que tiene lavaderos antiguos y huerta propia”.

Jhon Barros
Author: Jhon Barros

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Jardín Botánico de Bogotá